La historia de América Latina escrita en un colchón en llamas: el arte de Kütral Vargas Huaiquimilla
La artista mapuche y trans reúne literatura, arte textil e impresión 3D en una exposición en Santiago de Chile sobre los primeros 40 años de VIH en el continente. Se presenta hasta el 18 de abril

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Como muchos milenials que se acercan a los cuarenta, la artista Kütral Vargas Huaiquimilla tiene un cuerpo orgullosa y abundantemente tatuado. Quienes la conocen en persona se sorprenden al encontrar en el centro de su pecho el logotipo de Nike, aunque esta palabra ha sido reemplazada por ÑUKE, que significa “madre” en lengua mapuche. Para la curadora y crítica de arte mapuche aliwen, el tatuaje denuncia cómo la tierra es “vejada por el extractivismo neoliberal”.
Aunque a Kütral también le entusiasman las interpretaciones espontáneas de gente con la que puede cruzarse en la calle. En Nueva York, donde montó una instalación en 2024, alguien leyó Nuke, o sea, bomba o bombardeo nuclear; y no era necesariamente un error, pues muchas tierras mapuche han sido efectivamente arrasadas por la industria forestal. “I love it”, comentó aquella persona, en el inicio de una larga conversación.

Como toda obra de arte, el cuerpo de Kütral es un documento de época, un objeto vivo que habla de las disputas del presente. A su paso por Buenos Aires, en agosto de 2025, provocó titulares que rompían la aburrida formalidad de las páginas culturales: “Artista mapuche se tatúa cicatriz de Harry Potter en performance en vivo contra la transfobia”. Bajo la espesa cabellera negra que corona su rostro, Kütral lleva desde entonces el mismo rasguño indeleble que distingue la frente del famoso mago adolescente. Es una respuesta pública contra la creadora de Harry Potter, la británica J.K. Rowling, una de las voces transfóbicas más visibles de internet, en una época en que las personas trans, como Kütral, son perseguidas desde lo alto del poder. El enemigo de Harry Potter, el diabólico Lord Voldemort, parece gobernar el mundo, y ha puesto en peligro la libertad de ser y mostrarse.
Kütral asume el riesgo de exponer su cuerpo una y otra vez. En agosto de 2017, para acompañar el lanzamiento de su libro La edad de los árboles (Pudú Ediciones), se tatuó en la espalda una constelación de marcas de perdigones, como los que la policía chilena dispara contra los jóvenes mapuches que protestan contra el avance de la industria forestal en su territorio. Las imágenes de la sesión tienen un aire clínico, como la cirugía a una víctima de la represión. A estas alturas, el cuerpo de Kütral es un ícono del arte latinoamericano: en la superficie perecible de su piel, ella ha encontrado el lenguaje para escribir sobre el desafío de ser joven, pobre, disidente e indígena en un mundo que devora jóvenes, pobres, disidentes e indígenas.
Kütral vive y trabaja en Valdivia, una ciudad en el sur de Chile que exhibe con orgullo su influencia alemana, desde la arquitectura y las cervecerías hasta los rostros y apellidos de sus vecinos. Como muchas localidades europeizadas del cono sur sudamericano, Valdivia es el fruto de las políticas eugenésicas de finales del siglo XIX y principios del XX.

Convencidos de la inferioridad de las “razas” locales, los gobernantes criollos alentaron la inmigración de europeos blancos y les entregaron generosamente las tierras del Wallmapu, el país mapuche que acababan de invadir. Más de un siglo después, los legendarios bosques, prados ganaderos y sembríos indígenas han sido convertidos en un paisaje monótono de pinos y eucaliptos, como una gran fábrica para el mercado global. La educación chilena no se detiene a narrar la guerra detrás de esta transformación, y muchos jóvenes terminan la escuela creyendo que los mapuche fueron ese pueblo guerrero que desapareció de forma espontánea, dejando objetos de plata para adornar casas y museos. Por eso, no es raro que el arte de Kütral se sienta como una puerta de acceso a la historia silenciada del Wallmapu, esa nación acorralada, baleada y, sin embargo, viva.
¿Dónde están los líderes de ese país clandestino? ¿Dónde se reúnen? ¿Cuáles son sus planes? Motivado por estas preguntas, un policía chileno se interna en la vida nocturna de Valdivia para infiltrarse en las redes de resistencia mapuche. Con este argumento, la novela Performance de la sangre (Tinta Negra & Pequeño Salvaje, 2024) retrata una sociedad chilena que trata como “terroristas” a las organizaciones políticas mapuche, ese enemigo interno que se resiste al buen comportamiento que se espera de las personas indígenas: ser empleados dóciles en las tierras que les arrebataron. El policía envía reportes periódicos a sus jefes. Allí les cuenta que acaba de contactar a una artista indígena, la Caballota, que ha prometido introducirlo en el corazón de la resistencia.
Desde el punto de vista oficial, el policía podría ser considerado un héroe. Pero quien narra esta historia no es él, sino la Caballota, una artista mapuche con VIH, que a veces vende pan frente al hospital donde se atiende, y que no está afiliada a ninguna resistencia salvo a la que le ofrece la vida nocturna. Las juventudes indígenas y disidentes se refugian en la noche valdiviana buscando cierta normalidad. Sin embargo, sus cadáveres baleados aparecen en las calles para recordarles que allí se libra una guerra. “Poco a poco nuestras noches estaban siendo asediadas”, cuenta la Caballota. “Las calles con su intensidad guardaban en sus grietas a vigías del Estado”. Por eso, cuando un forastero curioso aparece en la discoteca, ella sabe que se trata de un espía. Y trama un plan para exponerlo, una performance de la sangre.

Al repasar la carrera de Kütral (su historia personal, su transición, sus obsesiones, ideas, performances, instalaciones, tatuajes, viajes, titulares en prensa, sus talleres comunitarios, sus dos poemarios previos), Performance de la sangre se siente como un punto de llegada: la obra de quien ha alcanzado la plenitud para expresar con naturalidad experiencias muy complejas. Como hija de la precariedad —y de una madre migrante que la encargó con sus abuelos para ir a trabajar a una pesquera—, a Kütral le interesa que sus obras les hablen y emocionen a personas de clase trabajadora, como su abuela. Con un lenguaje transparente, Kütral relata sin clichés cómo es vivir, amar y crear allí abajo; y nos acerca, por ejemplo, a las manos “lánguidas, torcidas y tristes”, “afectadas por los químicos”, “con los dedos como tentáculos moreteados” de las mujeres que sostienen sus hogares lavando, amasando, cosiendo. “Somos descendientes mapuche”, reflexiona la madre de la Caballota, “tenemos la memoria de un linaje en las manos”. Pero lo que parece un mensaje de orgullo es también un llamado de atención. Su hija sabe que “la artritis reumatoide está dejando a todas las mujeres de nuestra estirpe sin la gracia de tocar el mundo”.
Si la pobreza es una forma de dominación, Performance recoge los dilemas de una generación indígena que rompe las barreras de clase que todavía secuestran el arte y la literatura. “Estas manos de pronto comenzaron a negarse a las labores de nuestras madres”, dice la Caballota, convencida de que la historia no solo la escriben los vencedores, sino quienes encuentran la forma de salvar sus manos de la trituradora del trabajo físico.
Criada en el campo, migrante en la ciudad, la Caballota poco a poco se abre paso en el mercado del arte, ese mundo de coleccionistas y aristócratas repentinamente atraídos por el arte de las “periferias”. Una noche, un mecenas de origen alemán le propone trabajar en una obra sobre la defensa del territorio indígena. La protagonista piensa en la ironía del encargo, pues fueron colonos alemanes quienes “coleccionaron y robaron platería mapuche en su tiempo, pensando que nuestra gente desaparecería”.

A pesar del paso del tiempo y de la expansión de la democracia, la novela evidencia una voracidad criolla que no ha disminuido tanto desde los días de la “Pacificación”. Otro día, mientras recorre un bosque, la Caballota advierte una luz inesperada en lo alto de un cerro. Al llegar a la cumbre, descubre un enjambre de “pesados metales, ruedas y garras que cavan el suelo” y construyen un barrio para personas ricas, con piscinas, rejas y cámaras de vigilancia. No es un inocente proyecto de vivienda, sino la frontera chilena que avanza sobre territorio mapuche. “Observo esta tierra colonizada extendiendo su ramificación enfermiza”, dice la Caballota. “Tengo el cuerpo lleno de un arma poderosa, la memoria de la rabia”. Este es el contexto en que conoce al policía.
¿Qué puede hacer el arte con la rabia y las emociones que nos produce este mundo en combustión?, leo el cuestionario que he preparado en mi cuaderno de apuntes. Es un sábado cruelmente soleado en Valdivia, y Kütral me ofrece un vaso de agua en su estudio, una habitación luminosa y agradable en el segundo piso de una casona donde también funciona una panadería. El espacio tiene un aire de taller de costura y altar personal. Kate Moss nos bendice desde un cuadro en la pared, junto al retrato de Julia Chuñil, una anciana mapuche secuestrada y quemada en un caso siniestro que estremece el país. Hay una cámara Polaroid y un close-up de los pies de Kütral llevando sus zapatos de taco aguja favoritos, varios juegos de gafas, hilos, telas, pinceles y docenas de pomos vacíos de Complera, un medicamento para tratar el VIH, una pandemia silenciosa que afecta a 90.000 personas en Chile. Tras una convocatoria en redes sociales, gente de todo el país envió esos frascos para contribuir con sus proyectos más recientes. “Mira, te muestro”, me dice Kütral abriendo en su laptop la imagen de una escultura hecha con esos frascos que, con seguridad, iban a terminar silenciosamente en la basura.

La historia del VIH en el continente está todavía contenida bajo mucho silencio y repudio, sin mencionar la devastación que el virus y la falta de acceso a medicinas generan en muchas comunidades rurales a causa del estigma y la segregación. Hoy la enfermedad se puede controlar y quienes acceden al tratamiento llevan vidas perfectamente plenas y productivas. Pero cuando el primer chileno diagnosticado con el virus falleció en 1984, su colchón fue quemado de inmediato en un acto cuasi inquisitorial. Edmundo Rodríguez había sido un profesor de castellano, pero los diarios lo trataron como “sodomita”, una víctima del “cáncer gay”.
Kütral, que también vive con VIH, se enteró del caso leyendo un artículo del dramaturgo Cristián Aravena, y pasó meses obsesionada con la imagen de aquel colchón ardiendo en una hoguera pública. ¿Podría recrear esta historia de discriminación quemando un colchón de verdad en una galería de arte? La instalación Soñar en llamas es la respuesta práctica a la que llegó tras un año de trabajo junto a su equipo: un colchón iluminado desde el interior, que transmite calor, y en cuya superficie las personas pueden leer la historia de Edmundo Rodríguez escrita letra a letra sobre 6.061 cápsulas de Complera. Las cápsulas no son reales, sino copias en 3D que van cosidas a mano. Para completar este trabajo de hormiga, hubo una nueva convocatoria en redes. Varias personas se acercaron al taller y pasaron horas cosiendo junto a Kütral mientras tomaban té y compartían sus experiencias. En las fotos de esas jornadas, la gente luce realmente hermanada, como si al coser ese colchón estuvieran hilvanándose ellas mismas a una historia colectiva del VIH que sería difícil de contar de otra manera.
El colchón es un ser itinerante. Se expuso por primera vez en Iquique, pasará por Valdivia y llegará a Santiago de Chile el 6 de marzo en la Galería Gabriela Mistral. Seguirá expuesta hasta el 18 de abril. Allí se unirá con otras piezas que Kütral ha ido trabajando durante cinco años, y se convertirá en la exposición más importante de su carrera hasta el momento. Se llamará Performance de la sangre, igual que la novela, y allí los visitantes podrán leer pasajes del libro escritos en cápsulas de Complera; un lenguaje propicio para una historia de América Latina vivida y sentida desde abajo. Antes de entrar, es importante saber que Kütral significa fuego en mapudungún, ese elemento mágico y universal cuyas llamas tienen el poder de cautivarnos, reunirnos, apaciguarnos, volvernos familia.
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