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Contra el terror del ICE, los mayas de Brooklyn conservan la fe

La detención de un líder de la iglesia evangélica guatemalteca en el barrio de Bensonhurst evidencia el asedio constante pero discreto contra esta comunidad migrante en los últimos meses

La concejala Susan Zhuang posa frente a su oficina en Bensonhurst, Brooklyn, el 4 de marzo. Corrie Aune

Lo normal es que la migra ronde las estaciones de metro, ahí por la calle 79, allá por la esquina de la 18 y New Utrecht Ave., en esas horas que preceden al amanecer, a la caza de: hombres madrugadores con botas de puntas de acero, jeans manchados de cemento, acento quiché. El 15 de enero, sin embargo, los agentes esperan apostados con café en el interior de una furgoneta frente al bloque de apartamentos gris de Bay Ridge Parkway, en el Bensonhurst guatemalteco, en el corazón del Brooklyn maya. La cámara de seguridad graba —un metraje granulado, en blanco y negro— cómo Sebastián Renoj abandona el edificio entre las cinco y las seis de la mañana, se sube la capucha para ahuyentar el invierno neoyorquino, se aleja por la acera. La cámara no graba cómo los policías le caen encima, cómo Renoj es arrestado, cómo otros seis hombres, todos guatemaltecos, todos albañiles, seguirán uno a uno sus pasos.

Los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) abandonan Bensonhurst sin hacer mucho ruido. Para la hora del almuerzo, cada tienda de abarrotes, restaurante, deli y grupo de Facebook guatemalteco ya sabe que el ICE ha arrestado a Renoj (57 años), el diácono de la Iglesia de Evangelización Misionera Jóvenes Cristianos, a las puertas de su casa. Pero mientras los ojos del país —del mundo— miran esos días hacia las calles de Minneapolis, donde patrullas de hombres tras pasamontañas detienen niños de cinco años y matan a tiros a ciudadanos estadounidenses, pocos se fijan en los sucesos de Bensonhurst.

No es la primera vez que el ICE golpea el barrio: ha sido un asedio de baja intensidad pero constante durante los últimos meses. Es una ofensiva silenciosa que rara vez se escucha fuera de estas calles o de los partes informativos con los que el reverendo Erick Salgado comienza los sermones del servicio de la noche. Ni los que se llevan ni sus familias tienen papeles, y los detenidos terminan agachando la cabeza y firmando el “traslado voluntario” a un país que ya no conocen, con tal de mantener a salvo a los que quedan atrás. Acaban como un ínfimo porcentaje de la estadística que atraviesa todo Estados Unidos: 400.000 migrantes detenidos desde que Donald Trump comenzó su segundo mandato. Por eso Renoj puede verse como lo más cercano que tiene la comunidad a un símbolo: el rostro involuntario de los tiempos.

Bensonhurst, Brooklyn

Un día después de las detenciones, el reverendo Salgado, amigo de Renoj y cabeza de su iglesia —un puertorriqueño del Bronx que terminó pastoreando un rebaño guatemalteco en el sur de Brooklyn— organiza una rueda de prensa junto a Susan Zhuang, la concejala del distrito, frente al edificio gris de Bay Ridge Parkway. Algunos medios lo cubren, pero los sucesos imparables de esas semanas rápidas relegan a Renoj y los suyos. Más allá de sus calles, la rabia se diluye. Los mayas evangélicos de Bensonhurst forman una comunidad estrecha, temerosa del Señor, refugiada en sus costumbres. Rara vez alzan la voz. Hacen la compra en las tiendas de sus paisanos, en casa hablan quiché nativo y español de segunda mano, rezan en sus templos. La vida transcurre entre fronteras invisibles.

“Yo sé que arrestar a un pandillero no es igual que arrestar a Sebastián. Sebastián no va a resistirse, va a cooperar y de igual manera la mayoría en esta comunidad”, protesta el reverendo Salgado, semanas después, en su despacho. “Están pescando en este barrio. Están haciendo profile. Tengo otros miembros de la congregación en trabajos más formales, y visten con ropa profesional, y a ellos ni siquiera les preguntan. Solamente están yendo detrás de personas que tienen botas y pantalones de trabajo”.

“Sale uno de la casa, ya no sabe si va a regresar”

Cuando Roberto se enteró de la detención de su amigo, pensó que, a esa hora de la mañana, de camino al trabajo, podría haberle pasado a él. Se acordó de su primo, al que la migra se llevó pocos días antes que a Renoj; una emboscada mientras recogía la cena en un restaurante del barrio. Roberto recordó la llamada desde la cárcel, y cómo su primo le hablaba del hambre y el frío con el que les castigaban, de las “palabras fuertes” de los policías, de la esposa y los hijos que se habían quedado sin marido, sin padre y sin el único sueldo que entraba en casa.

Bensonhurst, Brooklyn

Roberto llegó hace 29 años a Nueva York. Como Renoj —“buena persona, un hermano entregado a la obra del Señor, respetuoso, educado”, dice— y su primo, saltó una frontera. Ha cumplido los 40 conduciendo su taxi por los cinco distritos de la ciudad, entre nueve y doce horas al día, de lunes a sábado, para hacer, las semanas con suerte, 1.500 dólares.

“Uno ya solo trabaja para mantenerse: la renta, seguro, toll [peajes], comida, ropa y un poquito que se ahorra. Ya uno no puede salir con seguridad. Lo que hago, pues, es de la casa al trabajo, del trabajo a la casa, de la casa a la iglesia, de la iglesia a la casa. Antes había un poco de temor, pero ahora es más. Sale uno de la casa, ya no sabe si va a regresar”.

Antes de trabajar se encomienda a Dios y con un ojo mira el teléfono, donde los compañeros se avisan si hay retenes o redadas. Hay días en el taxi en que Roberto siente que lo persiguen coches con las ventanas tintadas. “Yo me pongo un poco nervioso, ¿pero qué hago? Pues tomar la calma e ir siguiendo mi ruta”. Una vez comprobó sus sospechas cuando el vehículo que lo seguía encendió la sirena y se desvió hacia otra calle. El otro día los vio, ahí por Federal Plaza, cuando dejaba a un cliente. “Eran como seis. Tenían su placa colgada”. Ha pensado en volver a Guatemala, un país del que conserva lejanos recuerdos de infancia, pero ha decidido dejarlo en las manos del Señor.

—Si lo detuvieran, ¿aceptaría el retorno voluntario o pelearía judicialmente para quedarse aquí?

—Pelearía para quedarme aquí.

En manos de Dios y los tribunales.

Hace 26 años, Renoj fue detenido y deportado a México al poco de saltar la frontera, según el Departamento de Seguridad Nacional. El diácono encontró otro agujero en la alambrada y regresó. Durante el coronavirus se convirtió en la mano derecha del reverendo Salgado en los repartos de comida que organizaba la iglesia. Trabajaba como albañil y cantaba durante los servicios. Vio a sus hijos, y luego a sus nietos, nacer en suelo estadounidense. Construyó una vida.

Bensonhurst, Brooklyn

Renoj ha pasado los últimos 18 años en Brooklyn sin una mancha en el expediente, ni cargos ni condenas por delitos violentos, como la gran mayoría de arrestados. Después de ser trasladado a un centro de detención en Nueva Jersey, un juez federal revisó su caso y no encontró nada que justificara el arresto. Pausó la deportación y exigió que se le otorgara una audiencia para decidir sobre la fianza.

Días después del arresto, Salgado visitó a su amigo en prisión. La burocracia migratoria lo hizo esperar en las calles nevadas, frente al centro de detención, durante cuatro horas a -11 °C. Pudo ver a Renoj 15 minutos. El diácono le contó que la comida era mala y los agentes los trataban como a criminales. “Truhanería, vejaciones verbales”, enumera Salgado. Renoj conservaba el ánimo, dice el reverendo, pero no aguantaba más. A pesar de la resolución del juez, a pesar de que su abogado le dijo que podía ganar, firmó el regreso a Guatemala. “Créeme que la mayoría de las personas con las que he hablado han optado por la salida voluntaria, porque no quieren estar ahí retenidos cuatro, cinco, seis meses”, asegura Salgado.

La comunidad guatemalteca se asentó en Bensonhurst a mediados de los noventa, huyendo de una guerra civil que dejó más de 200.000 muertos —la gran mayoría, mayas indígenas como ellos— después de décadas de inestabilidad y golpes de Estado de patrocinio estadounidense. “Son perseguidos por la forma de vestir, por la forma de hablar, por su religión y también por su etnicidad. Vienen a tratar de vivir una vida sin persecución y nos encontramos que la persecución ahora está aquí”, dice Salgado. “El consejo como pastor siempre ha sido: ‘No se metan en problemas con la ley, no guíen sin licencia, no guíen ebrio, obviamente no roben, pórtense bien’. Ahora tenemos el mismo consejo, pero aparte: ‘Oren antes de salir de su casa y encomiéndense al Señor, porque están yendo detrás todo el mundo”.

El miedo se lee en los labios de M., una costurera en la cuarentena que lleva 15 años aquí y que, pese a seguir confiando en Dios, confiesa que últimamente ha adquirido la costumbre de mirar por la ventana calle antes de salir a la calle. Se percibe en la rutina de J., un veinteañero de Totonicapán, una región montañosa de Guatemala donde nació también Renoj: “La verdad, ya no salgo. Solo trabajo.” En los ratos libres estudia y piensa qué quiere ser de mayor: “Así como están los tiempos, ser policía. Hay mucho racista”. Se siente en M., de 25 años, nacida y criada en Brooklyn, una joven quiché con pasaporte estadounidense: “Ahora en Estados Unidos uno ya ni puede hablar contra el presidente ni contra el gobierno”.

Susan Zhuang

Las últimas dos décadas llevaron a Susan Zhuang (40 años) desde las afueras de Shanghái, China, hasta las afueras de Brooklyn, de una visa de estudiante a la ciudadanía estadounidense. Hoy es la concejala demócrata del distrito 43, al que pertenece Bensonhurst, donde se concentra (junto a Sunset Park y Dyker Heights) la mayoría de los 12.733 guatemaltecos de Brooklyn. “Antes de venir a Estados Unidos, veía Nueva York como la mejor ciudad del mundo. Después de vivir aquí durante años, aprecio la oportunidad que la ciudad me dio como inmigrante, pero aún hay mucha injusticia. En la superficie todo se ve muy bonito. Por debajo todavía hay mucho trabajo por hacer”.

Zhuang ha visto a sus vecinos caer en las manos del ICE, a veces frente a su despacho. El suyo es un distrito inusual, una mancha trumpista en el abrumadoramente demócrata mapa de Nueva York; un distrito donde el 70% de los habitantes son migrantes, la mayoría asiáticos, y Trump ganó las elecciones con el 62% de los votos. “Pero este año, si hablas con la gente que vive en el vecindario, te dirían que se arrepienten”, responde Zhuang. Su oficina ofrece apoyo legal a unos 250 migrantes desde el pasado mayo, cuando vieron las redadas arreciar. “Es gente que nunca ha cometido delitos graves. Algunos incluso tienen permiso de residencia, y aun así los detienen sin ningún motivo razonable (...) ICE no es bienvenido en este barrio”.

—¿Son detenciones raciales?

—Definitivamente.

El reverendo Salgado camina hasta el altar y la música se detiene. La banda apenas ha descansado durante la primera hora y media del servicio evangélico del viernes por la noche en el sur de Brooklyn. Los fieles se mecen al ritmo de canciones que hablan de esperanza, gozo y redención. Alzan los brazos, se arrodillan en penitencia y esconden la cabeza entre las manos mientras murmuran rezos. Cuando el pastor toma el micrófono, el arrebato colectivo llega a su fin. Va a comenzar el sermón.

—En primer lugar, nos encomendamos en las manos del Señor. Pero si alguien es arrestado por Inmigración, déjenme saber lo antes posible, porque es importante poner abogado de inmediato.

Le responde el silencio del templo y un centenar de caras serias.

—Allá en la 18 el día martes me llamaron que arrestaron a uno de nuestros ujieres cuando estaba de camino a la lavandería. Se presentaron dos agentes de Inmigración, hicieron varias preguntas y cuando se dio cuenta, tenía 10 agentes alrededor. Lo tiraron al piso; se lo llevaron. Su esposa me llamó en el mismo momento que sucedió, nos comunicamos con los abogados, al otro día ya en la mañana estaba la defensa en la Corte y gracias a Dios ayer salió para la gloria del Señor, hermanos.

Esta vez le responden aplausos.

Bensonhurst, Brooklyn

Esta historia fue producida como parte del M.A. en el Craig Newmark Graduate School of Journalism.

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