¿Qué más puede ofrecer Cuba?
Muy difícilmente quienes apuestan a la confrontación entre potencias en el Caribe contemplarían alguna alteración del ‘statu quo’ en la isla

Pese a quien le pese, está en curso una negociación entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba. No es una negociación que siga los protocolos elementales de la diplomacia interamericana, ni siquiera los del incordio más terrible de la Guerra Fría, digamos, entre la Crisis de los Misiles en 1962 y la de los balseros en 1994. La actual administración de Donald Trump no respeta su propia tradición diplomática, a pesar de que haya inercias muy profesionales en el Departamento de Estado.
Los enojos con ese difícil trueque son múltiples, desde los más ideológicos —creyentes del socialismo y neomacartistas decididos— hasta los más prácticos: quienes solo contemplan como única solución un derrocamiento del actual gobierno, seguido lo más pronto posible de un reemplazo brusco del orden constitucional; y quienes esperan que de un momento a otro suceda un milagro geopolítico y Rusia y China, México y Brasil desafíen el cerco petrolero de Trump, lleven combustible a la isla y todo regrese a la falsa normalidad de antes.
Cualquier salida del primero o el segundo tipo sería celebrada por unos y otros como una victoria sobre el rival. Muy difícilmente quienes apuestan a la confrontación entre potencias en el Caribe, por Cuba, contemplarían alguna alteración del statu quo en la isla. A su vez, aquellos que desean el trastoque radical del sistema cubano, en caso de lograrlo por una intervención militar o una explosión social ingobernable, muy probablemente buscarían un ajuste de cuentas.
Cómo conducir una negociación sin mesa de diálogo diplomática tradicional, bajo un sitio energético, con flotillas de solidaridad que alientan el inmovilismo y la vociferación amenazante de Trump y sus seguidores. Estas caóticas semanas son el mejor ejemplo de ese infernal toma y daca entre dos enemigos a muerte, los cuales, sin embargo, tienen que intercambiar prioridades si quieren ofrecer salidas seguras al callejón sin salida de la isla.
A pesar de que el Gobierno cubano y su cancillería insisten en que nada interno o del sistema político está negociándose, ya sabemos lo que Cuba ha ofrecido: colaboración sistemática de seguridad contra el narcotráfico, lavado de dinero, terrorismo y emigración ilegal en el Caribe y apertura a inversiones directas de empresarios estadounidenses o cubanoamericanos en sectores estratégicos como agricultura, infraestructura, turismo, puertos, minería y banca.
La oferta al empresariado de Estados Unidos, de origen cubano o no, como explicó el ministro de Comercio e Inversiones, Oscar Pérez-Oliva Fraga, contiene cambios estructurales en la economía cubana como la posibilidad de asociaciones entre capitales privados del extranjero y de la isla. No se trataría, por tanto, de empresas mixtas, firmas o corporaciones, como las actuales, en las que participa el Estado o el Ejército, sino de entidades enteramente privadas con capital cubano o extranjero.
Los economistas cubanos mejor calificados, dentro y fuera de la isla, han señalado los límites de la oferta cubana. Las críticas se dirigen, fundamentalmente, a la falta de un marco jurídico seguro, que garantice a los empresarios estadounidenses y cubanoamericanos los mejores términos para sus inversiones en la isla. Trump se refiere constantemente a sus amigos Fanjul y Álvarez, dueños del azúcar y los combustibles, como posibles beneficiados de su negociación con Cuba, pero hay otros empresarios cubanoamericanos que, desde el último periodo de Barack Obama, se han interesado en negocios en la isla.
Es evidente que la apertura al mercado anunciada por Pérez-Oliva implica una transformación estructural de la economía cubana. En la práctica, sí representaría un cambio en el sistema de planificación central de la economía cubana, heredado del periodo soviético y del posterior periodo chavista y, por tanto, de la concepción política del Estado socialista. Como en China o en Vietnam, aunque sin transitar plenamente hacia cualquiera de esos sistemas, se estaría insinuando un giro a la economía de mercado en Cuba.
Todo esto es considerado por el Gobierno de Estados Unidos, pero no resulta “dramatic enough”, como ha dicho el secretario de Estado, Marco Rubio. La traducción literal podría ser “no suficientemente radical”, los mismos términos que ha utilizado la cancillería cubana para referirse a las medidas de flexibilización del embargo en tiempos de Barack Obama. De manera que, en sentido estricto, ninguna de esas declaraciones implica un cese de los tanteos o intercambios de opciones, sino, más bien, una mayor apuesta de ofrecimiento.
Podemos imaginar el rango de exigencias de Estados Unidos: anuncio de reformas, alineamiento con la Doctrina Donroe e, incluso, una eventual renuncia de Díaz-Canel, cambio radical de la economía estadocéntrica o del partido único.
Nada de eso sería realmente decisivo en una negociación realista. Más lo sería, por ejemplo, el decreto de una amnistía general de presos políticos, que incluya, por ejemplo, al artista Luis Manuel Otero Alcántara, o el anuncio de un nuevo congreso del Partido Comunista, postergado desde hace meses, donde se pongan a discusión conceptos centrales de la dirección del país.
Todo eso y más puede ofrecer el Gobierno cubano sin arriesgar el control último del poder. Los mayores costos se ubicarían en una redistribución de la cúpula gobernante y en una mayor presión desde la ciudadanía, sobre todo si salen de prisión líderes jóvenes decididos a encabezar la resistencia. Todas esas ofertas serían justas y beneficiosas para el país, pero a pesar de ello no dejarán de ser vistas como concesiones o señales de debilidad por parte de un grupo mal acostumbrado al poder absoluto por demasiado tiempo.
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