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Cuba
Tribuna

Sin petróleo y con dolor

Mientras el mundo se fija en si el gobierno cubano sobrevivirá, es fundamental comprender lo que está ocurriendo en la isla con la gente de a pie

Basura en las calles del Centro de La Habana, el 18 de febrero.Marcel Villa

Cuba está en crisis y la población sufre. Mientras el mundo se fija en si el gobierno cubano sobrevivirá y los analistas evalúan las políticas fracasadas que han llevado a esta situación y lo que podría suceder a continuación, es fundamental comprender lo que está ocurriendo en la isla con la gente de a pie.

Las escuelas están cerradas, la gente pasa hambre y los hospitales no pueden proporcionar atención médica vital. Estos son signos visibles de un sistema que lleva mucho tiempo funcionando por encima de sus posibilidades, de tal manera que las agudas restricciones energéticas actuales están empujando rápidamente al país hacia un posible colapso humanitario.

Repercusiones humanitarias en cadena derivadas de la escasez de petróleo

Durante los últimos años, Cuba ha tenido acceso a solo una fracción del petróleo que necesita para su consumo diario. La escasez de combustible, si es grave, produce un efecto en cadena que pone en peligro a la población y paraliza la vida cotidiana. A medida que disminuyen las reservas de petróleo, la generación de electricidad y el transporte se ven afectados de forma conjunta. Aunque Cuba lleva años sufriendo apagones diarios, la crisis se ha intensificado. Las imágenes de satélite subrayan la gravedad del declive, mostrando que los niveles de luz en algunas partes de la isla cayeron aproximadamente un 50% en enero en comparación con los niveles habituales, especialmente en ciudades del este como Santiago de Cuba y Holguín.

Las condiciones más graves se observan en los aspectos básicos, que afectan en primer lugar a los hogares, especialmente en las provincias más pobres y en las comunidades que no tienen acceso a remesas ni a generadores. Algunas estimaciones indican que el 89% de la población ya vive en condiciones de pobreza extrema. Cada día trae cortes prolongados de electricidad, interrupciones en el suministro de agua, alimentos en mal estado, clases suspendidas, cirugías canceladas y transporte que se detiene sin previo aviso. En lugar de trabajar, las familias pasan días enteros buscando combustible, gas para cocinar o productos básicos. El cubano medio gasta una enorme cantidad de energía para sobrevivir día a día, y cualquier esfuerzo por planificar el futuro se basa en rumores.

Desde hace varios años, se ha producido una erosión del orden público. Los medios de comunicación independientes informan cada vez más a menudo sobre robos, inseguridad nocturna y asesinatos, aunque las estadísticas oficiales siguen siendo limitadas y difíciles de verificar. A medida que se agrava la crisis económica y se prolongan los apagones, han resurgido las protestas localizadas por la escasez de alimentos y los cortes de electricidad. Las condiciones que dificultan la supervivencia diaria también aumentan el riesgo de que se produzcan nuevos disturbios sociales. Mientras, unos 1.000 presos políticos permanecen entre rejas tras las protestas del 11 de julio, y continúan produciéndose nuevas detenciones. La respuesta del Estado a la inestabilidad sigue basándose en el control.

Los que pueden, ya sea por tener medios económicos o capacidad física, se han ido. La migración no es simplemente un efecto secundario, sino la medida más clara de lo poco que queda de resiliencia. En 2025, los cubanos eran la tercera nacionalidad con más solicitantes de asilo en todo el mundo.

La situación actual con el petróleo

En este contexto ya de por sí frágil, los acontecimientos y políticas recientes casi han detenido por completo las remesas de petróleo a Cuba, aumentando la incertidumbre. En primer lugar, mediante sanciones e incautaciones en alta mar, el gobierno de Estados Unidos ha intentado durante meses bloquear los envíos de petróleo venezolano a Cuba. Ahora, tras la operación militar estadounidense del 3 de enero en Venezuela, esos envíos se han detenido. Posteriormente, el 29 de enero de 2026, la Casa Blanca anunció una nueva medida ejecutiva que amenaza con imponer aranceles a cualquier país que suministre petróleo a Cuba.

Cuando aumenta el riesgo asociado con el incumplimiento, los proveedores y transportistas tienden a dar un paso atrás primero, y hacer preguntas después. Ese efecto disuasorio reducirá las entregas incluso en ausencia de medidas coercitivas.

Los informes de finales de enero pusieron de relieve lo escaso que es el colchón de Cuba. Cuando la Casa Blanca emitió la orden ejecutiva, hace unos 20 días, los analistas estimaron que a Cuba le quedaban entre 15 y 20 días de suministro de petróleo. Otras estimaciones situaban ese plazo en entre cuatro y seis semanas. En cualquier caso, la vulnerabilidad se mide en días y semanas, no en meses.

En un intento por alargar ese plazo, el gobierno cubano anunció medidas de emergencia en toda la isla para ahorrar combustible, entre ellas una semana laboral de cuatro días, la limitación del transporte público entre provincias y la concentración de turistas (y de la energía producida por generadores) en determinados hoteles. También anunció que los vuelos internacionales ya no podrán repostar combustible en Cuba.

El arco histórico de una crisis de décadas

Es tentador considerar el colapso de Cuba como un punto de inflexión repentino impulsado principalmente por la presión externa, pero la fragilidad actual de la isla es el resultado de una serie de crisis que interactúan con debilidades estructurales de larga fecha.

El Período Especial de la década de 1990 demostró lo rápido que el sistema económico cubano entra en modo de supervivencia cuando desaparecen las subvenciones externas. Tras el colapso de la Unión Soviética, Cuba perdió el estatus preferente en cuanto a comercio, financiación y el suministro de energía, que equivalían aproximadamente a un tercio del PIB. Entre 1990 y 1993, la producción se contrajo aproximadamente en un tercio, las importaciones cayeron más del 70%, la ingesta calórica se redujo drásticamente y los servicios públicos se deterioraron rápidamente.

A finales de la década de 1990 y en la década de 2000 se produjo una recuperación parcial, respaldada por el turismo, las remesas, el autoempleo limitado y, más tarde, el petróleo subvencionado de Venezuela y el intercambio de servicios por energía. Pero esta recuperación nunca dio lugar a una economía resiliente o diversificada. El Estado mantuvo el control sobre la mayor parte de la actividad productiva, los niveles de inversión fueron crónicamente insuficientes y la productividad se estancó. En la década de 2010, Cuba seguía dependiendo en gran medida de un conjunto reducido de fuentes de ingresos externos —turismo, remesas y exportación de servicios profesionales—, lo que la hacía muy vulnerable a los shocks externos.

La apertura de la era Obama, que comenzó en serio en 2015, proporcionó un alivio económico y psicológico tangible a muchos hogares cubanos. La ampliación de la posibilidad de viajar, el aumento de las remesas y la mejora de las expectativas inyectaron divisas en el sector no estatal y redujeron la incertidumbre para las familias y los pequeños empresarios. Sin embargo, estos avances fueron más de carácter consumista que estructural. No fueron acompañados de reformas profundas en materia de derechos de propiedad, mercados financieros o capacidad productiva. La economía se volvió más habitable, pero no más resistente. Los beneficios no duraron.

Esa fragilidad quedó al descubierto cuando la Administración Trump dio marcha atrás en su compromiso a partir de 2017. Las restricciones a los viajes, las remesas y los canales financieros reintrodujeron la incertidumbre precisamente en los ámbitos en los que los hogares cubanos estaban más expuestos: los ingresos por turismo, las transferencias familiares y la actividad del sector privado a pequeña escala.

Luego, la pandemia de COVID-19 aceleró el declive. El turismo se derrumbó casi por completo, cortando una de las principales fuentes de divisas de Cuba. Las remesas disminuyeron y las exportaciones se estancaron. El PIB se contrajo casi un 11% en 2020 y, entre 2020 y 2022, las exportaciones cayeron un 31%.

Lo que antes eran meros “inconvenientes” se convirtieron en factores de estrés normalizados, como los apagones prolongados, la escasez de combustible y alimentos, las interrupciones en el suministro de agua y el deterioro de los servicios de salud. Este deterioro refleja décadas de inversión insuficiente y fragilidad acumulada. La infraestructura energética está obsoleta, los sistemas logísticos carecen de redundancia y la población activa se está reduciendo rápidamente debido a la migración. Con un PIB que se estima que sigue un 15% por debajo de su máximo de 2018 y más de dos millones de cubanos que han emigrado desde 2021, la capacidad de la economía para absorber nuevas crisis es mínima.

¿Y ahora qué?

Con las continuas tensiones derivadas de una economía en crisis, las presiones políticas y demográficas, y sin perspectivas de envíos de petróleo, la situación humanitaria de Cuba se está deteriorando rápidamente. Como ejemplo de la gravedad de la situación, varias aerolíneas han cancelado sus rutas a Cuba. Las embajadas y las empresas internacionales están empezando a poner en marcha planes de evacuación, trasladando a los familiares de sus empleados fuera de la isla.

Crece el temor por las personas mayores y enfermas, la preocupación de que los vuelos se suspendan por completo y, con ellos, las entregas de medicamentos esenciales por parte de familiares y amigos en el extranjero.

Varios países han anunciado que proporcionarán ayuda humanitaria. México envió 814 toneladas de ayuda que llegaron a la isla el 12 de febrero. Chile también ha anunciado planes para enviar ayuda humanitaria.

Por su parte, Estados Unidos anunció que enviará seis millones de dólares en ayuda, que se distribuirá a través de la Iglesia Católica. Esto se suma a los cuatro envíos de ayuda humanitaria en respuesta al huracán Melissa, que azotó la isla en octubre.

Entidades como Cáritas Cuba y Catholic Relief Services tienen una larga trayectoria de apoyo a los cubanos; estos grupos han intervenido una y otra vez tras desastres naturales o para ayudar a los más vulnerables.

Aun así, aunque estas entregas son importantes, no serán suficientes.

El gobierno estadounidense parece creer que 2026 será el año en que caiga el gobierno cubano. El presidente Trump habla de conversaciones con altos funcionarios del Gobierno cubano. Se especula que la relación de Estados Unidos con Cuba podría seguir el camino de Venezuela, identificando a una figura como Delcy Rodríguez que marcará el comienzo de una apertura económica y, con el tiempo, también política. Sin embargo, hasta ahora hay pocos indicios de que los funcionarios cubanos estén dispuestos a negociar su propia salida.

El futuro político de Cuba sigue siendo incierto. Pero las implicaciones humanitarias del contexto actual son claras. Y, mientras continúa la campaña de presión, los responsables políticos deben tener claro que, aunque las políticas de línea dura puedan tener como objetivo derrocar al Estado, el impacto recae primero sobre la población civil, lo que amenaza la legitimidad de lo que venga después.

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