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Bad Bunny
Columna

Bad Bunny: el cañaveral hizo ‘twerking’

Cualquier latinoamericano sabe que en su región hasta las cañas de azúcar están vivas; o quizás dormidas esperando su resurrección en la liturgia del gozo

Bad Bunny durante su actuación en el Super Bowl. Kevin Sabitus (Getty Images)

No había otra forma de representar la brisa corriendo entre el cañaveral con personas disfrazadas de árboles. Bad Bunny necesitaba cuerpos en movimiento para imitar esa coreografía que se ve en el campo cuando el viento lo arropa, un efecto que no se puede imitar con arbustos de utilería porque nos habla del arte como mímesis. Cualquier latinoamericano sabe, en efecto, que aquí hasta las cañas de azúcar están vivas; o quizás dormidas esperando su resurrección en la liturgia del gozo, y esa fue la brujería que vimos en su show.

La mística del pensamiento latinoamericano explica que estamos a solo un empujón de mutar en otro cuerpo, en otro ser; y no hace falta leer El reino de este mundo para entender la brutal belleza del gesto de Bad Bunny: contratar actores que representaran los cañaverales en vez de llenar el escenario con plantas sintéticas, que es lo que habría hecho cualquier artista gringo. Carpentier entendió como nadie al Caribe y sus espíritus; la compleja relación que existe entre lo humano y lo animal o lo vegetal, la idea radical de que en estas tierras no hay nada inerte, sino que en todo cuerpo habita lo divino y en toda bestia también un prójimo.

Uno de los momentos estelares de la latinoamericanidad quedó registrado en las crónicas de Guamán Poma de Ayala (S.XVI). Según Laura León Llerena, Guamán Poma narra el momento exacto de horror que viven los curas doctrineros y extirpadores de idolatrías cuando se dan cuenta de que la evangelización es un proyecto imposible porque para los incas todo cuerpo -vivo o inerte- estaba habitado de sujeto. Fue en ese momento exacto que descubrieron, dice Guamán Poma, que su empresa evangelizadora se hacía inabarcable porque implicaba matarlo absolutamente todo, incluyendo lo que bajo sus propios parámetros ya estaba muerto. Para triunfar, el proyecto colonizador tuvo entonces que evangelizar no solo a los indígenas sino sobre todo a la materia para desalojarla de sujeto, porque no se puede extraer para el comercio aquello que se considera divino. Pero desde el domingo las cañas de azúcar en el Caribe están otra vez habitadas; resucitadas en las tradiciones dominicanas y haitianas que se mezclaron con el catolicismo el vudú y otros sincretismos. Según me cuenta mi amigo Frank Báez, este intercambio se dio precisamente en las plantaciones de caña de azúcar donde los puertorriqueños y otros isleños -o cocolos- viajaron en el siglo pasado a La Romana en Dominicana para cortar la caña; labrando fututos o instrumentos de vientos en los tallos y vistiéndose como los cañaverales de Bad Bunny.

Al final del show, por eso, no queda otro entendimiento posible que asistir a la ausencia del disfraz, porque la desnudez de esos hombres y mujeres se hace visible cuando se comprende que se han convertido en hierba a punta de baile. La literatura latinoamericana es también un lugar frecuente de resurrección, de trance y de metamorfosis de la materia: La Vorágine está plagada de hombres que se transforman en cachirres y el Reino de este mundo de hombres que se hacen jaguar. En una de mis secciones favoritas de Los ríos profundos, las piedras despiertan cuando se les canta en Quechua, que es la lengua mineral por excelencia, compartiendo la misma hechicería animista que sabe Bad Bunny con su música para despertar a las cañas. Incluso los escritores latinoamericanos que nacieron equivocadamente en Estados Unidos y que escribieron en un inglés profundamente castellanizado habitan esta verdad. En Meridiano de sangre, McCarty dice que hombre y roca terminan por asumir parentescos insospechados. Si no admitimos que los hombres disfrazados de cañaveral mutaron sus cuerpos en resinas, al menos podemos decir que sus caras adquirieron alguna facción vegetal.

Para burlarse del espectáculo de Bad Bunny, la influencer de extrema derecha, Laura Loomer, escribió escandalizada que el show estaba lleno de “ilegal aliens and Latin hookers twerking at the Superbowl” [Extranjeros ilegales y prostitutas latinas haciendo twerking]. Olvida mencionar que los latinoamericanos somos tan impúdicos que en el show de Benito hasta las cañas hicieron twerking.

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