Ni por 100 millones ni por dos: la serie sobre el secuestro más estúpido del mundo
Quini era el jugador más querido de España. Uno entiende que no saber de fútbol dé algún prestigio en alguna parte, pero hasta para secuestrar hay que tener un mínimo


Quizá lo más divertido del secuestro de Quini, si hay algo que pueda ser divertido en un secuestro, es que los pobres tres diablos que lo secuestraron fueron a elegir en un país tan polarizado al jugador de fútbol que más cariño reunía en todas las aficiones, alguien de quien nadie decía una mala palabra dentro y fuera del campo; un currante del gol procedente de un club modesto, el Sporting de Gijón, que se convirtió en el Barça en el máximo goleador de la Liga. Ni los madridistas le podían poner un pero a aquel goleador fino y humilde; si hoy secuestran a cualquier estrella, no faltarían mentecatos matizando la acción criminal por anteponer los colores.
¿Pero Quini? ¿Quini? ¿Enrique Castro, un asturiano hijo de un currante de Ensidesa y una ama de casa, un tipo educado y atento con todos, el futbolista que fue símbolo popular por su aire natural, alejado de estrellatos, generoso, al que llamaban El Brujo por su alquimia dentro del área y su carisma en las calles? Esa es la comedia, la verdadera comedia, la más divertida, que subyace en Por cien millones (Movistar +). Que los tres mecánicos desesperados de Zaragoza, puestos a elegir víctimas para secuestrar en la España de 1981 (mira que había opciones, empezando por Tejero y su escuadrón de pistolitas), eligieran al hombre más querido del país. “Somos las peores personas del mundo, nos odian todos”, dice uno de los secuestradores cuando comprueba, por el impacto en la prensa, que han secuestrado al futbolista del pueblo. Uno entiende que no saber de fútbol dé algún prestigio en alguna parte, pero hasta para secuestrar hay que tener un mínimo.

Cómo de sublime era Quini que, tras su secuestro, fue el mejor abogado defensor de los secuestradores. Les perdonó, renunció a la indemnización, habló sobre la necesidad económica que acuciaba a los criminales y, finalmente, como contó en El Mundo, pidió conocer a uno. “El encuentro fue muy cordial. Él no paraba de disculparse. Le di mi número de teléfono y le dije: ‘Ya sabes que cuando quieras me puedes llamar perfectamente’”. Incluso echó por tierra, con sus declaraciones, la petición judicial del Barcelona de responsabilizar a los secuestradores de la Liga perdida por la desmoralización de la plantilla durante y después del secuestro de 24 días.
Esa fue otra: la Liga no movió una ceja. Imagínese ahora al pichichi de la Liga, Kylian Mbappé, secuestrado durante un mes y los partidos, también los del Madrid, jugándose como si nada. Esas ruedas de prensa pospartido: “Bueno, perdonamos y no salió, ellos estuvieron más afortunado. Por cierto: fuerza, Kiki”.

Quini murió en 2018 a los 68 años por un infarto; sus cuatro hijos aparecen en la serie saludando al Quini de ficción (Agustín Otón) para pedirle autógrafos después de un partido (sabiendo esto, la escena pone la piel de gallina). La serie de Nacho G. Velilla y Oriol Capel, protagonizada por Raúl Arévalo, Vito Sanz y Gabriel Guevara, merece una delicada disección. Especialmente en su relación con sus hechos, que no son divertidos sino que procuraron un enorme sufrimiento a Quini y su familia.
La resolución es brillante. Como el secuestro acabó bien (sin muertos, sin heridos, con los secuestradores juzgados), y como, esto es sabido y viejo, la comedia es tragedia más tiempo, a los autores les ha quedado una comedia ligera, fresca y de consumo rápido que hace algo muy interesante y necesario: levanta hambre, se va uno corriendo a internet a saber más de aquel suceso. Es decir, ¿es verdad que los secuestradores, cuando tenían a Quini torpemente encapuchado dentro de su coche, no sabían conducirlo porque era automático y Quini les dijo cómo hacerlo? ¿Es verdad que el presidente del Barcelona, Josep Lluís Núñez, cuando se enteró de que los secuestradores pedían 100 millones de pesetas, dijo delante de la mujer de Quini: “Quini no vale 100 millones”? Sí, todo eso es verdad.

Hay licencias, claro, muchas. Pero cuando usted vea la serie y algo le choque mucho, es casi seguro que hubiese ocurrido. Por ejemplo, la creencia policial de que estaban ante sesudos profesionales del secuestro, al estilo Manquiña en Airbag (“profesional, muy profesional”, cuando al otro se le había escapado un disparo), en una España de Grapo y ETA mientras los tres gualtrapas ejecutan un plan casi infantil influido por las películas.
Sí, Por cien millones es una serie que se puede hacer sin reproches morales porque la realidad fue indulgente, Quini fue un señor y de los tres mecánicos de Zaragoza poco o nada se supo después.

Terminemos con ellos. Son lo más sustancioso del suceso y de la ficción. Cuando pensamos en un secuestro, nos ponemos en la piel del secuestrado, claro. Por cien millones te invita a ponerte en el lugar del secuestrador. Tipos al borde la bancarrota, el desahucio, la ruptura sentimental, en una España soportando una inflación imposible y un paro desbocado. No funciona como excusa (¿en qué cabeza cabe pensar “qué mal estamos de dinero, vamos a secuestrar al pichichi de la Liga”?) pero atempera ánimos y sobre todo ayuda a ubicar al personal: ¿hubiéramos planeado mejor el secuestro?, ¿lo hubiéramos llevado con el mismo pesaroso optimismo?, ¿no son siempre los amigos, incluso en la pobreza y en el crimen, o sobre todo en la pobreza y en el crimen, una oportunidad para echar unas risas? 45 años después, las risas han llegado.

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