Bea lo ve todo
Era uno de esos cortos rodados en vídeo que llegaban a los festivales en la época en la que los jurados recibían las propuestas en VHS


Vaya por delante que no voy a hablar ni de Bea Talegón ni de Bea Fanjul. Esta es una Bea a la que es probable que no conozcan. Esta Bea es el personaje que da título a un modesto cortometraje llamado Bea lo ve todo, dirigido en 2006 por un director y guionista entonces desconocido. Bea lo ve todo era uno de esos cortos rodados en vídeo que llegaban a los festivales en la época en la que los jurados recibían las propuestas en VHS (imaginen el volumen físico de la preselección). Llegué a él porque un director de cine —jurado, claro— me dijo que me quería poner un corto “malísimo”. “Una puta mierda”, me dijo. O algo así (era muy malhablado).
El corto, desde el punto de vista técnico, era pobre. Podemos decir experimental si queremos quitarle hierro. Pero contaba, en 14 minutos, tanta trama como una película de Guy Ritchie. Los diálogos eran tan naturales como divertidos. Los escenarios eran la casa de este y la del otro. Los actores tenían pinta de ser sus amigos y vecinos. Lo mismo que se hace a los 14 años, pero con 10 más. Debieron hacer ese corto cuando la gente ya había abandonado el sueño del cortometrajista.
He visto muchísimos cortometrajes y películas de bajo presupuesto (por debajo de los 20.000 euros para largometraje, por debajo de los 100 euros para cortometraje) y es raro encontrar algo tan disparatado a la vez que natural. No sé si Bea lo ve todo ganó algún premio. No sale en Letterbox, ni en IMDB.
No mucho después el director creó una pequeña webserie que ahora diríamos que se hizo viral. La serie se llamaba Qué vida más triste, y la veían desde los estudiantes de cine de los de poster de Taxi Driver hasta los que andaban repitiendo Calculo III por cuarta vez en Ingeniería Industrial. Lo veían los reponedores y lo veían los teleoperadores (el 70% de la juventud por aquel entonces). Su director y guionista, Rubén Ontiveros, entró al mundo profesional. Primero en ¡Vaya semanita! y luego en un ramillete de proyectos de éxito dispar. Y el caso es que hoy, en 2026, me acuerdo todavía de aquel corto rodado en vídeo, pero no me acuerdo de tantos otros que vi. Y eso que han pasado ya 20 años.
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