Daniel Illescas, ‘influencer’ ganador de ‘El desafío’: “La televisión, por mucho que se crea, no se está acabando ”
El creador de contenido consolida su presencia en la pantalla tras imponerse en la gran final del programa de Antena 3


Durante el tiempo que permaneció sin respirar bajo el agua, el influencer Daniel Illescas intentó engañar a su mente. Mientras su cuerpo flotaba inmóvil, recreaba una rutina minuciosa: el sonido del despertador, su mano apagando la alarma, levantarse, ir al baño, lavarse la cara... “Pero después de cuatro minutos es imposible”, cuenta. “En un momento llegan las contracciones y sabes lo que estás haciendo”. Entonces ya no era momento de pensar, sino de aguantar.
Afuera, todo jugaba en su contra: música, focos, cámaras y un plató en silencio pendiente de cada segundo. Dentro, solo quedaban sus pulsaciones. Cuando por fin lo sacaron a la superficie, estaba al límite. “Si duraba un segundo más, me desmayaría”, admite. No fue hasta entonces que entendió la magnitud de lo que acababa de hacer: 4 minutos y 47 segundos en apnea, récord en El Desafío, uno de los momentos más exigentes de la temporada. Aquel esfuerzo marcó su paso por la sexta edición. Y anoche, tras superar a José Yélamo, Patricia Conde y Jessica Goicoechea con una danza acrobática en torno a una escalera voladora en la gran final, Illescas, con 33 años recién cumplidos, se alzó como ganador del programa de Antena 3.
“El programa era un sueño que he podido hacer realidad a raíz de todo el trabajo que llevo haciendo durante 12 años en redes sociales”, confiesa Daniel Illescas (Santa Perpètua de Mogoda, Barcelona). Aunque su principal plataforma sigue siendo internet —donde ha construido una comunidad de más de tres millones de seguidores (entre Instagram y Tik Tok)— , su paso por la televisión no solo ha ampliado su alcance, sino que también ha redefinido su perfil. “Ya no es solo ser influencer y ya está”, explica. “La televisión, por mucho que se crea, no se está acabando, no es así. Te da una visibilidad muy buena”. Sobre todo, quería que la gente conociera, en otros públicos, quién es “Dani”, más allá de las redes.
Es competitivo, admite Illescas. “Soy un tío que se sacrifica y da el 100% cuando hace algo”, resume. Saltar columpios en llamas, resolver un cubo de Rubik bajo el agua o aguantar la respiración hasta rozar el desmayo formaron parte de El Desafío, o lo que él llama —en broma— su “zona de confort”. Un día normal “no existe”, aunque para la entrevista con este periódico lo intenta. Llega, sin su habitual mochila —de más de 25 kilos— llena de cámaras, a un café del madrileño barrio de Chamberí. Un plan poco habitual para alguien que se siente más cómodo lejos del asfalto, en la montaña o frente al mar, con un bocadillo viendo el atardecer.

Donde más disfruta, sin embargo, es estando con su familia. Para Illescas, volver a casa —ya sea al pueblo de su madre, a Barcelona o a Madrid— es “la verdadera felicidad”. De ahí nace también el mensaje detrás de su contenido. Insiste en que no se trata solo de mostrar lugares para que quienes no pueden viajar puedan hacerlo desde su casa, sino de “inspirar a que cuiden de sus seres queridos”, como él ha hecho con los suyos. “Uno de mis mayores proyectos, y de lo que me siento más orgulloso en este mundo, es haber cumplido todos los sueños de mi abuela antes de morir”, señala: desde bañarse en el mar Caribe hasta viajar a Japón o visitar la Feria de Abril de Sevilla.
Esa voluntad de generar un impacto positivo convive, sin embargo, con una imagen pública que a menudo se simplifica. “Muchos nos ven como si todo fuera maravilloso”, dice. “Pero somos personas, tenemos sentimientos, hay días mejores y peores”. Detrás de cada publicación insiste en que hay un trabajo que no siempre se ve. “No es solo hacer fotos con el móvil”. Por eso, agradece que espacios televisivos apuesten por quienes vienen de las redes sociales. Antes de El Desafío pasó por la octava temporada de MasterChef Celebrity, donde recuerda que “fue uno de los primeros influencers en aparecer en el programa”. “Siempre tengo las puertas abiertas en la televisión, es algo que me apasiona y un orgullo poder tener un hueco allí”, apunta.
Mantener cierta privacidad también es clave para él. “No comparto mi vida al 100%, hay cosas que me guardo para mí”, explica. “Sigo sintiéndome un niño y hago cosas de niño, como hacer el tonto en casa, que mi familia y la gente que me quiere sí ve”. Con los años, dice, la vergüenza dejó de ser un freno: “Aprendí que solo trae límites y que hay que enfrentar la vida y sentirse orgulloso de lo que uno hace”. No obstante, la excepción fue bailar en el programa, en un reto que le hizo sentir realmente expuesto ante toda España.
Su ritmo, en cualquier caso, no da tregua. Vive, reconoce, “a 2.000 revoluciones”, siempre buscando el siguiente reto, viaje o historia que contar. Pero, “incluso la calma forma parte del trabajo. Te da ese temple para poder inspirarte y organizar tu vida”. Aunque, detenerse le resulta complicado: “El día que paro lo noto, y a los dos días ya me quiero ir”, dice.
Quizá por eso, lo más difícil para Daniel Illescas no ha sido escalar una torre de sillas en equilibrio mientras arden, escapar de arenas movedizas o ponerse al límite frente a las cámaras, sino aprender a quedarse quieto. A detenerse y respirar. O, como en aquel tanque de agua, a contener la respiración.
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