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Amazon Prime Video
Crítica

El documental ‘Melania’ o el anuncio de bombones más caro del mundo

Como buena mujer de tirano, ella se centra en la caridad, recibiendo y atendiendo a los niños de esa gente a la que su marido bombardea o expulsa del país. Una esposa sin amor que no habla de su pasado

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Tráiler de 'Melania'
Imagen del documental 'Melania'.Foto: Muse Films

Isabel Preysler recibe a sus invitados en su mansión. Los invitados llevan traje y zapatos limpios. Las invitadas, vestido largo y estolas de piel. La iluminación es cálida y suave. Isabel hace un gesto. Entra un mayordomo (pelo cano, espalda recta, buena disposición para el trabajo) con una bandeja sobre la que hay una pirámide de bombones envueltos en papel dorado. Una invitada toma uno de los bombones y sonríe. Isabel mira a cámara con un bombón en la mano. “La expresión del buen gusto”. Unos 20 segundos han bastado para vender un bombón industrial que se vende en colmados, gasolineras y supermercados. Para vender a Melania Trump han hecho falta más tiempo y más dinero: 40 millones por la venta de derechos (para la Primera Dama, ya que la ley de EE UU lo permite), y 35 millones en promoción (al cambio, unos 65 millones de euros en total). Según The New York Times, el presupuesto total de un producto de este tipo es de cinco millones de dólares. Pero no se escandalicen, que en el montante se incluye una serie documental sobre la exmodelo eslovena.

Y quién mejor que un director de películas de acción para encargarse de tan delicado material. Brett Ratner (Hora punta, X-men: la decisión final, Dragón rojo), un habitual de la isla de Epstein, acusado públicamente de agresión sexual por seis mujeres, y amigo de Donald Trump, ha sido encargado de seguir a Melania Trump durante los 20 días previos a la ceremonia de investidura, en Melania, que Amazon Prime Video acaba de incorporar a su servicio un mes después de su estreno en salas.

Un cartel promocional de la película documental Melania, en Nueva York, que se estrena este jueves en los cines.

Ratner llevaba seis años sin rodar, y por el resultado pareciera que, salvo por el dinero, no le hubiera importado estar otros seis. Unos cuantos miembros del equipo no han querido firmar la pieza, y otros tantos han contado cuán desagradable fue el trato que les dispensó Ratner (por ejemplo, dejándoles sin comer una jornada mientras él devoraba comida basura delante de ellos, haciendo ruido y chupándose los dedos). Porque Ratner no es Riefensthal, aunque cuente con un presupuesto digno de las obras propagandísticas de la alemana. El documental es un género que muestra una realidad para encontrar una verdad, pero para eso hay que buscarla primero, hay que tener una mirada. Ratner no tiene una mirada.

En los 104 minutos de “expresión del buen gusto” no se cuenta nada. Ni siquiera valen como relato de la opulencia (qué opulencia va a poder retratar un tipo como Ratner). El único momento en el que Melania Trump dice algo creíble es cuando, en un trayecto en coche, le preguntan por su canción favorita. Es Billy Jean, de Michael Jackson. Durante el resto del metraje escucharemos su voz en off. Con un fortísimo acento del este, Melania lee con torpeza un guion que le es ajeno. En ningún momento entona como si aquello lo hubiera escrito ella.

Melania pivota en torno a la fantasía de que esta primera dama es una mujer elegante, muy elegante. Pero Melania, por más modelo que sea, es capaz de abaratar hasta el chain dress de Chanel. A pesar de esto, el hilo conductor del documental es el modelito que la Sra. Trump llevará a la investidura. Rodeada de modistos amanerados (que si la homofobia) y/o extranjeros (que si la xenofobia), Melania examina tejidos, cortes, dobladillos, pespuntes y cenefas hasta dar con un sombrero de picador y un traje de chaqueta que es exactamente lo que se pondría Fétido Addams si alguien le recetase Ozémpic. El plano en el que se coloca el sombrero y se mira en el espejo, ese sí, es cine. Y qué bien le vino para evitar ser besada por su anaranjado marido, ese que se pasea por el documental solo para decir generalidades sobre la señora a la que tiene por florero. “Great”, “nice”, “honey”, y ya está. Para qué más.

Una inquietante cantidad de apariciones de Donald Trump tienen como contraplano a señores afroamericanos (que si el racismo) consiguiendo, gracias al efecto Kuleshov, que parezca que al Nerón americano le caen estupendamente. Aunque no quiero ilusionar a nadie, el porcentaje de material narrativo de la cinta no excede el 40%. El grueso son los planos recurso: un dron paseando por Mar-a-lago (otra rima con el caso Epstein), muchos planos cortos de los zapatos de Melania (algo de Tarantino, quizás), planos generales de la oligarquía abrazando a su benefactor, y detalles de los brocados y la marroquinería con la que Melania va a ahogar la Casa Blanca. Todo el metraje parece la escena introductoria de una película de amor y lujo. Y el lujo lo encontramos (quien dice lujo dice horterada), pero el amor no. No hay amor en los ojos de Melania; ni amor recibido ni amor entregado. No hay alegría. No hay ilusión.

Es difícil verlo detrás de tantas operaciones, pero Melania parece una mujer amable perdida en una puesta en escena que no es como hubiera deseado. Como buena mujer de tirano, ella se centra en la caridad, recibiendo y atendiendo a los niños de esa gente a la que su marido bombardea o expulsa del país. Melania, mujer sin amor, no habla de su pasado (no hay imágenes de archivo), privándonos de aquellas fotos de los noventa en las que ella parecía feliz al lado del empresario al que llamó “un niño grande” en alguna ocasión. No habla de Eslovenia (su marido no se ha molestado en visitar el país una sola vez, pero son “nice people”), ni de su carrera como modelo. Melania se limita a enseñarnos el presente inmediato de una mujer parapeto, como parapeto es el sombrero-ovni de la investidura.

En español se llama coloquialmente “bombón” a una mujer despampanante. Y Melania lo fue antes de querer ser elegante. Como bombón fue presentada como un producto exclusivo, en vallas y lonas inmensas, y hoy la tenemos en Prime Video tras la espantada del público mundial. Como esos bombones del anuncio que, tras los tiempos de la Preysler, se venden en paquetes de tres en cualquier colmado, sirviendo para paliar el antojo de los que no se atreven a comprar una tableta de chocolate entera. En eso se queda Melania, en un anuncio de bombones. El problema —en lo cinematográfico, sin entrar en lo ético— es que para hacer un anuncio de bombones bastaban 20 segundos.

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