El talento de los demás
El cine, como las novelas, existen para que alguien los disfrute


Titulo esta columna igual que la cuarta novela de Alberto Olmos (publicada en Lengua de Trapo en 2007). En ella narra, a través de la vida del joven violinista Mario Sut, qué es eso del talento (el que tienen otros, por supuesto). En una parte de la novela en el entorno de Mario alguien decide hacer una película. Todo son buenas intenciones, ideas felices sin una sola noción técnica para apoyarlas.
Es risible y doloroso a un tiempo, porque creo que todos hemos tenido cerca algún grupo de diletantes con planes mayestáticos para hacer una película llamada a romper el sistema. Todas las ideas que vomitaban los personajes en la novela de Olmos parecían haber sido dichas de viva voz en algún momento (“esto lo tiene que haber oído en algún lado”, pensaba al leerla). Ese tipo de películas, cuando se hacen, son un festival de problemas técnicos: planos sobreexpuestos, sonido deficiente, personajes cortados por los tobillos, atardeceres traicioneros, perros inoportunos, y muchísimo gotelé, tanto en las paredes como en las almas. Eso por no hablar de las interpretaciones. En una de cada siete casas hay un VHS con un cortometraje de esta ralea.
En una entrevista —no recuerdo el medio— le preguntaban a Olmos qué es un editor. “Un editor es alguien que sabe ver el talento de los demás”, dijo. Esta misma semana he terminado la imprescindible lectura de Personaje secundario (Trama), de Enrique Murillo. En sus más de 500 páginas habla de manuscritos que luego fueron novelas de cierto calado, y algunas de ellas forman parte de los mejores recuerdos lectores de quien esto escribe.
Afortunadamente hubo alguien que cogió aquellas páginas y supo ver en ellas un autor, una voz, y por supuesto una buena novela, que es el trabajo del editor. El sábado se entregaron los premios de la Academia de Cine Europeo con Sirât acaparando cinco trofeos. Sin ser yo fan de la película de Laxe, aprecio lo que la hace diferente (ese reparto que parece un resumen del Womad) y celebro que abra las puertas a un cine interesante y económicamente viable. Y pienso en los productores, esquivos personajes que, cuando son malos, nos proporcionan interminables anécdotas que tienen mucha gracia si no sales en ellas; pero cuando salen buenos hacen que el cine sea algo que merece la pena, tanto por hacerlo como por verlo. Y al final el cine, como las novelas, existen para que alguien los disfrute.
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