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In Memoriam
Opinión

En los dominios del Lobo

En aquel garaje decadente del centro de Lisboa, el viejo alquimista de Benfica daba forma a aquellas embriagadoras flores de ruina que iban saliendo como sin él quererlo. Literatura ‘malgré moi’, le gustaba llamarla

António Lobo durante una entrevista con EL PAÍS en su casa de Lisboa, en 2011.Francisco Seco

No eran, aun siéndolo, meras letras, palabras, líneas, párrafos, páginas, libros. Eran gemas. Las iba extrayendo António Lobo Antunes de las minas subterráneas de su fecunda aunque cruel imaginación, la personal primero, la literaria después, hasta hacerlas una, esa donde confluyen las nostalgias de lo que hicimos y las frustraciones por lo que ya no podremos hacer.

En aquel garaje decadente de la Rúa Gonçalves Crespo del centro de Lisboa, garaje reconvertido en el estudio de un pintor, a la sazón su primo José, asomado a aquella mesa de dibujante, fumando un gitanes tras otro, rodeado de lapiceros, plumillas, música de jazz y jungla de cachivaches, António —fuimos amigos, así que António, o querido António, o incluso joder, António, qué mala hostia te sale cuando quieres— el viejo alquimista de Benfica daba forma a aquellas embriagadoras flores de ruina que iban saliendo como sin él quererlo, porque ya lo decía, te atravesaba con aquellos ojazos azules y te soltaba como si nada: “Mis libros se hacen solos, a pesar mío, hay como una lógica interna en ellos que se me escapa”. Literatura malgré moi, le gustaba llamarla.

Mentía, claro. Sólo había que ver aquellos papelotes enormes y apaisados en los que escribía, como las cartulinas de los trabajos manuales pero en más grande, en los que manchaba, en los que tachaba, sobre los que juraba en hebreo cuando no encontraba la frase, la gema, aquellos papelotes de los que se iba y a los que volvía, incansable, obsesivamente, amanuense sin horarios ni límites, menos a las seis de cada tarde, como aquel día en Lisboa, cuando él y su primo se largaban un rato a merendar al bar de enfrente.

Y así salían las palabras y las frases y las líneas y los párrafos, como volutas confundiéndose con las del enésimo pitillito —“ay, ay, ay, tengo que dejarlo”—, y así salían las ¿novelas? ¿Era aquello novela? O llamémoslo aquellas estancias cerradas de color del musgo y olor a alcanfor de casa encantada en los que la infancia rescatada, las brutalidades de la guerra colonial (estuvo de capitán del ejército portugués en la de Angola) y sus consecuencias psicológicas (Lobo era psiquiatra, eso ayudaba), la omnipresencia de la muerte y la persistencia de la memoria eran ingredientes prioritarios.

Lobo no ponía puntos, hacía párrafos de dimensión maratoniana, frases que parecían no tener final, pero vaya si lo tenían, quedando demostrada la no obligatoriedad del signo de puntuación llamado “punto” para acotar y cerrar, para sentenciar, para acabar; sus ¿novelas? Solían tener cosa de 500 páginas, así, en vena, y los títulos eran un prodigio de ensoñación, aunque no siempre eran suyos, de gente banal como Dylan Thomas o vete a saber quién: Tratado de las pasiones del alma, El orden natural de las cosas, Exhortación a los cocodrilos, No entres tan deprisa en esa noche oscura, No es medianoche quien quiere… o directamente descriptivos, véase En el culo del mundo, libro prodigioso de 1979 que no conocimos en España —gracias a las buenas artes de Jacobo Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo, alias Jacobo Siruela, y a su equipo de colaboradores— hasta 2001.

Fue en aquel 2001 cuando el editor decidió no sólo seguir sacando los librazos de este eterno candidato al Nobel que jamás ganó el Nobel para vergüenza del Nobel (una vieja tradición de injusticias, que se lo digan a Borges, a Kafka, a Joyce, a Virginia Woolf, a Tolstoi, a Proust, jajajajaja, si ahora hasta lo quiere un tal Trump (el de la Paz, lo de la literatura no creo ni que le suene), fíjense si la marca está devaluada… Me cago en el Nobel, decía Lobo sin decirlo. Como tampoco decía que no podía con la otra gloria portuguesa de las letras, José Saramago, siendo claro y cristalino que no podía, y parece ser que viceversa.

Jacobo Siruela, decíamos, no sólo siguió editando a Lobo Antunes, sino que en ese 2001 decidió dedicarle una biblioteca, Biblioteca Lobo Antunes, libros-objeto editados con primor, gemas de millones de páginas, fábricas de placer, fuentes de ensoñación, tristezas de papel y así en general, por la vía de la literatura malgré moi (mentira), monumentos de literatura. Luego Lobo dejó Siruela y se marchó a Random House, cosas de la vida, cosas de la literatura, cosas del dinero, en un fichaje que se pareció bastante a los de esos jugadores de fútbol que se han criado en la cantera y que, una vez devenidos en estrellas, se van a un superclub forrado. No está claro que, más allá de lo crematístico, Lobo se quedara del todo orgulloso de su decisión. Nunca lo sabremos.

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