Netflix pone la lupa en un milagro llamado ‘The New Yorker’
El documental sobre el centenario de la revista quiere dar cuenta de su nacimiento, su evolución y su impacto


De la misma manera que Venecia es un asombro de ciudad, The New Yorker es un milagro de revista. Lleva publicándose cada semana de cada año desde que el sábado 21 de febrero de 1925 —durante los felices años veinte del siglo pasado—, aterrizó en los quioscos con la ilustración de un socarrón dandi con monóculo y sombrero de copa (bautizado como Eustace Tilley) en portada. Irrumpió ofreciendo relatos llenos de humor, dibujos y poemas ocurrentes, un perfil de Giulio Gatti-Casazza, director de la Metropolitan Opera de Nueva York, algún cotilleo sobre el magnate de los periódicos W. R. Hearst, críticas sobre la música de Igor Stravinski, sobre el libro Pasaje a la India de E.M. Forster, sobre algunos cuadros del pintor español Ignacio Zuloaga, o sobre la película The Last Laugh, de F. W. Murnau, uno de los primeros filmes en adentrarse en el derrumbe del individuo ante la salvaje pujanza de la sociedad capitalista.
The New Yorker cumple 100 años (Marshall Curry, 2025), de Netflix, quiere dar cuenta del nacimiento de la revista, su evolución y su impacto, pero no lo acaba de conseguir. El documental se sigue con interés pero no tiene vuelo, derrotado por el envite de una historia tan extraña y portentosa (quizás también porque narrar complejidades no es precisamente una virtud en esa plataforma).
En todo caso, explicar The New Yorker es tarea ardua: estamos hablando de un icono cultural y social —amado por muchísimos, despreciado por multitudes, especialmente en la era Trump—, donde han publicado relatos Dorothy Parker, Salinger, Nabokov, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, Foster Wallace, Junot Diaz, Murakami, Shirley Jackson, Susan Sontag, Carver, Lorrie Moore, Jhumpa Lahiri, Zadie Smith o Chimamanda Ngozi Adichie.
Se trata de un extraño artefacto, plenamente integrado en la revolución digital con su bella web y sus exitosos podcasts que, a su vez, sigue ofreciendo, sin apenas cambios, su versión en papel y tintas de colores. Estamos ante una rara joya (reliquia para algunos) cuyas ilustraciones, ficciones, ensayos o reportajes han cincelado el mundo contemporáneo.
No es una exageración. Sucedió con La familia Addams (Charles Chas Addams, uno de los primeros caricaturistas de la revista, se hizo famoso por retratar una familia de comportamiento anodino pero de pinta muy, muy siniestra), con El nadador (un relato de John Cheever, reconvertido en extraordinaria película de Burt Lancaster) o con Brokeback Mountain (una historia de Annie Proulx, reconvertida en filme de Oscar de Ang Lee).
Y sobre todo ocurrió con algunos de sus reportajes. Pasó en verano de 1946, cuando se publicó Hiroshima, el reportaje de John Hersey sobre los efectos de la bomba atómica en la población civil japonesa (el ataque había sucedido un año antes, pero hasta entonces los medios estadounidenses se habían limitado a explicar la potencia técnica de esas armas). La pieza de Hersey, que era de 30.000 palabras y ocupó un número entero de la revista —de la que Albert Einstein compró 1.000 ejemplares para enviárselos a científicos de renombre—, revolucionó la percepción de la guerra y las armas nucleares para siempre.
Algo parecido ocurrió en junio de 1962 con Primavera silenciosa, el reportaje de Rachel Carson sobre el impacto medioambiental del DDT y otros productos químicos, que motivó un cambio de leyes sobre el agua y el aire y, también, el nacimiento del movimiento ecologista moderno. Y también en noviembre de ese mismo año, cuando James Baldwin publicó Carta desde una región de mi mente, un ensayo que difundió algunas de las ideas más importantes en la lucha por los derechos civiles y la justicia racial.
Pasó de nuevo en febrero de 1963 con la publicación de Eichmann en Jerusalen, la crónica de Hannah Arendt dividida en dos partes —la primera lleva el subtítulo Adolf Eichmann y la banalidad del mal, y la segunda, Lo que vio Adolf Eichmann y la cuestión de su conciencia— en la que reflexiona sobre las causas que propiciaron el Holocausto. Y en septiembre de 1965, cuando Truman Capote publicó en la revista el primer capítulo de A sangre fría.
Volvió a suceder en mayo de 2004, con el reportaje Tortura en Abu Ghraib, donde, a partir del acceso a informes secretos, el periodista Seymour M. Hersh reveló cómo los fallos del liderazgo, las exigencias de los servicios de inteligencia y los contratistas privados convirtieron una prisión reconstruida en una máquina de tortura. Y en octubre de 2017, cuando saltó a la luz pública La familia que construyó un imperio del dolor, un reportaje de Patrick Radden Keefe sobre despiadada comercialización de analgésicos por parte de la dinastía Sackler, uno de los grandes de la industria farmacéutica, que generó miles de millones de dólares y millones de adictos.
La virtud de lo excesivo
En The New Yorker todo es a lo grande, quimérico, audaz. Casi irreal. Rachel Carson tardó cuatro años en enviar el borrador de su pieza, y hay investigaciones periodísticas que han durado un tiempo parecido. Además, antes de ser publicados, todos los reportajes pasan por el departamento de fact-checking, un largo y doloroso proceso de comprobación de datos, hechos y declaraciones que algún periodista comparó una vez con una colonoscopia.
An advance look at Barry Blitt’s “Guzzler,” the cover for next week’s issue. #NewYorkerCovers pic.twitter.com/VqKnOcXCoP
— The New Yorker (@NewYorker) January 8, 2026
Por lo que vemos en el documental, en la Redacción de la revista el exceso se asume como una virtud, y también como una losa. Por ejemplo, Deborah Treisman, responsable del área de ficción, explica que a su correo electrónico llegan entre 7.000 y 10.000 relatos al año, de los que se publican 50. Y Emma Allen, la jefa de las viñetas, confiesa que se pasa horas descartando miles de viñetas diariamente, inmersa en “oleadas de perplejidad, desvarío y depresión”, hasta dar con alguna que valga la pena.
Al hablar a cámara, en la cara de David Remnick, director de la revista desde 1998, se atisba el peso de la histórica revista, que empezó en 1925 con unos pocos miles de ejemplares y hoy tiene 1,2 millones de suscripciones. Explica que cada mañana se levanta muy temprano y se fuerza a hacer un poco de ejercicio en casa “para no morir”, pero que en cuanto salta a la calle se siente “instantáneamente feliz”.
En eso se nota que Remnick es un viejo y gran periodista. De esos que no se dejan engañar. Él, que vivió el derrumbe de la URSS y el auge de la figura de Putin en Rusia para The Washington Post, tras la segunda victoria de Trump en 2024 escribió que “uno de los peligros de vivir bajo el autoritarismo es que el líder trate de arrebatarle a la gente su energía”. Y Jon Lee Anderson, otro reportero con gran experiencia detrás —ha firmado crónicas sobre los conflictos de Somalia, Irak, Libia, Afganistán o Siria para la revista—, reflexionando también sobre su propio presidente, deja una advertencia: “No es tan difícil acabar con una sociedad si te lo propones”.
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