‘The Last of Us’: los últimos serán los primeros
El último capítulo de la primera temporada de la serie de Craig Mazin para HBO Max demuestra que ha sabido apuntalar a sus personajes para que queramos ir con ellos hasta el final

La promesa de que los últimos serán los primeros es una que solo se puede permitir hacer un nepo baby con ínfulas de deidad o un lunático, que pueden ser lo mismo. Pero en el caso de The Last of Us (HBO Max) es una realidad empírica. Joel y Ellie (Pedro Pascal y Bella Ramsey) perdidos, con rumbo y en el lodo, han congregado a una comunidad de seguidores que ha convertido a la serie en el gran fenómeno de la temporada.
La ficción funciona a dos niveles: el grandilocuente, de acción, que dota a los personajes del objetivo de salvar al mundo. Y otro más pedestre que implica a dos personas caminando, leyendo chistes malos y entablando una conversación infinita gracias a la cual establecen una intimidad que los convierte en familia. Esa es la parte más redonda de The Last of Us. Y la que permite que se le perdone su irregularidad. También es la menos vista, porque hemos tenido zombies a espuertas (11 temporadas de The Walking Dead, entre otras), distopías delirantes (ahí sigue El cuento de la criada), y otros high concepts mezclados con filosofía barata que se han olvidado de lo esencial: o vas con los personajes o todo lo demás da igual.
En The Last of Us vive dios que vamos con el padre destrozado por la muerte de su hija y la adolescente huérfana que ha crecido sin ninguna sensación de pertenencia. La gran historia de amor de la serie es esta, no la del tercer capítulo. Querer a alguien de tal modo (breve destripe) que te lleve a mentir, a matar, a contar la arena del mar, a renunciar a salvar al mundo si eso significa perderla. Si me dan a elegir entre tú y la humanidad, me quedo contigo. ¿Hay mejor declaración de amor?
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