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Cuando robar tu identidad digital amenaza tu negocio: “No quiero regalar más contenido a las plataformas”

Para quienes han convertido su imagen en su principal herramienta de trabajo, la suplantación de identidad no es solo un problema reputacional, sino una amenaza directa a su sustento económico

Rosario Villajos, fotografiada en Alcobendas, Madrid.Claudio Álvarez

Después de pasar la mayor parte de su vida en el mundo corporativo, conviviendo con la presión de las ventas, el estrés y la ansiedad, Cristian Blanch decidió dar un giro a su vida y empezó a compartir su pasión por el yoga y la meditación a través de su cuenta de Instagram. En poco tiempo se hizo con un gran número de seguidores y pudo dejar su trabajo para dedicarse solo a su pasión: la divulgación de la meditación a través de las redes sociales. Hizo charlas, clases, vídeos, imágenes, presentaciones; en definitiva, un montón de contenido online que se convirtió en su sustento vital. “Hasta que me di cuenta de que alguien estaba usando mi imagen para estafar a otros. Recibí mensajes de personas que habían pagado por estos servicios y no recibieron nada”, cuenta Blanch, de 46 años. “Me pedían ayuda y yo me sentí completamente fuera de todo. No sabía qué era real y qué no lo era”, añade.

Cada vez más personas han apostado por ganarse la vida, o complementar sus ingresos, a través de la creación de contenido en redes sociales. En España se estima que hay más de 15.000 creadores de contenido con más de 100.000 seguidores que, en la práctica, viven profesionalmente de sus contenidos y colaboraciones con marcas. Esta cifra representa un crecimiento del 16 % respecto a 2024, según un informe de la consultora 2btube. El atractivo de convertirse en creador de contenido sigue siendo alto entre los jóvenes españoles. El 85% de los adolescentes sueña con serlo algún día, según un estudio llevado a cabo por el Ministerio de Educación y Formación Profesional.

La profesionalización del creador de contenido está en expansión, pero también la tecnología que facilita la suplantación de identidad. En los últimos años, se han popularizado términos como deepfake (los vídeos en los que los rostros de las personas han sido alterados digitalmente para que parezca que dicen o hacen cosas que no se ajustan a la realidad) o deep voice (en este caso, son manipulaciones de audio donde la voz de una persona es clonada y utilizada para generar discursos o declaraciones falsas). Según el Informe sobre la Cibercriminalidad en España 2024 del Ministerio del Interior, las fuerzas de seguridad registraron casi medio millón de ciberdelitos en el conjunto del año, lo que supone un descenso del 1,6 % respecto a 2023 y el primer descenso de la serie histórica en esta categoría delictiva. Sin embargo, la cifra sigue siendo elevada, y los fraudes informáticos (estafas) constituyen la gran mayoría de los casos (aproximadamente 89%).

Estrés, ansiedad y pérdida de control

Para quienes han convertido su imagen en su principal herramienta de trabajo, la suplantación de identidad no es solo un problema reputacional, sino una amenaza directa a su sustento económico. Su rostro, su voz y su credibilidad funcionan como una marca personal que, en muchos casos, carece de protección efectiva. “Esta persona utilizaba mi cara para vender cosas que no existían y engañar a otros”, explica Blanch. “El daño —subraya— no se limita al uso fraudulento del contenido: la pérdida de control sobre la propia identidad genera estrés y ansiedad. En mi caso, tuve que pausar el uso de Instagram porque estaba recibiendo constantemente mensajes de personas afectadas. Finalmente, creé una segunda cuenta privada”. En un ecosistema donde la visibilidad es sinónimo de ingresos, la paradoja es evidente: cuanto más público y exitoso es un perfil, más expuesto queda a ser replicado, manipulado o explotado sin que la plataforma ofrezca una respuesta proporcional al impacto económico y emocional que ello conlleva.

A la escritora Rosario Villajos le suplantaron la cuenta de Instagram un mes después de ganar el Premio Biblioteca Breve por su libro La educación física. En el momento de la suplantación, Villajos tenía entre 7.000 y 8.000 seguidores y utilizaba Instagram y Facebook (cuenta que también fue suplantada) como un escaparate profesional, especialmente después de haber vivido un largo tiempo en Inglaterra. “Para mí, la experiencia fue terrorífica”, explica Villajos, “especialmente por el tono intimidatorio del suplantador, que publicaba fotografías antiguas mías con un corazón negro, como si hubiera muerto, una práctica que me generó miedo y angustia. Aún se me quiebra la voz al recordarlo”. Las consecuencias de la suplantación de identidad pueden afectar de forma directa a la estabilidad emocional, la economía y la reputación de las personas afectadas. “Este tipo de situaciones acostumbra a causar estrés y ansiedad al comprobar que alguien está actuando en tu nombre, publicando mensajes o relacionándose con tus contactos sin ningún tipo de control por tu parte”, señalan desde el Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE).

El far west de las plataformas digitales

“Lo primero que hay que dejar claro es que la suplantación de identidad digital es un delito que no está tipificado”, apunta el fiscal Francisco Hernández Guerrero, “a pesar de que es algo que venimos reclamando desde hace mucho tiempo”. Sin embargo, que no exista una tipificación específica no significa que estas conductas queden impunes. Cuando una persona se hace pasar por otra en internet con el objetivo de obtener un beneficio económico o provocar un perjuicio, está incurriendo en distintos delitos. Por un lado, vulnera el derecho a la propia imagen; por otro, puede estar cometiendo un delito de estafa. “Y esto sí puede ser investigado y juzgado”, concluye Hernández Guerrero, quien hace hincapié en la necesidad de denunciar legalmente este tipo de casos y reforzar la legislación.

La ausencia de un delito específico de suplantación digital dificulta la respuesta judicial, al obligar a encajar estos casos en figuras jurídicas pensadas para otros contextos. A ello se suma la lentitud de los procedimientos, la complejidad probatoria en entornos online y la dimensión internacional de muchas plataformas, factores que dejan a las víctimas en una situación de desprotección práctica. “Pedí a la comunidad que denunciara la cuenta”, explica Blanch. “Más de 500 personas lo hicieron, pero Instagram respondía automáticamente que no había ningún motivo para cerrarla, que esta persona no estaba haciendo nada malo, ni había motivos fraudulentos, ni transgresión de las normas de la comunidad”, añade con desesperanza. Ante la ausencia de una protección efectiva, la única salida fue limitar su propia visibilidad, cerrar su cuenta al público y crear un segundo perfil con acceso restringido, una decisión que, según reconoce, condiciona directamente su forma de trabajar y de exponerse en la red. En su caso, ha dejado su faceta como creador de contenido autónomo y ha vuelto a la empresa privada como trabajador asalariado.

Distanciamiento consciente

“Me doy cuenta ahora de lo expuesto que uno está en las redes sociales y de lo fácil que es que alguien utilice tu identidad para engañar a otros. Muchas de las personas a las que formé están ahora emprendiendo su modelo de negocio en Internet, y este es un tema sobre el que tendrán que reflexionar. ¿Cómo podemos evitarlo o, al menos, minimizar sus riesgos?”, se pregunta Blanch.

Instagram reconoce en sus normas comunitarias que la suplantación de identidad está prohibida y ofrece formularios específicos para denunciar este tipo de cuentas. La empresa asegura que revisa los casos y que puede solicitar documentación para verificar la identidad de la persona afectada. Sin embargo, la plataforma no hace públicos los criterios concretos que utiliza para evaluar las denuncias ni los plazos de actuación, ni publica datos desagregados sobre cuántas suplantaciones se denuncian o se retiran. Esta falta de transparencia y la frecuente respuesta automatizada generan una profunda sensación de indefensión y frustración entre los afectados, que, pese a aportar pruebas o recibir denuncias masivas de la comunidad, no siempre logran que las cuentas fraudulentas sean eliminadas.

“Tras lo ocurrido, adopté una postura de distanciamiento consciente respecto a las redes sociales”, apunta Villajos. “No quiero regalar más contenido a las plataformas tecnológicas, que se aprovechan de nuestra vulnerabilidad laboral y además usan esos datos para entrenar a sus IA”. Desde entonces limito su uso a lo mínimo imprescindible: “No pierdo más de cinco minutos en Instagram o Facebook. Me niego a estar ahí, en lugar de vivir. Estoy segura de que cada vez más, estar en redes será como fumar. Un mal vicio. Algo que estará mal visto”, añade.

La facilidad con la que alguien puede apropiarse de la identidad digital de un creador de contenido no sólo genera estrés y pérdidas económicas individuales, sino que pone en cuestión una profesión muy atractiva para muchos, especialmente jóvenes: la del creador de contenido. En un ecosistema donde la confianza es la base de la economía digital, la percepción de inseguridad puede debilitar la viabilidad de modelos de negocio que dependen totalmente de la identidad online. “Me hubiera gustado seguir, pero no en esas condiciones que me estaban volviendo loco y me hacían sentir muy mal”, concluye Blanch.

Consejos prácticos para profesionales afectados

  1. La suplantación de identidad de una cuenta puede producirse por robo de cuenta (cuando alguien consigue tu contraseña) o por imitación (el suplantador crea un perfil de cero, sin acceder a la cuenta original). Lo primero es, si se conserva el acceso, cambiar la contraseña y activar el doble factor de autenticación. Además, si la contraseña comprometida se utilizaba en otros servicios, también deberán modificarse en estos para evitar accesos encadenados.
  2. Resulta igualmente importante comunicar la situación a la audiencia, explicando de manera clara que alguien está usando su identidad para fines ajenos o fraudulentos, así se ayuda a proteger a los seguidores y a mantener la confianza. Es esencial advertir a los contactos de la existencia del perfil ilegítimo –a través de post, stories, otros canales, etc.– para evitar que interactúen con él o caigan en posibles fraudes.
  3. Se recomienda bloquear la cuenta falsa, lo que impide que ;esta pueda acceder al perfil original y consultar contactos o contenidos publicados. Como medida adicional, si se tiene acceso, el perfil auténtico debería configurarse como privado, de modo que el ciberdelincuente no pueda ver el listado de seguidores ni utilizar esa información para reforzar la credibilidad de la cuenta falsa.
  4. Paralelamente, debe contactarse con la plataforma para solicitar la eliminación de la cuenta falsa y de toda la actividad realizada desde ella, utilizando los canales oficiales de reporte de suplantación de identidad que ofrecen estas plataformas.
  5. Tanto si la suplantación se produce por robo de cuenta como por imitación, existen una serie de medidas generales que conviene adoptar. Es fundamental recopilar todas las evidencias posibles, como capturas de pantalla, mensajes intercambiados o cualquier otro elemento que acredite la suplantación, pudiendo apoyarse en servicios de certificación de pruebas digitales o testigos online. Estas pruebas serán de gran utilidad en caso de que sea necesario emprender acciones legales. Con la información recopilada, se recomienda presentar una denuncia ante las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
  6. Finalmente, es aconsejable reforzar la presencia en otras redes o canales alternativos, de modo que el contenido original siga llegando a la audiencia y se reduzca la dependencia de una sola plataforma, especialmente cuando los mecanismos de protección de la red principal no resultan efectivos.

Consejos prácticos para detectar cuentas suplantadas

  1. Del mismo modo que es casi imposible evitar la suplantación de identidad por imitación, es difícil darse cuenta que estamos ante un perfil que ha suplantado la identidad de otro. De todas las variables a observar, quizás la de la antigüedad es la más importante: un perfil de creación reciente que ofrece servicios debe ponernos en alerta. También hay que fijarse en el tipo de contenidos qué publica, el número de seguidores que tiene o los comentarios y me gusta que reciben sus mensajes. Pero, ojo, ¡todo esto puede estar manipulado!
  2. Hay que estar especialmente alerta si una cuenta pide dinero o pagos directos (transferencias, criptomonedas, Bizum, PayPal) para acceder a servicios, inversiones o formaciones, así como si contacta por mensaje privado de forma insistente para ofrecer servicios o negocios o redirige a enlaces externos poco claros (páginas recién creadas, sin información legal, sin datos de contacto verificables o con dominios extraños).
  3. En una red como Instagram también podemos sospechar si aparecen fotos muy profesionales o que parecen estar sacadas de bancos de imágenes, o cuando el perfil no aparece etiquetado en publicaciones de personales reales.

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