Igualdad, sí; feminismo, depende: ¿por qué los jóvenes se han desencantado con el movimiento?
El desencanto entre los jóvenes bebe de la polarización política, la creencia de que las mujeres han llegado demasiado lejos y que los avances de ellas lastran los de ellos

“Yo soy feminista, pero es verdad que la gente ahora lo entiende como algo completamente diferente; si preguntas, te dirán que no lo son”. Esto que dice Mónica Rubio, estudiante de 20 años, es una de las claves de lo que está sucediendo con la cuarta ola del feminismo: la de la última década, la que puso todos los focos sobre la violencia sexual y la desigualdad salarial, la que amplificó los gritos de hartazgo de las mujeres virtualmente y en calles de todo el mundo, y también la que se ha desdibujado entre los centennials (los jóvenes de entre 14 y 29 años).
¿Por qué? Hay motivos diversos que, según múltiples estudios, están relacionados de una u otra forma con la expansión de movimientos de ultraderecha, que han canalizado a través de redes sociales la distribución de mensajes sobre los excesos del feminismo y, de forma simultánea, hablan sobre las bondades de recuperar los roles históricos atribuidos a hombres y mujeres. También se vinculan al malestar social y económico ―en especial la vivienda―, y la idea de que la situación responde de alguna forma a los avances de ellas, que son, en última instancia, lo que subyace a todo.
La movilización y los derechos conseguidos en los últimos años, como la reforma de la ley del aborto y sobre todo la Ley de Libertad Sexual, han expandido la creencia de que están ocupando todos los espacios y adquiriendo derechos que los perjudican a ellos. Addaia Martínez, una estudiante de primer año de Educación, cuenta algo sobre algunos de sus amigos que lo acota bien: “Que las mujeres tenemos ya todo lo que necesitamos, que no tiene sentido seguir luchando y que ya estamos exigiendo más de lo que deberíamos. Lo que queremos, según ellos, es priorizarnos sobre los hombres”.
El lenguaje como punto de partida
En España, en 2019, el porcentaje de jóvenes que se consideraba feminista superó por primera vez a quienes afirmaban no sentirse así; 2021 fue el pico. Después, el descenso. Y las palabras han tenido mucho que ver en esto. Paloma Narbona, compañera de facultad en el centro privado de estudios financieros CUNEF de Mónica Rubio, dice que “ahora el término lo están llevando a un punto más radical que lo que era antes”. “Yo me identifico con que tiene que haber igualdad”, matiza.
Este miércoles, durante el acto institucional del 8M, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, aludía a “los ideólogos de esta ola reaccionaria” y a su éxito, constatable, por hacer de la palabra feminismo una que se pronuncia “con desconfianza”, sobre todo entre hombres. También señaló que “muchos de los que dicen ‘yo no soy feminista’ defienden principios que lo son, como que su hermana cobre lo mismo que ellos o que su amiga pueda volver a casa sola sin miedo”.
En números, esto lo dejan ver los estudios del Instituto de la Juventud, que midió esta percepción por separado en sus encuestas de 2019 y de 2023. En el primer informe, el 74% de las personas de entre 15 y 29 años se identificó con la igualdad de género y el 64% con el feminismo. En el segundo, ambas cifras caen, y mantienen su diferencia entre sí: 62% con la igualdad y el 54% con el feminismo.
Es parte de la llamada batalla cultural de los últimos años, en la que han ocurrido dos cosas en torno a la igualdad. Una, que entre una amplia proporción de la población, especialmente de la generación Z, ha ganado el discurso reaccionario que tenía como objetivo generar confusión sobre el concepto mismo ―el feminismo es, literalmente, la igualdad entre hombres y mujeres―. La otra, que ese mismo discurso repite insistentemente que todo lo que afecta o puede afectar de forma negativa a los hombres se debe al avance de las mujeres en sus derechos y libertades. Y esa es otra de las claves.
El “agravio” que sienten los hombres
El último informe del Instituto Ipsos, de este pasado miércoles, con entrevistas en 29 países, refleja en España una paradoja: es el único país analizado donde la mitad de la población (51%) se declara feminista, y a la vez es también donde los hombres sienten mayor agravio por los avances en igualdad (60%), lo que lo coloca “a la cabeza del escepticismo en Europa”. Addaia Martínez, la estudiante que hablaba antes de sus amigos, afirma que “los varones no están nada a favor y cada vez más mujeres tampoco”.
“La narrativa de agravio masculino encuentra su catalizador en el electorado de derecha y entre los hombres más jóvenes (especialmente los centennials). Mientras las generaciones mayores y los votantes de izquierda se muestran mayoritariamente favorables a la corresponsabilidad, una parte de los jóvenes experimenta la igualdad como una confrontación de derechos”, ahonda el informe de Ipsos.
El European Policy Centre, laboratorio de ideas con sede en Bruselas, en un análisis del pasado año, vinculaba el éxito de partidos como Vox entre los hombres de menos de 30 años con la “frustración” por el retroceso educativo y salarial ante las mujeres. En el caso de la formación, en algunas áreas, los datos reflejan ese avance desde hace cuatro décadas, pero no en el empleo, donde la brecha salarial está estancada en el 20%, según el informe de febrero del sindicato Comisiones Obreras (CC OO). Aún así, sobre todo los más jóvenes, perciben otra cosa: que esas brechas ya no existen o que son ellas las privilegiadas.
“Creo que ha mejorado. Estamos tanto hombres como mujeres haciendo las carreras que queremos”, dice Salomé García, estudiante de Química de la Universidad Complutense de Madrid, de 19 años. Maksim Myronenko, un estudiante de Derecho de 18 años de la misma universidad, afirma: “Sé que algunas cobran menos y me parece que está mal. Pero las empresas están obligadas a contratar un número de mujeres y eso con los hombres no pasa. Lo mismo ellas están menos cualificadas y tienen preferencia”. Myronenko se refiere a la Ley de Paridad, que establece un mínimo del 40% del “sexo menos representado” en órganos de poder de empresas cotizadas, sindicatos y en la Administración.
Espejismo y desencanto
Lo anterior entronca con otra cuestión central, el llamado espejismo de la igualdad; la idea de que los objetivos del movimiento feminista ya se han conseguido y que ciertas injusticias están saldadas, por lo que cualquier cosa que las mujeres reclamen o exijan es “ir demasiado lejos”, incluso “que ahora se está discriminando a los hombres”. El barómetro de febrero de la organización Fad Juventud, dedicada a promover el bienestar de adolescentes y jóvenes, con datos de jóvenes entre los 15 y los 29, fija que lo creen el 39,1% de ellas y el 52,8% de ellos.
La directora de Investigación de la organización y responsable de ese informe, Anna Sanmartín, explica que el gran porcentaje de chicas que responden que no saben o no quieren posicionarse en cuanto al feminismo también es relevante. Muestra que no lo tienen claro, y que en parte es porque se han roto consensos.

De fondo, además, hay algo generalizado: la percepción de la situación económica, política y social. La raíz de este desencanto es un sistema que no les ha resuelto sus necesidades e inquietudes: la confianza en la política ha caído a mínimos históricos desde que hay democracia, y no hay garantías de que, a cambio de estudiar y cumplir, llegarán un trabajo y un hogar propio con estabilidad.
Para el sociólogo y filósofo Lionel Delgado, la tristeza, el enfado y la confusión respecto al futuro, condimentados con un vacío de propuestas progresistas y una saturación brutal del discurso con un postulado conservador, “hace que los chicos hayan entendido que el feminismo institucional es un lobby, el enemigo”. Según el fundador de Bróders ―un foro para que hombres jóvenes compartan dudas y pidan apoyo―, el progresismo no prestó atención hasta que fue tarde, cuando Vox ya había empezado a subir en las encuestas.
En el último barómetro de 40dB para EL PAÍS y la Cadena SER de este miércoles, el partido de Santiago Abascal alcanza un 18,8% de estimación de voto, su máximo de la serie desde las elecciones de julio de 2023. Entre los varones de la generación Z, del 41%. Es el partido que domina entre los hombres, por delante del PSOE (23,9%) y el PP (16,5%). Y es el PSOE el que lidera entre mujeres, con un 23%, mejor que el PP (19,6%) y Vox (16,4%). El freno al ascenso de los ultras son ellas, en parte porque, sobre el ataque a ellas, al feminismo, la derecha ha estructurado su base ideológica, a menudo con datos y noticias falsas o sesgadas.
La maquinaria de las ‘fake news’
Ha habido un mensaje que ha primado sobre los demás, el de las denuncias falsas. El 43,4% de las mujeres y 57,6% de los varones cree que los hombres están desprotegidos contra las denuncias falsas, según el barómetro de Fad Juventud. Según la última Memoria de la Fiscalía, del pasado septiembre, en 2024 hubo 199.094 denuncias por violencia machista, de ellas, llegaron “17 asuntos” por denuncia falsa, que corresponderían al 0,009% del total. En 9 no consta incoación; 7 se encuentran ―a fecha de publicación de la memoria― en trámite; y sobre 1 hay ya sentencia condenatoria no firme, que correspondería al 0,0005%. Martina Farré, estudiante de ADE, de 20 años, comenta: “Hay muchas falsas acusaciones, pero cuando es real, creo que se quedan cortos, deberían meterles mucho más tiempo en la cárcel”.
La ultraderecha es quien mejor ha sabido recoger la inquietud y el desconcierto que ha despertado en la última década la exposición y la visibilización de la violencia machista, sobre todo la sexual. Y lo ha llevado a su terreno: Vox habla de denuncias falsas porque según su argumento, si la mayoría de denuncias son falsas, tiene base para repetir que la violencia machista no existe, y así hablar de “todas las violencias”, y del punitivismo, uno de los ejes de los partidos ultra de todo el mundo.
En este contexto, Delgado, el sociólogo, cuenta las dificultades de los jóvenes para dirimir sobre ciertas cuestiones. Pone un ejemplo: en sus talleres las chicas ya no se ven reflejadas o no ven útiles las narrativas para entender cómo relacionarse con amigos o novios, que “se resisten a ver a los chicos que tienen alrededor como potenciales violadores”, que es lo que el antifeminismo ha vendido como idea del feminismo: que todos los hombres violan.
Ellas, dice Delgado, “ven que mejoran y son bastante más accesibles o están preocupados o intentan hacer las cosas lo mejor que pueden”. Y sostiene que el distanciamiento “tiene que ver con ese discurso muy centrado en la violencia que está llegando a una especie de fin de ciclo”. Ya no da salida a su malestar.
¿El momento de una adaptación?
Ese tira y afloja interno que tienen en algunos casos los más jóvenes está relacionado también con el contexto de los partidos. Luis Miller, investigador del CSIC y autor del libro Polarizados añade que, en un momento de “gran confrontación ideológica”, para la derecha “es un argumento muy potente” que el feminismo en la izquierda esté fragmentado: “Una estrategia política siempre intenta buscar lo que divide a tu rival”.
Gonzalo Sitges, estudiante de primer año de Negocios Internacionales, opina que cuando ciertos partidos políticos cogen algo como bandera “rechazan a los que están al otro lado” y esa cuestión se asocia a una ideología: “Hay gente que se pasa: si no estás con nosotros, no apoyas la igualdad”.

Para Miller, es momento de que el feminismo adapte cómo comunica. El analista opina: “Este mensaje tan potente de una reivindicación contra agravios, porque veníamos de una situación extrema, en algún momento tiene que cambiar, porque, si no, hay grandes partes de la población que lo entienden como una exageración”. A la vez, dice, “nos está faltando reconocer los avances que el movimiento ha conseguido en la reducción de esa desigualdad”. El sociólogo admite que es un debate difícil. Es, de hecho, uno de los múltiples debates abiertos.
Dice la socióloga y exsecretaria de Estado de Igualdad Soledad Murillo que nadie está para abstracciones: “Lo que cala es un discurso emotivo para explicar que es un movimiento de emancipación”. La también profesora está convencida de que “las políticas de igualdad se han vivido como algo ajeno a lo personal” y que es momento de pasar del lenguaje de la racionalidad al de la emotividad.
“Todo tiene que ver con la subjetividad. Al no haber vivenciado el feminismo como algo que ofrece ventajas, sino como algo que restringe conductas, se ha interpretado como una invasión ilegítima. Tanto en los chicos como en las chicas”. Cuando el feminismo es, sin embargo, lo contrario: “la libertad”, para ellas, y también para ellos.
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