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sanidad pública
Tribuna

Sanar y romperse en cada guardia de 24 horas

Cuando comienzas un turno, entras en un paréntesis en tu vida. El resto del mundo continúa, pero tú quedas atrapada en otro lugar

Manifestación en Sevilla convocada por el Sindicato Médico Andaluz con motivo de la tercera jornada de huelga contra el estatuto marco aprobado por el Ministerio de Sanidad. PACO PUENTES

En un servicio de urgencias, las luces blancas del pasillo nunca se apagan y el ruido no cesa. Pierdes la noción del tiempo si no tienes cerca una ventana para saber en qué momento del día te encuentras. El reloj parece funcionar a un ritmo diferente al resto; a veces se acelera cuando necesitas unos minutos más para prolongar una reanimación y otras se enlentece cuando ya solo deseas que tu guardia llegue a su fin. Cuando comienzas una guardia de 24 horas, sabes que entras en un paréntesis en tu vida, donde el resto del mundo continúa, pero tú quedas atrapado en otro con vida propia: el del timbre que avisa de que llega un paciente grave, el de los monitores cardíacos que no cesan de sonar y cuyo sonido interiorizas tanto que sigues oyéndolo aun cuando estás en tu casa; y es también el de las decisiones que no admiten demora.

Y mientras tanto, la vida sigue.

Y en algún lugar, tu hijo pregunta por qué no estás para leer un cuento antes de dormir o para arroparle y darle esos mimos que añora. Tu pareja sopla sola las velas de un cumpleaños improvisado mientras —en mi caso— te preparas para tu guardia del día siguiente, porque has priorizado perderte su cumpleaños al evento de fin de curso de tu hijo. Una comida familiar transcurre con tu silla vacía. Y tú, con el estetoscopio colgado al cuello, intentas no pensar en ello mientras sostienes la mano o incluso la vida de un desconocido que atraviesa su peor noche, o tal vez informas a una familia de un mal pronóstico.

Y las guardias no solo suponen desgaste físico, agrietan cada pequeño momento de la vida familiar. Te pierdes el primer diente que se cae, el partido de fútbol del sábado en el que tu hijo te dedica con un gesto su gol —y que con suerte alguien grabará—, la conversación tranquila después de cenar. Te pierdes discusiones cotidianas que también son muestras de amor, abrazos espontáneos y silencios compartidos en el sofá. Te pierdes lo ordinario, que es precisamente lo extraordinario cuando falta.

El cansancio es físico, sí. Es esa sensación de arena en los ojos a las cuatro de la madrugada, cuando aún faltan horas para terminar. Es el café que ya no hace efecto. Es el dolor de espalda tras encadenar paciente tras paciente. Pero el verdadero agotamiento es emocional, y no solo por la mochila que cargas tras cada guardia por los enfermos tratados con sus historias duras; es también la culpa por no estar, la frustración por no llegar a todo, la sensación de vivir en otra línea temporal respecto a los tuyos.

Después de una guardia de 24 horas, el regreso a casa no es una escena de película, es ya una rutina más. No hay música de fondo ni nadie te espera para abrazarte, porque la vida para el resto del mundo ya empezó antes de que tú salieras del hospital. Hay ojeras, necesidad de dormir, hay un cerebro que de manera autómata repasa diagnósticos y recuerda miradas y momentos... momentos de vidas ajenas. A veces, cuando por fin cruzas la puerta, los niños están en el colegio o ya en la universidad y la casa está en silencio. Te acuestas mientras el mundo funciona al 100%. Y cuando ya despiertas y eres medio persona, el día ya casi ha terminado. Y así pasa tu vida, nuestra vida, la de los médicos.

Las guardias son horas que dividen los días en dos tipos: el antes de irte y el después de volver o, lo que es lo mismo, el antes y después de una guardia, cuando ya no queda energía para mucho más que sobrevivir, cuando tu cansancio saca tu peor versión.

La familia aprende a adaptarse. Aprende a celebrar en diferido, a enviar fotos por el móvil, a guardar anécdotas para contarlas más tarde. Los hijos aprenden a edades tempranas tu número de móvil para llamarte, porque saben que es la única manera de estar cerca de ti durante 24 horas. La familia aprende a comprender que hay profesiones que salvan vidas, pero que también pagan un precio silencioso y demasiado elevado. Y el médico aprende a convivir con una dualidad que hiere: estar presente para los pacientes y, al mismo tiempo, sentir que está ausente en su propio hogar para su propia familia.

Hay una grandeza inmensa en cuidar a otros en sus momentos más vulnerables y es algo que adoro de mi profesión. Pero también hay una fragilidad que rara vez verbalizamos: la de quien sostiene, acompaña y sana mientras se rompe por dentro un poco más cada guardia.

Porque las consecuencias de estas jornadas no se miden solo en horas trabajadas, sino en recuerdos no compartidos, en fotografías donde faltas, en historias familiares que escuchas en pasado y en la sensación de que la vida de los tuyos avanza a una velocidad que tú solo alcanzas a observar desde la distancia.

Y, aun así, después de cada guardia vuelves. Con sueño, con cansancio, con el corazón dividido. Porque así justificas que tu ausencia en casa tiene un sentido: el de ayudar a “curar”. Pero eso no consigue que duela menos.

Quizá el verdadero reto no sea empezar por reorganizar turnos o reducir horas, sino por reconocer que detrás de cada guardia interminable hay una persona con una vida, que extraña a los suyos y que también necesita estar. Porque cuidar la vida de los demás no debería implicar renunciar a vivir plenamente la propia. Porque la vocación no lo justifica todo.

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