Russian Red: “Ahora que tengo 40 puedo ver a mi madre por lo que es y pensar: ‘Esta mujer ha hecho lo que le salió del coño toda su vida”
La cantante inicia una residencia en el Café Berlín de Madrid el 21 de marzo con un cabaret entre humorístico y místico titulado ‘Rojo relativo’


Lourdes Hernández (Madrid, 39 años) sigue siendo un rostro inolvidable entre la multitud. En la cafetería en la que nos hemos citado nos espera —ojos de heroína manga, una cola de caballo alta llena de lazos juguetones, una cinta translúcida a modo de choker en el cuello— sentada junto a su marido, el californiano Zach Leigh. En solo dos semanas, la cantante que un día fue solo Russian Red presentará en el Café Berlín de Madrid y El Molino de Barcelona un cabaret titulado Rojo relativo, en el que deja salir las muchas identidades que cultivó en los años en Estados Unidos, aunque en la que se sienta más realizada hasta hoy es en la pareja: “En verdad creo que es la mejor cosa que he hecho en mi vida. Puedo decir: esto está bien hecho, bien elaborado, bien trabajado, bien comunicado, bien evolucionado. Me reconozco absolutamente en mi relación”.
Pregunta. Y reconocerse es una tarea ardua para los artistas de pop…
Respuesta. Es dificilísimo tener una identidad pública y saber quién eres, porque durante mucho tiempo, cómo tú te percibes a ti misma, depende de cómo la gente te está percibiendo. Siempre nos estamos mirando en el otro para entender quiénes somos. Es complicado.
P. ¿Por qué se reconoce precisamente ahí?
R. Mi astróloga me ha dicho que en esta vida mi viaje es la vida de pareja, nada de maternidad ni nada. La pareja es la cosa que he venido a trabajar. Y mira, yo me lo creo todo un poco y no me creo nada. Si su consejo me ayuda a contribuir un poco a la poesía de la vida, porque aquí estamos atrapados en este cuerpo, pues bienvenido sea.
P. ¿Pero eso se lo dijo antes de conocer a Zach?
R. No, no, me lo dijo precisamente cuando abordábamos esta relación. Porque claro, llevamos 12 años juntos, 10 de casados. A mí me están pasando un montón de cosas que no puedo hablar con nadie más, porque no tanta gente ha tenido relaciones de tan larga duración como para entender las dinámicas del deseo, por ejemplo, que es en lo que me vengo especializando.
P. ¿Son parte de su nuevo espectáculo?
R. Sí, totalmente. El espectáculo trata de activar esa vibración dionisiaca del caos, del fuego de la vida, de abrazar el sufrimiento como parte del excitement. Yo hago la versión femenina del arquetipo del loco del tarot y me muevo sobre un trapecismo entre lo que me sugieren las canciones, lo que me sugiere el público, lo que me está pasando a mí. Hago una alquimia como voy pudiendo y si me estrello, me levanto y hago el clown.
P. ¿Tenía clarísimo que iba a ser un cabaret?
R. Cuando tienes un proyecto musical que forma ya parte del imaginario colectivo y que la gente tiene muy identificado es difícil salir de ese molde pero creo que en Rojo Relativo he encontrado mi formato. A mí ya ni me interesan las giras, ni los Wizink, ni las listas de Spotify, ni me interesa la idea de competir en un mundo de números y de engagement. Lo que me interesa es hacer estos conciertos pequeños. Canto Jeanette, pasando por Frank Sinatra, me voy a Camela, me vuelvo algún bolero tipo Aquellos ojos verdes. Canto canciones mías revisitadas y también, el Ave María.
P. ¿Pero el de Schubert o el de Bisbal?
R. Pues cuando estuve en Los Ángeles tomé clases de ópera durante un par de años, a nivel amateur y el show tiene mucho sentido del humor, en el sentido de que cuando abrazas el caos al final todo tiene esa resonancia cómica y ridícula. Entonces dije quiero hacer un Ave María en algún momento. Uno de mis compañeros me hizo la misma pregunta que tú… y al final mezclamos a Schubert con Bisbal y después con una de Rihanna y el Whiter Shade of Pale de Procol Harum. Es un cabaret en el sentido de que pasan cosas, está muy vivo y tiene algo de descarado.
P. La nota de prensa dice que es además “místico”...
R. Porque yo, como escorpio que soy, estoy todo el rato también intentando traer lo oculto un poco a colación. Me pongo abstracta, me pongo oscura, me pongo existencial.
P. ¿Cómo reacciona la gente?
R. La gente se enciende, se emociona. Yo lo noto. Son espacios muy pequeños, no hay más de 200 personas por cada ritual, porque para mí tiene algo de ritual, y siento que realmente es en este viraje donde se va a quedar la gente con quien realmente resuene mi música y mi experiencia estética. No respondo absolutamente nada al perfil que tenía cuando era más joven y por lo que realmente me hice más famosa
P. ¿Conecta más con este público que con el de la primera etapa?
R. Conecto más conmigo ahora que antes, entonces en ese sentido claro que conecto más con el público porque al estar yo más conectada conmigo misma se hace totalmente inevitable que traiga al público hacia mí. Les pido que me griten y recojo lo que me dicen y se crea una conversación. No es algo rígido. Se trata de que me dé miedo, de sorprenderme a mí misma y por ende que sea una sorpresa colectiva real.
P. Me decía que no le preocupan las cifras
R. Hombre, me encantaría que este show fuera sostenible. Yo siempre he tenido alguien que me producía, que sacaba los discos, que me llevaba la prensa y ahora mismo estoy yo de CEO de mi proyecto y de mi vida.
P. ¿Qué cree que le ha armado a usted psicológicamente para no estar siempre preocupada por estar ganando dinero?
R. Yo tuve muchos trabajos en Madrid cuando estaba en la universidad, porque mi familia no me daba un duro y era de clase media normal. Pero fui sumamente afortunada porque me puse a cantar y sonó la flauta. En Los Ángeles he tenido trabajos, me he asociado con mi marido, le he ayudado con cosas y ahora he retomado mi carrera para poder seguir ganando dinero. Porque yo siempre he querido tener independencia económica y creativa, y cuando me casé mi madre me decía: “¿Pero por qué te preocupa tanto?” Y yo pensaba ‘¿Pero cómo no me va a preocupar?’ Yo quiero saber que yo me mantengo a mí misma.

P. ¿Quizá lo veía desde una perspectiva tradicional ella?
R. ¡Qué va! Si ella ha sido avanzadísima. Ahora que tengo 40 la puedo ver por lo que es. Cuando era joven había otras situaciones pero ahora me digo esta mujer ha hecho lo que le ha salido del coño toda la vida. La invoco muchísimo en el show.
P. ¿Su madre se enfada cuando habla sobre ella?
R. Mi madre está encantada de que se hable de ella, bien o mal. Está encantada de poder existir más allá de sus cuatro paredes ahora mismo, porque tiene muchísimos achaques y casi no se puede mover porque ha sido muy fiestera. Ella fue una outsider total. Yo a veces la comparo con una diva de Hollywood.
P. ¿El MeToo le ha hecho repensar el entorno en el que se movía cuando empezó?
R. Cuando volví a España después de todos esos años pensé: ‘Qué diferencia’, fue una bocanada de aire fresco. Me encontré con gente más joven que yo, muchísimo más fluida en general y con muchísimas más mujeres que antes, no solo del lado artístico, sino en el de administración, producción, todo eso. Cuando yo empecé era una niña de 22 años rodeada de machirulos indies, que es casi peor porque parece que vienen por un lado y vienen por otro, pero debo decir que yo siempre he tenido mucho temperamento y he sabido proteger mis límites, que es algo que le debo a la relación con mi madre.
P. Y ahora que tiene 40, ¿se da cuenta de que esa niña que ellos veían era como un fetiche?
R. No estoy especialmente traumatizada por la visión que los hombres hayan tenido de mí, no es algo a lo que le haya prestado mucha atención. Sí he estado muy traumatizada porque durante muchos años me he subido al escenario y no lo he disfrutado. Por eso digo que me dan igual los números. Porque me hace feliz haber encontrado un lugar donde puedo ser feliz sobre el escenario.
P. Pero usted subía a ese escenario, ¿y qué pasaba?
R. Yo creo que por autoexigencia pensaba que tenía que estar en una especie de trance ahí arriba, pero no lo alcanzaba y no lo entendía. Me bajaba llorando muchas veces, frustrada porque no entendía mi rol ni que estaba haciendo. Los primeros años en Los Ángeles me dediqué a ir a escuelas de improvisación, a hacer cursos de clown, de danza contemporánea, de ópera. Y me pegaba unos viajes… porque, claro, yo que no tenía ni puta idea de qué estaba haciendo. Muchas veces me rompía delante de esa gente pero trataba de seguir. Ahora cuando me siento incómoda es una oportunidad para investigar qué está pasando, para hacer el ridículo y que del ridículo brote algo maravilloso.
P. ¿Cuando está en España qué echa de menos de Estados Unidos?
R. La cultura del todo es posible, es algo que está en el aire. Mi chico que es de ahí y ha vivido aquí dos años aquí dice que España está genial para cuando ya te quieres retirar y estar tranquilo, pero se va a volver a Los Ángeles. Yo entiendo lo que dice pero es que a mí en realidad lo que me gusta es bajar al parque con mi perra, comprarme las pechugas de pollo, tomarme una caña en Malasaña, liarme, acabar en el club y encontrarme a todo Madrid.
P. ¿Y gracias a quién de los dos se sostiene la relación?
R. Yo creo que se sostiene gracias a él, porque aguantar a alguien tan neurótico como yo no es fácil. Una vez tuvimos una discusión en el coche, yo estaba sentada en el asiento del copiloto, subí las piernas al salpicadero y empecé a patear el cristal tan fuerte que lo rompí. Pensé: de esto no se puede volver. Fue a las once la mañana y a las siete de la tarde ya nos estábamos riendo. Cuando alguien te demuestra que sabe volver de situaciones así con esa maestría, que a pesar de todo puede ver tu yo verdadero, pues te entregas con todo el amor.
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