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CÓMO ME VOY A RELAJAR
Opinión

Sí a los noes

“Pienso cómo nos vestiríamos y maquillaríamos si nos arrebataran la conexión wifi”

Anabel VázquezPlató S Moda

A Christine Nagel, directora creativa de creación olfativa de Hermès, le daban miedo los caballos. Qué paradoja, siendo este el primer cliente de la casa. Sin embargo, un día conoció a Ryan y se convirtió en su amigo, tanto que decidió dedicar una fragancia a él y a su mundo. Comenzó a trabajar para embotellar el ambiente de un paddock, con sus notas botánicas y de ámbar amaderado, tan difícil de descomponer con precisión. Ese aroma debía oler a caballo, a paja, heno, cebada, avena, correas y monturas nutridas con ungüentos. Y cómo no, a estiércol. Mientras elaboraba el perfume le dio un nombre en clave, Crottin Délicieux, que se traduce como Estiércol Delicioso, porque Nagel piensa que no hay nada malo en ese olor. En Hermès le permitieron este disparate olfativo, porque confiaban en su talento. Eso sí, cuando estuvo listo le cambiaron el nombre: lo llamaron Paddock. Se vende solo unos días al año: los que dura el Saut Hermès, una competición hípica que se celebra cada marzo en el Grand Palais de París. Asistí una vez y lo recuerdo cada semana.

Solo Hermès, una marca que no tiene departamento de marketing, se puede permitir acciones así de salvajes. La libertad es para quien no tiene nada o para quien tiene mucho. La mayoría vivimos y trabajamos en la medianía, así que libres, lo que se dice libres, no somos. Lo único que podemos decir es, de vez en cuando, “no”. Esa es nuestra soberanía. Nos cuesta pronunciar esa palabra, con lo corta y lo fácil que es: n.o. Y las vidas y las marcas se construyen con los noes, con lo que dejamos ir. Estuve en Florencia hace unos días y decidí que, en vez de visitar el Palazzo Pitti iba a envolverme en sal como una lubina en el spa del hotel. Estaba débil y frágil por la vida adulta y por las secuelas de un resfriado eterno. Hice caso a mi cuerpo, porque si tengo un dueño es él. También decidí saltarme la visita al Duomo para ir a probar perfumes a Campomarzio 70, Olfattorio, a Invicta Firenze y a comprar emplastos a las farmacias históricas de la ciudad. Brunelleschi sabrá perdonarme. Ese viaje fue magnífico porque estuvo lleno de “noes”.

Qué difícil es ser una misma día tras día. Ahora todas queremos vestir como Carolyn Bessette sin pensar que, para ello, hay que vivir en el Nueva York de los noventa, trabajar en Calvin Klein, besar a un Kennedy y tener una melena rubia cara. “No tienes estilo propio, solo tienes wifi”, leí en And another thing, la newsletter de Shenea Walker. Me pregunto cómo nos vestiríamos, maquillaríamos y peinaríamos si nos arrebataran la conexión a internet. Estamos en plena temporada de premios y me gusta repasar las entregas del pasado, cuando todas las estrellas eran diferentes. En 2026 todo el mundo es guapo, por tanto, nadie lo es: la belleza generalizada anestesia. Veo a Demi Moore a sus 63 años, más joven que cuando tenía las manos manchadas de barro en Ghost, y lo primero que pienso es: cuánto sacrificio, qué pocos noes. Es y no es así: ella también está siendo libre y soberana. La libertad es trabajosa. Los cosméticos necesitan ser explicados: ¿cuándo hay que aplicar el contorno de ojos?, ¿el sérum funciona mejor de noche o de día? Un cosmético sin manual de instrucciones es un fracaso. Otro tema es que, conociendo las reglas, las desobedezcamos, pero guíanos, oh, industria cosmética, llévanos de la mano, que bastante desvalidos andamos ya por este mundo. La libertad creativa también me abruma. Si alguien me dice: “Escribe sobre lo que quieras” me echo a llorar. A mí denme tema, caracteres y fecha. Entonces me subo las mangas, doy un sorbo al café, abro el Word e intento teclear algo digno.

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