Tomás Alía: “La marca España no está en los bancos, sino en las mujeres y hombres que piensan con las manos. Esos son los guardianes de la identidad nacional”
El arquitecto de interiores es el continuador de la labor de su madre, Pepita Alía, quien concienció a los españoles de que la artesanía merece la más alta consideración artística. Desde el Círculo Fortuny lucha para que los tesoros vivientes tengan herederos


Se crio rodeado de bordadoras, a las faldas de una mujer hiperactiva. No es solo uno de los interioristas más prestigiosos de España, Premio Nacional de Arquitectura de Interiores. Tomás Alía (Largartera, 62 años) también es uno de los grandes defensores del valor incalculable de la artesanía española, labor que inició hace décadas su madre, la recientemente fallecida Pepita Alía, y por la que él ha sido Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. “Nuestra casa era un espacio donde ocurrían muchas cosas. La gente que entendía la alta artesanía la veía en las manos de una mujer joven, muy guapa, que tenía un don de gentes que te querías morir, hablaba con los ojos y sonreía continuamente. Después empezamos a confundir todo lo que era el producto del merchandising con artesanía. Una cosa terrible. Ella peleaba”. Y él continúa haciéndolo en el Círculo Fortuny.
Pregunta. De todos sus hermanos usted es el único que nació en Lagartera… ¿Cree que por eso lleva el peso de proteger el legado?
Respuesta. Tengo esa obligación. Siempre pienso que fuimos una especie de familia nómada. Recuerdo que, antes de mandarme al internado, dormíamos arriba con la chica, metíamos la cabeza por la reja cuando ella salía de su cuarto y veíamos a mi madre toda la mañana de aquí para allí. Por un lado, ella tenía sus clientes de Madrid, pero luego siempre estaba con alguna exposición por el mundo o la feria internacional de la Casa de Campo, que ahora desprende tufillo franquista pero que era más importante de lo que parecía porque se vinculaba a los artesanos con la arquitectura, el diseño. Entonces fue cuando le dieron valija diplomática en Naciones Unidas.
P. ¿Y cómo consiguió esa notoriedad?
R. A mi madre en los años sesenta el Gobierno español le encarga una gran mantelería que era un regalo de Estado para la Casa Real Holandesa y ella aterriza en mayo del 60 en el Palacio Real de La Haya y entra con el embajador, el duque de Baena. ¡La guardia real se formó ante una artesana! Claro, ella se quedó asustada pero pronto entendió que aquel regalo era la esencia de la artesanía española. Un trabajo exquisito.
P. ¿Y dónde estaba su padre?
R. Mi padre era un hombre que se dedicaba al campo y a la agricultura. Era un admirador ferviente de ella, pero no la seguía, literalmente, porque no podía seguirle el ritmo.
P. ¿Por qué se enfadan en Lagartera si les llaman manchegos?
R. Pues porque no tiene nada que ver. Las casas son mucho más ricas, aunque la arquitectura es vernacular y muy sobria. Y luego la indumentaria, en la que se percibe que esto es una isla que se originó con una diáspora sefardí que viene huyendo en el siglo XIV desde Toledo y se instaló aquí. Si tú entras en casas como la de mi madre tienen una ornamentación muy urbana y muy señorial. La forma de cantar, la de comer… Nosotros no comemos como ellos. Nosotros no comemos gachas y todas esas cosas, aunque nuestra gastronomía es muy sencilla también, pero porque a las mujeres les horrorizaba perder el tiempo en la cocina.
P. ¿Perder el tiempo?
R. Porque para ellas ese era un tiempo que dedicaban a bordar. Tú piensa que estas mujeres son las guardianas de una identidad que se remonta a 1300. Ellas lo que hacen es defender una teoría estética que va vinculándose a su credo. Ellas no lo argumentan así, pero si tú analizas la indumentaria se ve. El último caso inquisitorial se produjo en Lagartera y en él esta gente se definía como una nación. Y estas mujeres eran las herederas de esa nación.

P. O sea, que para ellas sus bordados son casi un manifiesto nacional.
R. Sí, pero lo nacional entendido como acervo. Es curioso: allí vistieron con el traje típico, de día y de noche, hasta 1936.
P. ¿También en el día a día?
R. Una de mis abuelas, por ejemplo, sí. La otra no, fíjate qué gracia, ella iba de señorita. Y había una cosa muy curiosa. Cuando con la conquista de América trajimos la cochinilla, las medias profusamente bordadas se teñían de rojo. Entonces cuando vestían de luto se ponían enteras de negro, que fue lo que retrataron Ortiz Echagüe o Sorolla, pero aunque fueran de luto, la media la seguían llevando roja.
P. ¿Cómo era su relación con su madre? Debía de ser especial…
R. Especial, no. Maravillosa. Era pasión el uno por el otro. Mi madre y yo era una cosa… Nos lo pasábamos muy bien y además éramos amigos. Soy y siempre seré ferviente admirador de ella. Y luego es que yo apoyaba la causa. Ella luchó mucho porque había una situación política rival de asentar la teoría estética. Luego, cuando la nombraron académica de la Real Academia [de San Fernando], dejó muy atrás estas cosas.
P. Si es obvio que nadie puede robar La rendición de Breda, ¿por qué de repente puede venir LVMH y apropiarse de los encajes de Camariñas y aquí no pasa nada?
R. Hay grandes países que tienen aterrizada su marca y la han entendido a través de grandes fundaciones. La marca España no está en los bancos, sino en las mujeres y hombres que piensan con las manos. Esos son los guardianes de la identidad nacional.
P. ¿Por qué está claro que el patrimonio artístico académico es una cuestión de Estado y la artesanía no?
R. Pues esto tiene una explicación muy clara. Aquí falta una gran fundación, una Fundación Velázquez. Y sobre todo hace falta la labor que se está haciendo por ejemplo ahora en el Círculo Fortuny, identificando dónde están los tesoros vivientes, la maestría artesana, quiénes son los talentos jóvenes. Y si aquí viene Dior para inspirarse para su colección crucero en Sevilla y contacta con talabarteros, cordobaneros, maestros sombrereros, bordadores de mantones, pues hay alguien que les guíe. Cuando vino Maria Grazia Chiuri, que yo la tuve un día en casa cenando con Pierpaolo Piccioli, le puse la cabeza como un bombo con nuestra artesanía. Ella me hablaba de Italia y yo le dije: “No tenéis ni idea de lo que es España”.
P. ¿Y cómo se consigue esa fundación?
R. Hay que elevar el discurso del arte. Hacer como se hizo con la gastronomía, que hoy nuestros chefs son lo más del mundo mundial gracias a que elevaron la formación a grado universitario y además con referentes como el Basque Culinary Center. Hay que vincular las facultades de Bellas Artes con la artesanía para crear lenguajes contemporáneos.
P. ¿Se encuentra con obstáculos para ello?
R. Es complejo porque la artesanía en España está hoy en el Ministerio de Industria. La artesanía española es cultura y debería estar en el Ministerio de Cultura.

P. ¿Pero qué diferencia práctica habría?
R. Pues mira, una diferencia práctica: el IVA, que tienen los pobres artesanos, ¿por qué no lo liberamos como en el cine? Las famosas patentes, la protección del entorno rural, la sostenibilidad. ¿Hay algo más sostenible que la artesanía en el mundo? No. Si queremos crear la New European Bauhaus, que es lo que promueven desde Europa, hay que empezar ayudando a los artesanos. Walter Gropius, que es el fundador de la Bauhaus, decía: “Queremos una sociedad de artesanos sin distinción de clases”. ¿Qué estamos haciendo en España?
P. ¿Y cómo hacemos para que en ese camino la artesanía no se vuelva inaccesible? Porque, al final, es algo que en el sur de Europa sigue siendo asequible…
R. Cuando te hablaba de prestigiar y de formar a la gente, me refería a eso. Cuando tú sabes que una artesana ha estado 150 horas haciendo un cesto, ¿cuánto vas a pagar? ¿20 euros? Es que la experiencia de un maestro es la escuela más cara, como decía Napoleón. Y eso son horas. Un artesano, para levantar una pella de barro, necesita tres años. ¿Cuánto valen los tres años de aprendizaje? ¿Cuántos años tiene que llevar a la espalda un maestro para formar a un aprendiz?
P. ¿Qué pasa con los intermediarios? Su madre no necesitó a Arnault para servir a todas las casas reales de Europa…
R. Ella tendió puentes sin intermediarios porque era muy emprendedora. Y ojo, también tuvo una ventaja. Ella formó a aprendices muy jovencitas, que con 16 años ya estaban bordando. Pero claro, era otro momento, que la gente todavía se sentaba a labrar. Hoy por hoy, a una chica joven de 16 años le dices: estate seis horas en una silla sentada bordando, y amor, le da un ataque. Y además hay que crear una estructura. El guardián de la cerámica Fajalauza, Cecilio Morales, cuando le dimos el título de tesoro viviente, me decía cuando le visitaba: “Mira, Tomás, yo soy soltero, no tengo un duro, ¿cómo transmito todo esto?”. Y al final se murió. Ahora están intentando recuperar su trabajo, pero él ya no está. Cuando hay relevo generacional estamos salvados.
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