Bella Freud: “Lo malo del psicoanálisis es que intelectualizarlo todo puede ser muy cansado y no todo se puede resolver pensando”
Su apellido es lo que parece: el Freud original era su bisabuelo y ella, en el mundo de la moda desde los ochenta, ha alcanzado notoriedad mundial gracias al éxito de ‘Fashion neurosis’, un podcast en el que hace terapia a sus ilustrísimos invitados


La primera vez que la diseñadora, empresaria y ahora comunicadora Bella Freud (Londres, 65 años) se dio cuenta de que la ropa era mucho más importante de lo que parece tenía diez años. Acababa de regresar de Marruecos, donde había vivido con unos desconocidos -gracias a los que aprendió a hablar árabe- durante meses mientras su madre recorría el país sola. “Nos mudábamos sin parar y nos instalamos en Sussex. Recuerdo mirarme en un espejo y verme con una especie de blusa con cuello grande y pensar: ‘No me gusta mi reflejo. Algo aquí no está bien”, explica Bella Freud, cómodamente sentada en un sillón de cuero de un estudio al noroeste de Londres, asomado al cementerio decimonónico más grande de la ciudad. La madre de Bella Freud, la irlandesa Bernardine Coverley, conoció al legendario pintor Lucian Freud —íntimo de Francis Bacon y miembro del clan de psicoanalistas más célebre de todos los tiempos— en un bar del Soho cuando solo tenía 18 años. Él ya era un hombre de 40. Nunca se casaron y su relación romántica no duró mucho, pero ella insistió en que sus dos hijas no rompieran nunca con él, quien llegó a reconocer a otros doce descendientes. Poetisa, viajera impenitente, espíritu libre, murió en 2011, solo cuatro días después que el pintor, al que visitó en su lecho de muerte. De ella es la bufanda con la que nuestra protagonista aparece en esta sesión de fotos en la que el decorado hace alusión al subconsciente que ahora ella explora en su podcast ‘Fashion Neurosis’. Este programa propio le ha dado notoriedad mundial y a él han acudido desde Rosalía (“es impresionante lo inteligente que es, dirá”) a Karl Ove Knausgård pasando por Courtney Love. Las conversaciones empiezan girando en torno a la moda pero acaban siendo un salvoconducto hacia otros muchos temas. “Yo pasé toda mi infancia intentando sortear las reglas que mi madre y mi padrastro nos ponían en cuanto al atuendo”, explica con una actitud tranquila pero retadora a través de las pausas infinitas (tan difíciles de reproducir en el lenguaje escrito) que hace evidente que ha heredado el genio de su padre y la excentricidad de su madre.
Pregunta. Cuándo fue la primera vez que se impuso y dijo: “No. Yo esto no me lo pongo”
Respuesta. A los doce años. Había dos o tres niñas que iban maravillosas al colegio, con zapatitos tipo Mary Jane y me daba una rabia... Incluso había cosas del propio uniforme del colegio que mi madre y mi padrastro desaprobaban. No podíamos ponernos negro, no podíamos ponernos pantalones. Todo eran reglas para que no destacases pero nadie parecía capaz de darte una explicación satisfactoria para todas esas normas.
P. ¿Cómo oponía resistencia?
R. Vivía intentando encontrar formas de sortear esos obstáculos. Ponerme o no ciertas cosas llegó a simbolizar mucho. Ahora madre e hijas, todas se animan unas a otras a llevar ropa genial y a todo el mundo le interesa. Nosotras no teníamos absolutamente nada de eso. Aquello no era solo moda: eran todas las libertades.
P. ¿Cómo pasó de vivir en el campo a ser asistente de Vivienne Westwood?
R. Me fui de casa a los dieciséis y me mudé a Londres a terminar mis estudios. Ahí empecé a vivir con una de mis hermanastras, Rose [Boyt, quien posó desnuda por primera vez para su padre con 18 años]. En el college conocí a gente de la escena punk y empecé a frecuentar con ellos el Vortex de Wardour Street. No recuerdo el momento exacto en el que conocí a Vivienne, pero sí me visualizo pidiéndole trabajo de fin de semana en un club en Camden. Me acababa de hacer un corte de pelo radical. Me miró y me dijo: “Buen peinado”. Y así fue.
P. ¿Ella no sabía quién era usted?
R. Bueno, sí. Pero es que en realidad no era nadie. Una niña que nada podía aportarle.
P. ¿Y cómo eran las relaciones humanas en aquel círculo?
R. Todo el rollo era muy displicente y rompedor. Pero claro, todos éramos muy jóvenes y todavía no sabíamos cómo compartir nuestros sentimientos. El rollo en general era: “Que te jodan. No me importa”. Pero obviamente, fue pasando la vida, y cuando miras atrás lo ves: “Dios mío. Claro que nos importaba”. No era fácil construir cercanía. De aquella época aprendí que la ropa puede funcionar de maneras inesperadas. Antes, la gente con poder vestía como los ricos, y los punk no vestían como los ricos, pero ejercían una forma de poder. No bastaba con formar parte de la tribu, tenías que ser original. No podías copiar. Tenías que presentarte como alguien con tu propio criterio e identidad. Aquello me enseñó mucho para mi negocio luego.
P. Cuando usted empezó, en los años ochenta, la moda rápida ni siquiera existía. ¿Cree que ha sido buena en algún aspecto para la sociedad?
R. Supongo que el problema de la moda rápida es cómo se trata a la gente que la confecciona. Y hay muchos factores: los salarios bajos, las condiciones insalubres, el tratamiento indigno al personal. Pero también es cierto que ahora la gente lleva más ropa de diseñadores o con un gran diseño. En los ochenta se copiaba a los grandes, pero se hacía fatal. El gran problema en realidad es el medio ambiente, los productos químicos, además de que no genera creatividad. Luego te encuentras con que la misma gente que es muy crítica con la moda rápida es la que critica a la alta moda por ser carísima, pero nadie se molesta en explicar que las cosas son caras porque se paga bien a los empleados, la calidad de los tejidos es buena. Es un equilibrio delicado y tampoco los políticos están dispuestos a afrontar el coste que supone hacer de la moda algo menos contaminante. No creo que ocurra nunca, si soy sincera.

Cuando sales con Kate Moss llegas a casa y te preguntas: “Madre mía, ¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha pasado?" Es bastante alucinante
P. En España estos días están hablando de cambiar la legislación para obligar a las firmas de ropa a usar menos tráfico para reducir los residuos.
R. Bueno, sí. Hay unos países que lo hacen mejor que otros…
P. ¿Y entra en Zara alguna vez para ver qué están haciendo?
R. Si alguien hace una gran colección tienes que ir y echarle un vistazo. Porque además si alguien lo hace bien eso le puede incentivar para llevar a cabo cambios que mejoren las circunstancias generales. O es lo que al menos esperas. Zara es una de las manifestaciones de moda rápida más modernas e inteligentes que hay. Tienen muy buenas ideas.
P. Es obvio que la buena artesanía se paga, ¿pero no se le ha ido la mano al lujo con el precio de sus artículos?
R. En la pandemia el precio de todos los pequeños componentes que forman parte de la cadena de suministro se dispararon y luego los costes de transporte también. Más tarde llegó el Bréxit con todos sus impuestos por importación y ahora Trump y los aranceles. Todo eso tiene consecuencias. Pero luego se dice que la de la alta moda es una industria avariciosa, llena de gente soberbia. A veces lo es, pero también es verdad que a alguien hay que echarle la culpa….

La firma de Bella Freud, fundada en los años noventa cuando ella regresó de estudiar confección en Roma, consiguió una gran notoriedad gracias a un jersey rojo con un 1970 tejido en el frente que aún hoy es uno de sus diseños más icónicos. Sin embargo, su especialidad a día de hoy es una sastrería reflejo de su propia personalidad: “A mí me gusta ponerme ropa que me permita de alguna manera esconderme. Eso me da tranquilidad, lo que lleva a más agilidad mental y capacidad para expresarme”.
Pregunta. Nunca ha negado que el podcast es una estrategia publicitaria para su marca...
Respuesta. Me interesa mucho la idea del caballo de Troya. Meterme en el subconsciente de la gente. Esto me ha hecho llegar a gente que jamás hubiese alcanzado de otra manera. Y funciona, porque las ventas han mejorado.
P. ¿Si mañana viniera el grupo LVMH y le hiciese una oferta para comprarla qué diría?
R. Lo que antes parecía un sueño ya no es lo necesariamente, porque esas grandes empresas cuando compran firmas pequeñas aplican estrategias de crecimiento que no siempre se adaptan al espíritu original y tampoco están comprometidas a largo plazo como cuando los diseñadores estaban toda su vida en un proyecto. Pienso en Gianfranco Ferré, que estuvo años y años en Dior. Así que no sé, quizá les diría: “No, gracias. Vosotros a lo vuestro y yo a lo mío”.
P. Pero no hay ningún día, en el medio de la noche, que se despierte y piense: ¿dios mío por favor que alguien me quite este peso de encima?
R. La mayor parte de mi carrera he pensado eso, pero en los últimos tres años he contratado a una directora financiera que me ha ayudado muchísimo y todo es más fluido. La gestión de crisis te quita todo el tiempo para la creatividad y es maravilloso no estar siempre al borde del ataque de nervios.

No es casualidad que exista el cliché de la “niña de papá”. Cuando ese tipo de relación funciona, como fue mi caso, es maravilloso
Freud va por libre y lo demuestra el hecho de que ningún relaciones públicas puede impedirle que al finalizar la sesión de fotos nos invite a tomar un té a su casa. Este bajo destartalado con aires de casa okupa, paredes de cristal y un lucernario en el que hemos acabado de improviso, es, además de su residencia, el lugar donde graba. Las paredes están llenas de piezas de arte contemporáneo. Es coleccionista de fotografía y nos muestra la primera que compró: una Polaroid de Debbie Harry (a quien también invitó a su programa) tomada por Andy Warhol. “Admiro muchísimo a Debbie. No importa la edad que tenga, piensa siempre como una jovencita”, explica con familiaridad mientras se sienta en su sofá de terciopelo verde. Una foto junto a su padre en el estudio de él con una de sus pinturas detrás es la joya de la corona. La tomó Bruce Bernard, uno de los pioneros en la edición de libros especializados en fotografía y retratista oficial de la bohemia artística del Soho. “Tiene una exposición ahora en la National Portrait Gallery. ¡Ve a verla!”, dice como si al mencionar a su progenitor no estuviese hablando de uno de los artistas más importantes del siglo XX. Uno de los factores que ha contribuido al éxito de su podcast, además del extraordinario nivel de los personajes a los que tumba en su diván, es la cadencia de su voz, una especie de ASMR natural que mece al oyente. “Los momentos de silencio están llenos de promesa”, explica Freud en la cocina de su casa, donde un póster de un concierto en favor de la causa palestina organizado por su propia ONG ya en el año 2003, con The Libertines, Patti Smith y Thurston Moore como cabezas de cartel, preside el espacio.
Pregunta. ¿Se ha vuelto comercialmente más arriesgado estar involucrada en la causa palestina?
Respuesta. Desde luego que te posiciona como “eso”. La cantidad de agresividad que se recibe por decir cosas normales, como que todo el mundo debería ser tratado con justicia, ha cambiado hasta extremos irreconocibles. Nunca pensé que fuese posible la normalización de tal crueldad extrema.
P. De la misma manera que hay discursos de odio sin precedentes, también se habla de los privilegios de clase más que nunca. Cree que en la moda es cada vez más difícil acceder si no se procede de un entorno privilegiado?
R. No creo que eso sea así en moda necesariamente. La moda es extrañamente igualitaria porque hay gente privilegiada sin talento que no funciona. O piensa en Alexander McQueen que era de clase trabajadora . Obviamente resulta más difícil si eres de un entorno humilde pero hay un extraño equilibrio en la moda. Si tienes talento, la gente te mirará de una forma especial, que es algo que ocurre también en el mundo literario.
P. Su familia, y en consecuencia usted, acabaron viviendo en este país porque huían de los nazis. ¿Se hablaba de eso en su casa?
R. En los años sesenta la gente aún hablaba de la Segunda Guerra Mundial y la familia de mi padre eran refugiados, mi padre nació en Alemania. Yo soy la primera generación de ingleses. Para mí, la idea de que algo como lo que les pasó a ellos pudiese repetirse era inconcebible. Y sin embargo, aquí estamos.
P. ¿Cómo consiguió tener tan buena relación con su padre?
R. Mi madre siempre quiso que tuviésemos relación con él y cuando me mudé a Londres empecé a verle mucho y a posar para él. Siempre estaba disponible si me llamaba. Si quería dar una vuelta cuando acababa de trabajar, siempre le decía que sí. Recuerdo que vino hasta alguna sentada de insumisos y le encantó. Teníamos una relación maravillosa.
P. ¿Cree que quizá los padres juzgan menos a sus hijas que las madres?
R. Me haces pensar en un poema de Gil Scott-Heron en el que habla de la responsabilidad que siente un hombre al notar la mano de una niña en su mano. Creo que quizá eso abre una disposición mental en el padre, mientras que entre la madre y la hija hay más competitividad, o quizá las dificultades que ha tenido que superar la madre se las transfiere a la hija. No es casualidad que exista el cliché de la “niña de papá”. Cuando ese tipo de relación funciona, como fue mi caso, es maravilloso.

P. Tiene un hijo, ¿qué tipo de madre es? ¿es usted una de esas madres araña de Louis Bourgeois?
R. Intento no ser posesiva, pero mi teléfono está siempre encendido por las noches en caso de que me necesite [él vive en otro huso horario, en Estados Unidos]. Me gusta que sepa que estoy ahí. Es un privilegio tan grande ser su madre... Cambio totalmente mi percepción de la responsabilidad y el altruismo. No tenía ni idea de todo lo que recibiría de mi hijo. Todo el mundo dice que te vas a enamorar como nunca lo habías hecho pero nadie te dice todo el amor que vas a recibir. Así que ha sido enorme para mí este niñito. Me ha dado tanta alegría y seguridad en mí misma. De todas maneras... ¡no hay nada más aburrido que escuchar a una madre hablar de sus hijos! [risas]
P. Pero es cierto que usted habla siempre muy bien de la experiencia de la maternidad. Hay mujeres para las que ha sido muy traumática...
R. He intentado que pasáramos mucho tiempo juntos porque en mi propia crianza hubo un cierto grado de abandono y siempre he pensado que no quería repetir eso. A pesar de lo mucho que trabajaba, lo llevó mucho conmigo, pero no de manera ‘hippie’. Tenía una niñera. Estuve un mes sin ayuda y pensé que me volvía loca. Así que a veces, si estaba haciendo consultoría, viajábamos todos. De todas maneras, nunca dejas de sentirte culpable si eres madre.
P. ¿Hace usted misma terapia?
R. Siempre la he hecho y ahora estoy probando con algo llamado terapia somática. Lo malo del psicoanálisis es que intelectualizarlo todo a veces puede ser muy cansado y no todo se puede resolver pensado. A veces simplemente hay que sentir qué te dice el cuerpo.
P. ¿Y cómo se ha entrenado para entrevistar? ¿Ha leído a autores?
R. A mí siempre me ha gustado muchísimo conversar. Mi idea de una fiesta perfecta es sentarme en una esquina a charlas durante horas con alguien con quien haya conectado. Cuando empecé intentaba llenar mucho más los espacios, ahora me encanta el silencio. Cuanto más lo hago más cuenta me doy de su poder. Si esperas a veces el entrevistado tiene más que decir. Cada vez tengo más confianza en dejar que las cosas salgan como tengan que salir.
P. Anna Freud, su tía abuela, estudió los mecanismos de defensa. ¿Le ha ayudado eso con sus entrevistados?
R. No he leído su obra. La verdad es que de ella solo sé que consiguió cambiar la ley para que las madres pudiesen quedarse con sus hijos hospitalizados. Antes de eso solo podían visitarlos. En cualquier caso que alguien se ponga a la defensiva no es necesariamente malo: puede ser solo una expresión de nervios. Si un invitado quiere parar me parece perfecto. De momento nadie se ha sentido violento hasta el momento, pero nunca sabes…

P. ¿Quién diría que le ha hecho la confesión más impactante?
R. Quizá la de mi amiga Susie Cave [explicó que estuvo meses sin poder salir de la cama cuando su hijo se suicidó]. Tenemos una conexión muy especial, el niño era mi ahijado y hemos atravesado eso juntas, con Nick [Cave] también. Cuando la gente hace confesiones íntimas muchas veces no reconocen que nunca las habían hecho. Es delicado y me siento obligada también a protegerles.
P. Cuando invitó al diván a su gran amiga Kate Moss, explicó que existe un término que es ser mosseado [que Kate Moss tome el control de tu vida] ¿Ha sido mosseada?
R. Sí, dios mío. Muchas veces. Hubo una vez en concreto, yo estaba aún casada, y llamó a la puerta sobre las tres de la tarde. Estábamos esperando una compra de Waitrose y cuando llegó se puso a abrir las bolsas, colocar las cosas. Después nos vació el lavavajillas y quería llenarlo de nuevo. “Mosseó” toda la casa. De pronto, era la una de la madrugada y aquí seguíamos.
P. ¿Y aún es así?
R. Tiene temporadas. Cuando está a tope, no hay nada que escape a su ojo. Tiene tanto criterio. Lo ve todo. Nota todo lo que tenga que ver con la ropa: lo que es bueno, lo que no, cómo hacerlo bueno, por qué. Lo más divertido es ir a su casa mientras se está vistiendo: y qué te parece este zapato, ah, no mejor este, esto es más como esto. Es un personajazo, un caleidoscopio de perspectivas. Y es tan divertido estar con ella, te envuelve. Llegas a casa y te preguntas: “Madre mía, ¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha pasado? Es bastante alucinante".

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