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¡Wow! Así es como el superpoder del asombro actualiza nuestra visión del mundo “y nos libera de la visión egocéntrica”

Esta emoción reduce el estrés, aumenta el comportamiento prosocial y mejora la comprensión del mundo. Los expertos la asocian a la infancia, pero se puede mantener y recuperar siendo adulto

Dos personas admiran las estrellas en el campo.Carlos Fernandez (Getty Images)

Hay gente que no ve el mar hasta que tiene la edad justa para recordarlo toda la vida. ¿Qué debe sentir una persona al descubrir un azul tan infinito? Igual es algo similar a ver el cielo por primera vez. Hay gente que vive lejos del mar, pero nadie vive lejos del cielo, así que lo damos un poco por descontado. Somos como los peces del cuento de David Foster Wallace que se preguntaban el uno al otro qué demonios es el agua. Y así, hemos normalizado algo tan alucinante como la cúpula celestial, el trozo de universo que atisbamos desde nuestro rinconcito galáctico, por el simple hecho de verlo todas las noches.

La costumbre hace que normalicemos cosas extraordinarias. Asumimos como cotidiano lo que un día nos pareció maravilloso. Se nos acaba el asombro. Es algo de lo que se dan cuenta muchos padres al tener que explicar a sus hijos el mundo por primera vez, porque para ellos todo es nuevo y la vida aún no les ha empezado a gastar. Contar a un niño por qué cae agua del cielo, la lluvia convertida en un cuento. Explicarle que un arcoíris no es del todo real, por qué los horizontes no se pueden alcanzar y que algunas brillantes estrellas ya están, en realidad, muertas. Volver a descubrir el mundo, una segunda vez, a través de sus ojos.

Lo explicó Rachel Carson (1907-1964), madre del ecologismo moderno, en su libro La primavera silenciosa. “Para mantener vivo en un niño su innato sentido del asombro, se necesita la compañía de al menos un adulto con quien poder compartirlo, redescubriendo con él la alegría, la expectación y el misterio del mundo en que vivimos”. Más allá de revelar las agresiones humanas a la naturaleza, este fue uno de los grandes legados de Carson, poner nombre a una emoción que habíamos ignorado durante mucho tiempo.

El asombro es esa sensación de éxtasis y sorpresa que surge al enfrentarse a algo que nos sobrepasa. “Es aquello que experimentamos ante algo grande, que trasciende nuestra comprensión del mundo”, explica Dacher Keltner, profesor de Psicología de la Universidad de Berkeley y director del Social Interaction Laboratory. Su definición tiene cierto valor, pues Keltner lleva más de 20 años investigando este sentimiento. Tanto como para escribir un libro entero sobre él (Awe, the transformative power of everyday wonder, sin traducción al español). “El asombro había sido ignorado porque, en el campo de la ciencia de las emociones, la investigación se centraba principalmente en aquellas más negativas como la ira y el miedo”, explica el experto. Su trabajo en este sentido fue pionero.

Keltner participó junto al psicólogo Paul Piff en el experimento más citado en este campo, allá por 2015. No necesitó irse muy lejos. A las afueras de la Universidad de Berkeley hay un bosque de eucaliptos con ejemplares de hasta 60 metros de altura. Keltner pidió a un grupo de estudiantes que pasearan por él y observaran los árboles durante dos minutos. Mientras tanto, un grupo de control observaba la fachada de un austero y feo edificio universitario de la misma altura. Cuando preguntaron a los participantes cuánto dinero deseaban recibir por participar en el estudio, los que habían admirado los eucaliptos pidieron una cantidad menor que los del grupo de control. Y cuando uno de los investigadores dejó caer intencionalmente libros y bolígrafos al suelo, el grupo del bosque se mostró más dispuesto a recogerlos que el resto. En resumen, los estudiantes que habían experimentado asombro demostraron ser más generosos y considerados.

“Esto explica sus ventajas evolutivas”, explica Kaltner. En los humanos, señala, la supervivencia está estrechamente ligada a la vida en comunidad. No somos animales particularmente fuertes o veloces, pero trabajamos en equipo muy bien. Ser más amable, más empático y cooperativo, por lo tanto, es importante: podría habernos ayudado a prosperar como especie.

Eftychia Stamkou, psicóloga de la Universidad de Ámsterdam, lleva varios años estudiando esta emoción en niños. En uno de sus experimentos, mostró a tres grupos de infantes, de entre 8 y 13 años, vídeos que evocaban asombro, felicidad o emociones neutras. Stamkou midió indirectamente la actividad del nervio vago, que conecta el cerebro con el corazón, los pulmones, los intestinos y otros órganos. Y descubrió algo interesante. Como un instructor de yoga interno, el asombro ayudaba a los niños a relajarse: su ritmo cardíaco se ralentizaba y su cuerpo bajaba revoluciones.

Stamkou también observó otro efecto. Como recompensa, al final del experimento, todos los participantes pudieron elegir su dulce favorito. Se les preguntó si preferían quedárselo o donarlo a niños refugiados. En el grupo donde no se estimuló ninguna emoción, la mayoría de los niños se quedaron con el dulce. Lo mismo ocurrió con los niños que sintieron alegría. Sin embargo, entre quienes sintieron asombro, aproximadamente dos tercios donaron el dulce, casi el doble que en los otros dos grupos. “No solo se sintieron bien”, explica Stamkou, “sino que los hizo más generosos”. Esta idea, que viene a refrendar la vista hace una década por Keltner, convierte el asombro en una de las emociones más fascinantes y poderosas que existen. “Nos impulsa a actualizar nuestra visión del mundo, pero también nos libera de la visión egocéntrica”, reflexiona la psicóloga. “Sentirse insignificante puede ser esclarecedor, porque nos recuerda que formamos parte de algo mucho más grande que nuestras preocupaciones inmediatas”.

Stamkou estudia el asombro en niños porque son quienes lo tienen más reactivo. A diferencia de los adultos, que habitamos el mundo en modo explotación (buscando eficiencia y metas), los niños navegan la realidad en un modo de exploración constante, investigando las posibilidades de su entorno con asombro. Es lo que explica la teoría del científico en la cuna, que sostiene que los bebés y niños pequeños utilizan mecanismos cognitivos similares a los científicos: observan, practican experimentos a través del juego y actualizan sus creencias basándose en la evidencia.

“Tenemos la capacidad de asombrarnos a cualquier edad. Otra cosa es que los niños se sorprendan con más facilidad porque desconocen el mundo donde viven, lo están descubriendo”, explica David Bueno, biólogo genetista especializado en neurología del desarrollo. Los adultos tenemos los puntos de referencia para navegar en situaciones que hemos vivido muchas veces. Vamos acumulando experiencia y conocimientos y con ello igual perdemos capacidad de sorprendernos, señala el experto. “Otra cosa es que a veces perdemos más capacidad de asombro de la necesaria”.

Vivimos en un mundo acelerado, sobreestimulado. Consumimos más información de la que podemos procesar, borrachos de dopamina, adictos a la novedad. “Esto hace que se sature el sistema de asombro”, explica Bueno. “Es un sistema que consume mucha energía metabólica porque nos hace estar atentos y llega un momento en el que el cerebro no puede más. Y entonces es cuando dejan de sorprendernos o asombrarnos cosas, cuando desconectamos. Por eso es importante que los niños y los adolescentes estén estimulados, pero no sobreestimulados”.

Es inevitable hacer una lectura sociológica de este entumecimiento colectivo. Si el asombro nos hace más empáticos, su ausencia podría llevarnos a un mundo de egoístas. Es lo que lamenta Keltner: “Estamos en un momento álgido de individualismo transaccional, donde nuestra principal motivación es la satisfacción del deseo y el ascenso social, donde todo se puede vender y el individuo es la unidad social más importante, por encima del vecindario, la familia, la comunidad o la cultura”. Todo esto desemboca en lo que el filósofo estadounidense Ralph Waldo Emerson denominó egoísmo mezquino. “No hay mejor ejemplo que la actual Administración estadounidense: un abandono total de la compasión y la preocupación moral básica”, concluye Keltner.

Pero no son todo malas noticias. Los expertos coinciden en señalar que el asombro se puede entrenar, podemos recuperarlo en la vida adulta. Puede que se erosione cuando hemos experimentado algo muchas veces. Por eso, para galvanizarlo, hay que exponerse a situaciones y contextos nuevos. Una de las mayores industrias del mundo se basa precisamente en esta idea. El turismo nace de la necesidad de buscar nuevas experiencias, de azuzar nuestra capacidad de sorprendernos ante lo desconocido. Nuevos países, comidas, costumbres, monumentos capaces de maravillarnos —por algo desde la antigüedad se clasificó a los más importantes como las siete maravillas—, selvas por explorar y personas por conocer. Exponiéndonos a estas nuevas situaciones, rascamos hasta sacar a la superficie una capacidad de asombro latente. Pero no es solo el contexto, sino nuestra actitud la que hace esto posible.

“El asombro a menudo se malinterpreta como la observación de algo raro y espectacular”, reflexiona Stamkou. “Pero también puede estar presente en la vida cotidiana si le damos cabida”. Solo habría que imitar esa capacidad infantil de exploración, detenerse frente a algo que los adultos ignorarían, guardar silencio y simplemente contemplar. La perfección efímera de una pompa de jabón, la atracción hipnótica del fuego. Los pequeños misterios del mundo cotidiano. “No se trata solo de qué miramos, sino de cómo miramos”.

Decía Aristóteles en su Metafísica que la filosofía nace del asombro o admiración ante lo desconocido. Que este sentimiento impulsa a las personas a investigar, a superar la ignorancia y buscar el conocimiento por placer, no por su utilidad práctica. Porque el asombro no es una respuesta, sino una pregunta.

Esa es una de las razones por las que reivindicarlo es hoy tan importante: en un mundo acelerado y lleno de distracciones, los momentos de asombro pueden ampliar nuestra perspectiva, hacer que nos cuestionemos, suavizar nuestro egocentrismo y recordarnos que somos parte de algo más grande que nosotros mismos.

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