Cómo influye comer a solas o pendiente del móvil en nuestra alimentación
Un estudio analiza la influencia de los dispositivos digitales al preparar comida casera o consumir los alimentos


Prestamos atención a qué comemos, observamos qué alimentos son o no saludables, hacemos cambios en nuestras cestas de la compra, estamos siempre pendientes de las noticias sobre alimentación… pero ¿cómo comemos? ¿Nos fijamos en el momento de la comida, en el acto de comer en sí, o solo en el contenido del plato?
Por eso quería recoger este estudio de la Sociedad Española de Neurología (SEN), la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) y el Centro de Investigación Biomédica de la Obesidad y Nutrición (CIBEROBN) del Instituto de Salud Carlos III. La metodología usada combina biometría, inteligencia artificial y cuestionarios en población clínica y general.
El objetivo del estudio es analizar la influencia de los dispositivos digitales para registrar las emociones y las conductas alimentarias, tanto al preparar comida casera como alimentos más procesados. Se analiza, además, cómo interfiere comer en soledad o acompañado, el uso del teléfono móvil mientras se come y la posible interacción con el desarrollo de trastornos de la conducta alimentaria (TCA) y otros problemas relacionados con la ingesta.
Los escenarios utilizados incluyen prácticas controladas en laboratorio y, por otro lado, reproducciones de estas en el ámbito del hogar.
Una de las conclusiones que se extraen de la investigación es que el uso de dispositivos móviles durante la comida disminuye la atención a las señales internas. Muchas personas, cuando comen solas, consideran que comer es un mero trámite antes de pasar a la siguiente acción, en un mundo tan enfocado a la productividad. Esto hace que no pongan el foco en la manera de comer, sino solo en lo que eligen comer.
De tal manera que pueden llegar a comer con el móvil en la mano, viendo redes sociales y contenidos de menos de un minuto que impactan en su atención. Esto hace que se coma más rápido y, puesto que se desconectan de sus señales de hambre y saciedad, permanecen hiperconectados al exterior, ya sea por el móvil, el trabajo o cualquier otro estímulo.
De este estudio también se desprende que se consume más cantidad de comida, cifrándolo en aproximadamente un treinta por ciento más de calorías cuando se come con el móvil, y lo más importante: interfiere en esa regulación interna. Básicamente, cuando se come con el teléfono en la mano, desatendemos nuestra hambre y damos por finalizada la ingesta cuando se acaba la comida, pero eso no quiere decir siempre que estemos saciados, y mucho menos satisfechos.
La saciedad tarda una media de treinta minutos en registrarse en el centro de esta, que se encuentra en el hipotálamo. Por lo tanto, si se come en intervalos menores de tiempo, no se llegará a percibir, y esto puede ocasionar picoteos posteriores. Como nutricionista, que se pique o que se complemente la comida si hay hambre después no tendría mayor importancia si no fuera porque muchas personas pelean con su hambre y sienten culpa si después de comer siguen teniendo apetito.
Cuando comemos distraídos, también cambia la percepción sensorial de los alimentos: notamos mucho menos su sabor, la textura e infravaloramos la cantidad consumida. Todos estos factores están creando nuevos patrones alimentarios en nuestra sociedad.
Por otro lado, cambia mucho la experiencia de comer de manera solitaria o acompañado. Comer en compañía puede modificar la velocidad, la duración y la cantidad de la ingesta. La ingesta suele aumentar cuando el contexto social permite más tiempo para repetir platos, mientras que puede acortarse y comerse más rápido si el comensal se siente observado y/o juzgado.
El estado emocional interfiere de manera directa en las elecciones alimentarias. Cuando hay estrés, ansiedad, aburrimiento o tristeza, las elecciones alimentarias se inclinan hacia opciones más palatables y de mayor densidad energética. Si las emociones son muy intensas, se eligen los alimentos de una manera más impulsiva y menos consciente.
Es imposible desvincular la función de regulación emocional que ejerce la comida sobre nosotros, ni analizar la alimentación sin tener en cuenta este factor.
Por tanto, no basta con comprobar la calidad nutricional de la alimentación de cada persona, sino que también es necesario prestar atención a los factores sociales, ambientales y psicológicos que influyen en su manera de comer para poder hacer una evaluación completa. La alimentación no depende únicamente de los conocimientos que tengamos sobre nutrición, sino también del contexto en el que comemos, del tiempo disponible, del nivel de estrés, de la compañía, del uso de dispositivos digitales y de la relación que cada persona mantiene con su propio cuerpo y con la comida.
Si nos quedamos solo en el análisis de las características nutricionales de sus elecciones, estaremos apelando de nuevo a la supuesta falta de voluntad o de conciencia al elegir unos alimentos u otros. Y la realidad es mucho más compleja. Comer rápido, distraído, en soledad o bajo presión no es una cuestión de irresponsabilidad individual, sino el reflejo de un estilo de vida que dificulta la conexión con las señales internas y con el propio acto de alimentarse.
Por eso, mejorar la alimentación no pasa únicamente por decirle a la gente qué debe comer, sino también por preguntarnos cómo está comiendo, en qué condiciones lo hace y qué lugar ocupa la comida en su día a día. Solo cuando ampliamos la mirada y dejamos de reducir la nutrición a una lista de alimentos saludables o no saludables, podemos acompañar de forma más realista, más humana y también más eficaz los cambios en la conducta alimentaria.
En definitiva, para entender la alimentación de una persona no basta con mirar el plato; también hay que mirar el contexto en el que se come.
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