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La escasez de agua amenaza el sur de Siria: “Intento ahorrar al máximo”

Entre cortes eléctricos, sequía extrema y miles de pozos ilegales, los habitantes de Deraa se enfrentan a una crisis sostenida que pone en peligro su seguridad hídrica y alimentaria

Los camiones cisterna esperan su turno para llenarse de agua y venderla cerca de un pozo en la ciudad de Al-Muzayrib en Deraa, al sur de Siria. Obka Mohammad

Abu Osama, residente en la localidad de Yadouda, en el oeste rural de la gobernación siria de Deraa, no recibe suficiente agua potable. Lleva años enfrentándose a este problema. “Cuando se corta el suministro, tenemos que comprar un camión cisterna. En mi caso es difícil asumir ese coste, así que intento ahorrar agua al máximo”, explica este hombre de 34 años, casado y padre de cuatro hijos. El precio de un camión cisterna alcanza las 50.000 libras sirias (alrededor de 3,46 euros) y para muchos vecinos equivale al salario de un día. Osama gana menos de 100 dólares (86,5 euros) al mes como conductor de ambulancia en Deraa.

La gobernación de Deraa, en el sur de Siria y con más de un millón y medio de habitantes, fue históricamente conocida por la abundancia de sus recursos hídricos. Sin embargo, la crisis climática y la perforación indiscriminada de pozos han provocado un descenso significativo de los niveles de agua subterránea. Numerosos manantiales, lagos y pozos se han secado en los últimos años. Los datos sobre recursos hídricos en la provincia reflejan también un deterioro de la capacidad de almacenamiento: actualmente, los niveles de llenado de los embalses oscilan entre el 15% y el 71%.

Según relata Osama, la situación mejora ligeramente durante el invierno, pero la crisis se intensifica en verano, cuando el nivel del agua desciende de forma considerable. El suyo no es un caso aislado. Barrios enteros de la misma aldea y de otras localidades cercanas reciben un suministro insuficiente, mientras que otras zonas sí cuentan con agua de forma más regular.

Datos oficiales revisados por EL PAÍS muestran una marcada desigualdad en la distribución. Aproximadamente el 60% de la población de la gobernación recibe hasta un máximo de 25 litros diarios por persona; otro 25% obtiene entre 25 y 50 litros, y solo el 15% supera los 60 litros al día.

Antes del estallido de la revuelta siria y la posterior guerra en 2011, el consumo medio se situaba entre 100 y 125 litros diarios por habitante. Hoy, la mayoría de la población vive con cantidades muy por debajo de las imprescindibles para cubrir sus necesidades básicas. Según la Organización Mundial de la Salud, cada persona debería tener acceso a entre 50 y 100 litros de agua al día para uso personal y doméstico.

Incluso cuando el agua llega a los hogares, su uso requiere un proceso complejo: debe bombearse desde la red subterránea hasta depósitos situados en las azoteas, lo que exige electricidad. “Rara vez coinciden el suministro de agua y el de energía. Cuando hay agua, suele faltar electricidad, y cuando vuelve la electricidad, el agua ya no está”, explica Abu Bilal al Zobani, otro vecino de la zona. Ante esta situación, muchas familias recurren a generadores que funcionan con combustible, lo que incrementa aún más los costes. En algunos casos, bombear agua puede resultar tan caro como comprar un camión cisterna.

La crisis hídrica se agrava por problemas operativos, especialmente por la inestabilidad del suministro eléctrico y el racionamiento energético que afecta a la mayoría de las estaciones de bombeo
Riyad Musalima, director de la Autoridad del Agua de Deraa

“La crisis hídrica se agrava por problemas operativos, especialmente por la inestabilidad del suministro eléctrico y el racionamiento energético, que afecta a la mayoría de las estaciones de bombeo”, corrobora Riyad Musalima, director de la Autoridad del Agua de Deraa. “Esto limita nuestra capacidad para garantizar un abastecimiento regular, sobre todo en las zonas rurales del oeste que dependen de pozos recientemente perforados”. La institución también enfrenta escasez de combustible y falta de personal. La plantilla ha pasado de 1.650 empleados antes de 2011 a apenas 615 en la actualidad. Esta situación dificulta las labores de mantenimiento y la respuesta rápida ante una avería.

Perforación de pozos

A unos 11 kilómetros del centro de la ciudad de Deraa, embarcaciones de madera abandonadas permanecen dispersas en una extensa zona verde. Allí se encontraba el lago Muzayrib, que en su día fue la mayor masa natural de agua de la provincia y abastecía a varias localidades, además de irrigar tierras agrícolas y piscifactorías. Hoy ha desaparecido casi por completo, sustituido por cultivos plantados por los vecinos.

Los residentes confiaban en que las lluvias invernales recuperaran parte del agua perdida de la cuenca y permitieran la recuperación del lago, pero ha sucedido lo contrario: solo en los últimos cinco años las precipitaciones han disminuido del 120% al 31%, según los datos de la Autoridad del Agua en Deraa.

Para el activista Lawrence Krad, exempleado de la Autoridad del Agua, el lago Muzayrib es uno de los ejemplos más evidentes de cómo la sequía ha reducido el flujo de los manantiales naturales, pero no es una excepción en la zona. Los 16 embalses de la provincia, diseñados para almacenar unos 91,5 millones de metros cúbicos de agua, presentan una situación alarmante: actualmente apenas contienen 39,5 millones, menos de la mitad de su capacidad. Además, 10 de estos han quedado inutilizados debido a la sequía, lo que ha provocado la pérdida de entre 30 y 45 millones de metros cúbicos de agua aptos para riego y consumo humano.

Krad atribuye el deterioro actual a la perforación masiva de pozos sin supervisión en los años de guerra. Durante el conflicto, la ausencia de control estatal llevó a muchos agricultores a excavar pozos para hacer frente a la sequía. Según datos oficiales de 2025 obtenidos por EL PAÍS, existen unos 4.310 pozos legales en Deraa, mientras que hay 15.000 ilegales, pero estimaciones de activistas y residentes elevan a 40.000 la cifra de los que funcionan de forma irregular. El activista advierte de que la seguridad hídrica de la provincia está en riesgo. “Antes se encontraba agua a 50 o 60 metros de profundidad; ahora hay perforaciones que alcanzan los 400 metros”, afirma.

Según datos oficiales de 2025, existen unos 4.310 pozos legales en Deraa, mientras que hay 15.000 ilegales, pero estimaciones de activistas y residentes elevan a 40.000 la cifra de los que funcionan de forma irregular

Tras la caída del régimen de Bachar el Asad en diciembre y la consolidación del nuevo Gobierno, las autoridades han heredado este desafío estructural. Actualmente, trabajan en la compleja tarea de la regulación de los pozos y en la perforación de nuevas fuentes en las zonas más afectadas por la sequía.

Cerca del antiguo lago, varios camiones cisterna hacen cola junto a un pozo privado que vende agua. Conductores procedentes de localidades vecinas, como Tel Shihab, esperan durante horas para llenar sus depósitos. Algunos recuerdan que el verano pasado la espera superaba las tres horas por vehículo, lo que agravó la escasez en los pueblos dependientes de este servicio. Vecinos y activistas temen que la situación derive en tensiones sociales. El deterioro de la red hídrica ya ha provocado disputas e incluso ataques contra trabajadores del sector. “Los más pobres serán los más afectados”, advierte Krad.

A principios de abril, varios desconocidos volaron, en al menos dos ocasiones en apenas una semana, una torre eléctrica que abastece a las estaciones de bombeo de agua en Deraa. Los ataques coincidieron con una campaña gubernamental contra el robo de agua y electricidad, una práctica extendida durante los años de guerra. Como consecuencia, el suministro de agua a la ciudad de Deraa y a otra localidad del oeste de la provincia quedó interrumpido, según anunció la Autoridad de Agua en una publicación en Facebook.

La seguridad alimentaria, en riesgo

La sequía también supone una amenaza creciente para la seguridad alimentaria en una región considerada durante décadas como uno de los principales graneros de Siria.

El ingeniero agrícola Anas al Zobani explica que la agricultura en la provincia depende de tres fuentes principales: las aguas subterráneas, las aguas superficiales procedentes de presas y las precipitaciones estacionales. Sin embargo, las tres han disminuido de forma significativa en los últimos años. “La situación no va hacia el desarrollo, se dirige hacia un deterioro rápido”, afirma. Los datos oficiales a los que ha tenido acceso este diario confirman la declaración del ingeniero. El índice de aguas superficiales y subterráneas disminuyó de 271 millones de metros cúbicos en 2020 a 66 millones en 2025 debido a la sequía.

Si esta situación continúa, podríamos ver cómo esta región pasa de ser productora de alimentos a consumidora en pocos años
Anas Al Zobani, ingeniero agrícola

El sector agrícola consume alrededor del 85% del agua dulce disponible, lo que significa que cualquier reducción en el suministro tiene un impacto inmediato en la producción. Según Al Zobani, los agricultores se ven obligados a reducir tanto la frecuencia de riego como las cantidades utilizadas, lo que ha provocado una disminución de las superficies cultivadas y del rendimiento de los cultivos.

El ingeniero dice que el impacto es desigual pero generalizado. “Los cultivos que requieren más agua, como las hortalizas —tomate, calabacín o sandía—, se encuentran entre los más afectados, seguidos por los árboles frutales”, explica. Los cereales y las legumbres, que necesitan menos, han resistido mejor, aunque también se han visto afectados por la sequía prolongada.

La caída de la producción y la menor disponibilidad de alimentos agravan la vulnerabilidad de una población de la cual el 80% ya vive por debajo del umbral de la pobreza. Entre los posibles efectos, Al Zobani alerta de una caída de la producción y aumento de precios junto con una mayor dependencia de las importaciones, desplazamiento de población y cambio demográfico, así como un aumento de la criminalidad si la crisis hídrica persiste. “Si esta situación continúa, podríamos ver cómo esta región pasa de ser productora de alimentos a consumidora en pocos años”, finaliza.

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