Cazar para sobrevivir: cuando especies amenazadas como el chimpancé pasan a formar parte del menú
En África Central la caza ilegal sustituye a la ganadería que no es económicamente viable y no alcanza para abastecer de carne a la población

En el Norte Global la caza dejó hace tiempo de ser una actividad de subsistencia para convertirse en una práctica de ocio, pero esa transformación no ha sido así en todo el mundo. En amplias zonas del planeta, la caza sigue siendo una actividad vinculada a la supervivencia. Particularmente en África Central conviven la caza deportiva de alto coste en reservas privadas con prácticas ilegales vinculadas al comercio de especies, y con otras formas tradicionales de caza que garantizan el consumo de carne en enormes extensiones donde la ganadería no existe, no es económicamente viable o no es suficiente para abastecer a las poblaciones.
Si hablamos de caza ilegal, lo más probable es que pensemos en elefantes africanos abatidos por su marfil o rinocerontes cazados para amputarles sus cuernos, símbolos ambos de un comercio destinado a abastecer los mercados internacionales, como los bien conocidos mercados de medicina tradicional chinos. Pero esta es solo una parte del problema. En amplias partes de la cuenca del Congo se encuentra otra realidad mucho más extendida a la vez que silenciosa: la caza destinada al consumo tanto de especies autorizadas como especies protegidas y amenazadas. En este contexto, los límites de las áreas protegidas resultan, en la práctica, extremadamente permeables. Y es en este tipo de caza, difícil de cuantificar y aún más de gestionar, donde se sitúa uno de los grandes desafíos actuales para la conservación en África. Porque si bien regular la caza deportiva resulta relativamente sencillo, limitar una actividad que a menudo constituye la principal fuente de proteínas para millones de personas es mucho más complejo.
Guinea Ecuatorial ofrece un ejemplo claro de esta realidad. A pesar de ser un país pequeño y con baja densidad de población, un muestreo realizado a inicios de 2025 por un equipo de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC), el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y el Instituto Nacional de Desarrollo Forestal y Manejo del Sistema de Áreas Protegidas (INDEFOR-AP), con financiación de la Fundación Psittacus, constató que más del 25% de las especies cazadas en comunidades rurales distribuidas por todo el país o comercializadas en los mercados de las dos principales ciudades son especies amenazadas. Si lo comparamos con datos recogidos en 1990 en los mismos mercados, el cambio es evidente: entonces solo dos especies de las consumidas estaban amenazadas; hoy son 15, a las que se suman otras ocho en riesgo según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
Si bien regular la caza deportiva resulta relativamente sencillo, limitar una actividad que a menudo constituye la principal fuente de proteínas para millones de personas es mucho más complejo
Las especies cazadas ahora son básicamente las mismas que 35 años atrás, por lo que la diferencia refleja un empeoramiento de su estado de conservación debido a una caza extendida por todo el país y sostenida en el tiempo. Resulta llamativa la caza de especies tan carismáticas y protegidas por la ley como son el chimpancé y el gorila, de los que se pueden encontrar ejemplares vendidos como carne para consumo humano, o vivos vendidos como mascotas e incluso restos (como manos) a la venta como objetos rituales. Otro ejemplo es el loro gris de cola roja que es comercializado para su tenencia como mascota a pesar de estar protegido y globalmente amenazado. Pero resulta todavía más preocupante el aumento durante estas tres décadas del consumo de varias especies de pangolines y de monos, que entonces eran comunes y ahora están globalmente amenazadas de extinción.

Sin embargo, en Guinea Ecuatorial la relativa buena conservación de sus bosques unida a una relativa baja densidad de población, limitan en parte el impacto de la caza. La situación es mucho más preocupante en otros países como la República Democrática del Congo, donde existe un comercio de carne de caza que conecta las selvas del centro del país con las regiones mineras del este, con alta demanda y marcadas además por conflictos armados. Allí, miles de personas dependen de esta fuente de proteína en un contexto donde la ganadería es prácticamente inexistente. Esta situación ha generado un flujo permanente de carne de caza, a menudo proveniente de áreas protegidas, y ahumada para facilitar su transporte y conservación.
En las selvas de África Central no se discute solo el futuro de especies emblemáticas, sino también el equilibrio entre la necesidad de una población humana en crecimiento y la capacidad de los ecosistemas para sostenerla
Esta actividad genera una presión creciente sobre la fauna, que se suma a otros factores como la deforestación. Por ejemplo, durante nuestra estancia en el Parque Nacional de Lomami, pudimos presenciar la detención de un furtivo que transportaba en la mochila un bonobo —especie endémica de chimpancé y gravemente amenazada — y cuya caza puede acarrear hasta cinco años de prisión. Las implicaciones van más allá de la conservación. Esta práctica supone además un riesgo para la salud pública, al incrementar el riesgo de transmisión de zoonosis como el ébola, el virus de Marburgo o recientemente la mpox, más conocida como viruela del mono.
Por todo ello, los estudios sobre el terreno resultan esenciales. El carácter discreto de esta actividad y la escasez de trabajos realizados a gran escala en medios rurales, ya que a menudo se limitan a muestrear unos pocos mercados urbanos del país, han contribuido a subestimar su impacto, dificultando el desarrollo de medidas eficaces. Pero más allá de los datos, lo que estos resultados ponen sobre la mesa es una realidad incómoda: la conservación no puede abordarse únicamente desde la prohibición cuando lo que está en juego es la subsistencia de millones de personas. En las selvas de África Central no se discute solo el futuro de especies emblemáticas, sino también el equilibrio entre la necesidad de una población humana en crecimiento y la capacidad de los ecosistemas para sostenerla. Ignorar esta tensión no hará que desaparezca; entenderla, en cambio, es probablemente el primer paso para conservar uno de los últimos bastiones de selva del planeta.
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