Yasmin Ullah, activista rohinyá: “En Myanmar hay un proceso intencionado para aniquilarnos”
La defensora de derechos humanos lamenta la falta de apoyo de la comunidad internacional a su pueblo, objeto de una “limpieza étnica”, según la ONU


“Es un genocidio”. “Hay que sancionar a los países que financian la guerra”. “Están muriendo de hambre”. Todas son frases que han sido repetidas en los últimos dos años acerca de la masacre en la franja de Gaza. Pero quien las pronuncia esta vez es Yasmin Ullah, una activista de 33 años, que no se está refiriendo al conflicto en Oriente Próximo, sino al trauma que vive su pueblo: los rohinyás. Esta minoría musulmana de Myanmar, país del sudeste asiático, es, según la ONU, objeto de una limpieza étnica desde 2017, aunque el hostigamiento por parte de las autoridades birmanas se remonta a décadas atrás.
Ullah no tiene recuerdos de su hogar. Su familia huyó a mediados de los noventa, cuando ella apenas tenía tres años. Desde el exilio, a medio camino entre Tailandia, donde creció, y Canadá, donde vive ahora, y siendo una apátrida, se inició en el activismo en defensa de su estirpe. Fundó la Rohingya Maiyafuinor Collaborative Network, una organización liderada por mujeres rohinyás en todo el mundo para buscar justicia y reparación para los cientos de miles que escaparon de Myanmar y para aquellos que todavía viven allí.
“La lucha contra nuestra aniquilación apenas sale en los telediarios. Es por el racismo o porque no tenemos un buen equipo de marketing”, ironiza la defensora de derechos humanos en una entrevista en Bogotá en el marco del 42º congreso de la Federación Internacional por los Derechos Humanos (FIDH), celebrado recientemente.
Pregunta. Cientos de miles de rohinyás han escapado de Myanmar, incluida su familia, que se refugió en Tailandia. ¿Cómo fue crecer en el exilio?
Respuesta. Viví allí 16 años. Era una refugiada, pero, como muchos países del sudeste asiático, Tailandia no ha firmado la Convención de 1951 sobre el Estatuto de Refugiados. Por eso no fuimos, en regla, refugiados. Así que se nos tachó de migrantes ilegales durante muchos años, sin contar nuestro estado de apatridia. Eso significaba escondernos de la policía o no salir de casa. De alguna manera, mis padres consiguieron que yo fuera a la escuela, pero el acoso siempre estuvo presente. Tuve que negar quién era para encajar.
P. ¿Cómo terminó siendo una activista en Canadá?
R. Mi padre era un activista muy destacado en aquella época en Tailandia. Consiguió hacerse con un documento de extranjería y así podía tener cierta movilidad. En su trabajo se topó con dos misioneros religiosos canadienses que nos encontraron un patrocinador. Sin embargo, el proceso llevó unos siete años y no nos pudimos reasentar hasta 2011. Al activismo llegué en 2017.
P. ¿Tras la campaña militar de las autoridades birmanas?
R. Sí. La mayoría de mi familia seguía viviendo en Birmania. Por desgracia, 2017 fue una bofetada. El 25 de agosto, cuando las autoridades comenzaron con la limpieza étnica, mi madre me pidió que rezara por los que seguían allí. Mi familia huyó con lo puesto, algunas mujeres sin su hiyab, y estuvimos cuatro días sin saber si estaban con vida. Al final pudieron huir al norte [de Myanmar] y ocultarse. Pero recuerdo haber pensado: “¿Por qué tenemos que esperar a que se produzca una intervención divina para poder hacer algo que ayude a salvar vidas?”. Desde entonces comencé a recaudar dinero para enviárselo y así fue que conocí a más personas que estaban en la lucha.
Un genocidio no es solo la matanza, sino también la destrucción de identidad y las restricciones para la reproducción
P. El Tribunal Internacional de Justicia sigue analizando si lo que pasó en 2017 fue un genocidio. ¿Qué opina usted?
R. Lo es. Porque un genocidio no es solo la matanza, que la hubo, sino también la destrucción de identidad y las restricciones para la reproducción, como argumentó el sociólogo noruego Johan Galtung. Los rohinyás han sufrido una violencia estructural durante los últimos 80 años. Hay políticas de planificación familiar que no nos permiten tener más de dos hijos, ni nos permiten casarnos fuera de nuestra comunidad étnica. Nos llaman bengalíes, nos despojan de nuestra ciudadanía, nos expulsan de nuestras tierras… Entonces la violencia estructural ya estaba, y después llegó la violencia directa que continúa hasta hoy. Sabemos que desde hace tiempo hay en Myanmar un proceso intencionado para aniquilarnos.
P. ¿La comunidad internacional ha hecho lo suficiente para detener esta violencia?
R. En absoluto. Es cierto que hemos ganado algunas batallas, como cuando el Parlamento canadiense aprobó calificar lo que nos pasaba como un genocidio. Para esa meta se necesitaron dos años de arduo trabajo. Aun así, los negocios siguen siendo la prioridad en el sudeste asiático, por encima de los derechos humanos. La región es el eslabón más débil de control porque hay muchas inversiones que financian el genocidio. Singapur es un refugio seguro para los activos militares birmanos y Tailandia utiliza su propio sistema bancario para permitir que los militares muevan sus activos. Malasia e Indonesia, dos de los países que más rohinyás recibieron, están hablando ahora de normalizar las relaciones y retomar el libre comercio. Hay un gran problema de amnesia en este mundo.
Echo de menos cosas que solo conozco a través de las historias de mi madre: las costas, las prácticas agrícolas, la cultura
P. En Bangladés hay casi 1,2 millones de rohinyás que viven en campos de refugiados. ¿Qué ha cambiado para ellos el cierre de USAID, la agencia de cooperación de Estados Unidos?
R. Hemos visto cómo los recortes de ayuda humanitaria han reducido dramáticamente los servicios que antes estaban disponibles. Una colega acaba de regresar de allí y me contaba que 6.000 escuelas han cerrado por completo. “Había niños por todas partes jugando con el barro. No tenían nada que hacer”, me decía. Sabemos que también varios centros de salud han cerrado y hay muchos que se han quedado sin acceso a sus medicinas. Pero no se trata solo de USAID: hay un efecto dominó que ha creado Donald Trump. La Unión Europea y otros países lo han tomado como una señal para también reducir sus contribuciones.
P. ¿Cómo reducir el impacto negativo de estos recortes?
R. Vivimos en un mundo en el que las cosas cambian muy rápidamente en lo que respecta a los programas humanitarios. La cuestión es cómo crear un sistema de ayuda que no mantenga a las personas dependientes de la ayuda para siempre. Por ejemplo, en nuestra red hemos creado programas de formación profesional que ayudan a las mujeres y a las personas en situación de riesgo y vulnerabilidad para que prosperen gracias a sus habilidades y su propio trabajo.
P. ¿Desea volver a Myanmar?
R. Si pudiera volver hoy mismo, lo haría. Echo de menos cosas que solo conozco a través de las historias de mi madre: las costas, las prácticas agrícolas, la cultura. Quiero volver a casa a probar la comida de mi abuela. No sé cuándo va a ser, pero espero que pronto.
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