Un país lleno de libros
El aumento de las ventas y los buenos índices de lectura conviven con la cruda realidad de que la mitad de los títulos que se imprimen no venden un solo ejemplar


La festividad de Sant Jordi es el día grande de la literatura en España. Desde los codiciados puestos en el Paseo de Gràcia en Barcelona, pasando por las mesas en el Paseo de la Independencia de Zaragoza hasta el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares —donde los Reyes entregan hoy el Premio Cervantes al mexicano Gonzalo Celorio—, los libros salen de nuestras casas, librerías o bibliotecas para tomar las calles. Con las firmas de centenares de autores y el reconocimiento de las instituciones, por un día, las novelas, los versos o los ensayos se convierten en motivo de orgullo cívico y festivo (algo que contrasta con la grotesca llamada al boicoteo que sectores minoritarios del independentismo han lanzado contra Eduardo Mendoza por un comentario jocoso sobre la fiesta de hoy).
En la sociedad de las pantallas, y contra lo que pudo pensarse con la aparición del formato electrónico, el libro de papel sigue siendo un objeto que hace sentir bien al ciudadano que lo tiene entre las manos. Lo más probable, como vienen certificando cada año los gremios de editores y libreros catalanes, es que hoy se bata otro récord de facturación (en 2025 fueron más de 26 millones de euros). Pero estas cifras no son flor de un día. Como evidencian los datos del sector, la editorial es una de las industrias culturales más robustas de España y una de las de mayor proyección transatlántica. Con todo, sería un error que, precisamente el mundo del libro, viera solo gigantes donde también hay molinos a los que podría llegar a faltarles la fuerza del viento. Cada 23 de abril las librerías demuestran su importancia como focos de cultura. Por eso convendría que, sin ignorar las buenas cifras, el resto de la industria atendiera sus avisos sobre el peligro de mantener de forma acrítica una oferta de novedades sobresaturada respecto a la demanda. Según la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (Cegal), la mitad de los libros impresos no vende un solo ejemplar. Es decir, se facturan muchos ejemplares, pero de pocos títulos. Con lo que eso supone para la bibliodiversidad y para la supervivencia del fondo editorial.
No es solo una cuestión económica. Los estudios sobre hábitos de lectura confirman una tendencia estable desde el confinamiento: se lee más. A principios de este año, el Ministerio de Cultura y Cedro dieron a conocer un informe que desmiente los tópicos apocalípticos sobre un cambio en las preferencias de ocio. No solo vivimos de series. Los ciudadanos que leen son cada vez más y, aunque el tramo de edad que más ha aumentado es el de los mayores de 65 años, también se constata que los jóvenes siguen leyendo: un 76,9% de los que tienen entre 14 y 24 años afirma que la lectura es parte esencial de su tiempo libre. Estos jóvenes, ya nativos digitales, desarrollan parte de sus vidas en las redes, pero las redes también son un espacio para recomendar lecturas y crear comunidad. Porque solo compartir la pasión por un libro se acerca al placer de leerlo.


























































