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Columna

El tipo más idiota de internet, condenado a seis meses de cárcel

El ‘youtuber’ estadounidense Johnny Somali entrará en prisión en Corea del Sur por sus “actos ofensivos”

Detalle de la estatua en Seúl en homenaje a las mujeres esclavizadas sexualmente por Japón. KIM KYUNG-HOON (REUTERS)

El youtuber estadounidense Ramsey Khalid Ismael, conocido como Johnny Somali, irá a la cárcel. Así lo ha dictaminado un tribunal de Seúl, que señala los “actos ofensivos” del creador de contenido. Somali, de 25 años, empezó haciendo vídeos de viajes, como tantos otros influencers, pero dada la nula repercusión de su contenido pronto se pasó al lado oscuro: comenzó en directo a romper cosas en tiendas, a acosar a personas en la calle, a realizar bromas agresivas en espacios públicos, algo mucho más lucrativo en términos de audiencia. No es fácil encontrar su material porque las diferentes plataformas (YouTube, Twitch, Instagram…) le han ido vetando, pero baste decir que su contenido es muy desagradable. Es, como el reciente Clavicular, como Jack Doherty, como Vitaly Zdorovetskiy o como el patrio Borja Escalona, otro de tantos creadores de contenido tocapelotas que se mueven entre la ofensa y el clip viral.

Su refugio en los últimos años eran los países asiáticos, porque la educación de los viandantes hacía de escudo: en plata, no corría el riesgo de que nadie le partiera la cara. En Japón lo detuvieron, pero la cosa no fue a mayores y solo le prohibieron la entrada al país en los próximos años. En Corea del Sur se propuso hacer lo mismo: gritar en las calles propaganda norcoreana, hacer deepfakes sexuales con streamers locales —algo muy grave en el país asiático—, armar escándalo en las tiendas de Seúl. En 2024 grabó un video bailando de forma provocadora sobre una estatua que honra a las llamadas “mujeres de consuelo”, las víctimas de esclavitud sexual durante la Segunda Guerra Mundial. El muy tonto no sabía que estaba cruzando una línea muy roja, y fue detenido. Año y pico después, se ha celebrado por fin el juicio.

El proceso ha sido un espectáculo curioso, pues su defensa alegó que Somali no sabía que lo que hacía fuera delito; una mala estrategia en un mundo en el que, como toda la gente sabe, la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento. Más peliagudo (más interesante, más acuciante) habría sido que se hubiera intentado defender alegando libertad de creación porque (y esto es una pregunta para todos), ¿en qué se diferencia exactamente el comportamiento de determinados influencers molestos de los clásicos cómicos de humor más grueso, o incluso de ciertos artistas que intervienen el espacio público? Es decir, ¿dónde ponemos exactamente la línea que separa la creación de contenido de la performance? En cualquier caso, ha sido condenado a seis meses de cárcel, en medio del regocijo de medio internet.

El caso de Somali es puede parecer una anécdota digital, pero nada más lejos de la realidad: es en primer lugar, un paso claro contra los deepfakes de índole sexual. Y en segundo lugar, puede funcionar como aviso a navegantes para evitar que se expanda uno de los peores males del ecosistema digital actual: el rage bait (el término que describe el contenido creado para provocar y así generar más interacciones), que fue designado palabra del año en 2025 por el diccionario Oxford. Esperemos que esto funcione como un aviso a navegantes.

Aunque no cabe duda sobre lo nocivos que son en general los influencers que se dedican únicamente a molestar, y sobre lo particularmente idiota que es Somali, sí se atisba en el horizonte una posible paradoja. Porque lo cierto es que Somali no era tan famoso, y es este altercado final e internacional el que le ha dado notoriedad mundial. Así que la pregunta está en el aire: ¿Reflexionará en la cárcel sobre su comportamiento y se arrepentirá? ¿O usará la sobrevenida atención que el mundo ha depositado sobre él para liarla todavía más y hacer más ruido cuando salga de prisión? Se inicia ahora una cuenta atrás para dilucidar uno de los grandes misterios digitales, el de la tentación de la atención. En seis meses sabremos la respuesta.

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