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editorial

El ejemplo de Lula

El presidente de Brasil se ha consolidado como una referencia para navegar los desafíos actuales en las democracias occidentales

El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, en el Palacio de Planalto en Brasilia el pasado lunes.Gladys Serrano

Con sus 80 años, 11 de ellos como presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva es uno de los líderes democráticos más experimentados del mundo. En una entrevista con EL PAÍS, el líder sindical elegido tres veces para encabezar el mayor país de América Latina puso voz al asombro de muchos ciudadanos por la actual situación geopolítica: “Es como si el mundo fuera un navío a la deriva, sin ninguna institución que oriente el comportamiento civilizatorio de las naciones”.

Tras su regreso al poder, en 2023, y a pesar de una posición menos favorable en el Legislativo —con mayoría conservadora— Lula ha conseguido revertir algunos de los recortes en derechos y ayudas impuestos durante el Gobierno ultra de Jair Bolsonaro. Para el presidente brasileño, la lucha para que los más desfavorecidos vean políticas que les benefician es la piedra angular de su política y clave para el funcionamiento de la democracia, que “no solo es recibir los votos el día de las elecciones”.

El regreso de Lula al poder estuvo marcado por el intento de golpe de Estado perpetrado por una turba bolsonarista contra los principales poderes de Brasil ocho días después de su toma de posesión. El Tribunal Supremo ha declarado probado que Bolsonaro fue el organizador del asalto. La respuesta política y judicial al intento de golpe y la subsiguiente condena de prisión contra Bolsonaro y los altos cargos castrenses que le respaldaron es una señal de la fortaleza institucional brasileña frente a la tibieza de otros países teóricamente más desarrollados.

Durante la campaña y durante su tercer Gobierno, Lula ha insistido en regresar a las recetas que tuvieron éxito dos décadas antes, como la política exterior, con su apuesta decidida por el multilateralismo y el desarrollo de bloques alternativos de poder global. Y aunque esta postura resulta a veces chocante —como, por ejemplo, en su relación con Vladímir Putin— los movimientos de Estados Unidos tras el regreso de Donald Trump al poder han reforzado esta posición. “Trump no tiene derecho a levantarse por la mañana y amenazar a un país”, afirma. “Es fundamental que los poderosos tengan más responsabilidad en mantener la paz”.

Trump ha puesto varias veces en su punto de mira a Brasil y a su presidente, sea porque considera a Bolsonaro un compañero de armas, sea por la lucha del Tribunal Supremo brasileño (agresivamente contestada por Washington) por ordenar las redes sociales. “Mi responsabilidad es procurar que al pueblo brasileño le llegue la información correcta, para que el día que tenga que decidir, no lo haga con noticias falsas”, afirma. Esta es una preocupación que comparten las democracias pero no todas están dando pasos para actuar sobre el problema. Igualmente, Lula se ha erigido en referencia a la hora de tratar con la Casa Blanca, el principal agente del caos en la geopolítica actual: firmeza, paciencia y diplomacia. “Le dije [a Trump] que era importante definir qué tipo de líder uno quiere ser. Yo prefiero ser un líder respetado, no temido. Nadie tiene derecho a dar miedo”.

Lula se prepara para ser candidato a las presidenciales de octubre para un último mandato de cuatro años. Aunque aseguró en la entrevista que su salud es excelente, su sucesión al frente del Partido de los Trabajadores (que él fundó) y de la izquierda brasileña están todavía en el aire. Apuntalar el futuro garantizaría la tranquilidad de sus compañeros de partido y la de todos los brasileños. Su legado, extraordinario ocurra lo que ocurra, se lo merece.

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