Los ateos necesitamos un Papa con liturgia y misterio
Si no consigue armonizar la misión evangélica y el arcano, la Iglesia pierde todo su sentido

Si Trump no manda antes un portaviones nuclear al Vaticano, está previsto que el Papa visite España en junio, y los obispos aún están peleando, porque no han decidido si le van a montar un viaje de ricos o de pobres. No sé si es correcto hablar de obispos de derechas y de izquierdas, pero, resumiendo mucho, los primeros quieren armar un ceremonial con su boato y sus audiencias con gente de orden, y los segundos, que León XIV se mezcle con los parias.
Resumía el dilema un titular de este periódico: entrar en Madrid por la Puerta de Alcalá o por Carabanchel. Dejemos de lado que por la Puerta de Alcalá no se entra a la ciudad desde que Carlos III bajó de su caballo y le dijo a su lacayo con voz profunda: “Ahí está, la Puerta de Alcalá”. Quienes proponen esa entrada viven en un Madrid del Antiguo Régimen. No solo son reaccionarios en lo político, sino en lo geográfico y lo histórico. Pero lo de Carabanchel tampoco está bien tirado: sin mencionar los atascos de la carretera de Extremadura, que desarmarían los tiempos de la agenda pontifical, Carabanchel hace tiempo que dejó de ser metáfora de lo popular: Manolito Gafotas no puede permitirse los alquileres a medio gentrificar de un barrio de moda. Uno puede hacerse la ilusión de entrar en Madrid bendiciendo a los pobres y encontrarse con nómadas digitales desayunando bagels de aguacate en cafeterías de especialidad. Pese a que muchos de esos jóvenes estarán tiesos, no son las masas que León XIV quiere redimir.
Aunque planteado en términos absurdos y anacrónicos, el debate es interesante y va más allá de la coyuntura política o de a qué partidos se arrima la Iglesia y de cuáles se despega. Los de la Puerta de Alcalá están preocupados por el misterio, y los de Carabanchel, por la misión evangélica. Si no consigue armonizar ambos aspectos, la Iglesia pierde todo su sentido en un mundo descreído, por mucho que Rosalía rece y triunfen las monjas del siglo XVII como ideal feminista.
Lo suyo sería entrar por la Puerta de Alcalá con humildad descalza, o por Carabanchel con pompa y tronío. Sin misterio, la misericordia solo es un acto administrativo que desempeña mejor un funcionario, y sin misericordia, la Iglesia solo es tiranía sobrenatural. Católicos y ateos necesitamos que el Papa represente ambas cosas. Si no, los segundos no podremos trazar una línea clara para separar lo religioso de lo laico. Y sin esa línea, la Iglesia solo es una asociación sin más derechos ni privilegios que los de un club de lectura de Carabanchel.
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