El retorno del otro, el encuentro con el otro: una respuesta a la xenofobia
Hay que dejar sin fundamento antropológico el racismo, la aporofobia y el odio al inmigrante


Un elemento común a los partidos políticos de la derecha y de la extrema derecha, de las organizaciones sociales racistas y de los grupos religiosos fundamentalistas es el rechazo a las personas migrantes y refugiadas, a quienes se demoniza y sobre las que se elabora el discurso del odio, que desemboca en xenofobia, racismo, aporofobia y, con frecuencia, en prácticas violentas. No se trata de un fenómeno marginal, sino que está muy presente en el imaginario colectivo y en no pocas prácticas políticas incluso de gobiernos democráticos, que tienden a identificar ciudadanía con país o Estado y niegan dicha ciudadanía y el ejercicio de los derechos cívicos a quienes no han nacido en el territorio al que llegan, aunque vivan, trabajen y generen riqueza en él.
La presente reflexión intenta desmontar los citados argumentos desde un planteamiento antropológico inclusivo e integrador inspirado en Emmanuel Lévinas y Ángel Gabilondo. Lévinas reconoce a la ética el estatuto de filosofía primera. Entiende por ética la responsabilidad de cada persona para con las demás; una responsabilidad que es irreemplazable e indelegable. En un texto de clara influencia levinasiana, Umberto Eco afirma: “Cuando los demás entran en escena, empieza la ética. Son los demás, es su mirada, lo que nos define y confirma”.
Ahora bien, ¿quiénes son los demás? ¿Quiénes son el otro, la otra, los otros, las otras? Son el rostro, pero no en cuanto fijado en la memoria o en una fotografía, sino como realidad expresiva. Es el rostro del otro, de la otra, el que nos cuestiona e interpela, el que se torna desafío ético para nuestra subjetividad libre, y especialmente el rostro del huérfano, de la viuda y del extranjero, dirá Lévinas, rememorando el mensaje ético de la legislación de la Biblia judía, que supera en radicalidad humanista y hospitalaria a no pocas declaraciones de derechos humanos actuales y, por supuesto, a muchas leyes de extranjería.
El otro, especialmente la persona excluida, marginada, empobrecida, es palabra, solicitud, súplica, que pide respuesta, ayuda, compasión. De ahí emana la responsabilidad para con las demás personas, que no es, por tanto, resultado de un contrato sino fruto de la entrega, de la donación, de colocarse en el lugar del otro. A partir de aquí, Lévinas introduce en su filosofía nuevas categorías que expresan su vertiente prioritariamente ética: rostro, huella, otro, alteridad, cara-a-cara, hospitalidad.
Totalidad e infinito, una de las obras más emblemáticas de Lévinas, es, según Jacques Derrida, “un inmenso tratado de la hospitalidad”. Con dicha categoría se refiere al primer gesto, al primer movimiento en dirección al otro. “Incorporar al Otro en el discurso es (…) recibir de Otro más allá de la capacidad del Yo”. En palabras del mismo Lévinas al final de Totalidad e infinito, la esencia del lenguaje es bondad, amistad y hospitalidad.
También la intencionalidad es hospitalidad, hasta el punto de que no existe intencionalidad sin la acogida del rostro, como tampoco existe acogida del rostro sin rectitud y justicia. Pero la hospitalidad no es una región o una parte de la ética, sino la eticidad misma. El rostro se niega a la posesión, a mis poderes, se resiste a todo apresamiento. La ética es anterior a la ontología y va más allá de ella; es anterior al Estado y a la política y va más allá de uno y otra. El ser humano no puede quedarse encerrado en su conciencia subjetiva, ni ver encallado su impulso de trascendencia “dejando al yo cautivo de sí mismo”
En su obra El retorno del otro, Ángel Gabilondo reflexiona, en continuidad con Lévinas, sobre el retorno del otro como otro, que irrumpe de manera desconcertante e irreductible. “Vuelve de nuevo alguien otro, otro que uno mismo. Otro tan otro que propicia otra amistad, una amistad otra, la del mediodía de la vida, la de la esperanza, más que la de la expectativa, la espera de nuevos amigos”.
La alteridad no es pura identidad, pero tampoco pura diferencia, dice con razón Gabilondo, quien observa que es necesario crear condiciones para el retorno del otro. Solo después de una larga convivencia con el otro, recuerda citando el Banquete de Platón, después de haber intimado con él, de repente, como la luz que salta de la chispa, surge la verdad en el alma y crece espontáneamente.
El cara-a-cara, el encuentro del rostro y la experiencia viva de la existencia del otro están en el centro de la nueva axiología, donde la justicia se convierte en la experiencia de la alteridad absoluta. Hacer la experiencia de ser otro para los otros lleva derechamente a la alteridad y a la no-indiferencia.
Estas reflexiones pretenden contribuir a dejar sin fundamento antropológico la xenofobia, el racismo y la aporofobia, a deslegitimar el discurso del odio y a sustituir dichas actitudes por la hospitalidad, la alteridad, la projimidad, el respeto, el reconocimiento y la no-indiferencia hacia las personas migrantes, refugiadas y desplazadas que llegan a nuestros países huyendo de las dictaduras, las guerras y de la miseria. Son ciudadanos y ciudadanas de un mundo sin fronteras; no podemos negarles su dignidad y derechos.
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