En la Amazonia, Canadá es Darth Vader
Los pueblos indígenas libran una batalla en solitario contra la empresa minera Belo Sun para salvar una de las regiones con mayor biodiversidad de la selva


La imagen de buen mozo que tiene Canadá en el imaginario global se ve en la selva amazónica como si Darth Vader, del lado oscuro de la fuerza de la saga Star Wars, tuviera el título de superhéroe. En este momento, indígenas de diferentes pueblos del Xingú, un afluente del río Amazonas que a veces parece un mar, llevan más de un mes acampados en la oficina de la agencia indigenista brasileña del municipio amazónico de Altamira. Luchan para impedir que la empresa canadiense Belo Sun siga adelante con su proyecto de abrir lo que anuncia como la mayor mina de oro a cielo abierto de Brasil. Si la minera logra vencer la resistencia, construirá (y después abandonará) una presa de 35 millones de metros cúbicos de residuos tóxicos como el cianuro, tres veces el volumen de la presa de la minera Vale, que al romperse en 2019 provocó la muerte de 272 personas.
El oro arrancado de las entrañas de la selva reportará grandes beneficios privados, pero dejará tras de sí impactos irreversibles en el bioma, que crea lluvias, regula el clima y del que depende el planeta para frenar el calentamiento global. Un bioma al que, año tras año, la destrucción acerca cada vez más al punto de no retorno. Para los accionistas, un beneficio estimado de más de 15.000 millones de dólares; para la humanidad, un salto más hacia la extinción.
La Vuelta Grande del Xingú, llamada así porque el río describe allí un meandro de 130 kilómetros, es reconocida como una de las zonas con mayor biodiversidad de la Amazonia. Pero desde 2016, la región se parece cada vez más a un laboratorio del capitalismo en tiempos de colapso. Ese año la hidroeléctrica de Belo Monte —una catástrofe ecológica reconocida internacionalmente— empezó a funcionar y la Vuelta Grande se convirtió en la zona más impactada. No porque haya quedado sumergida, como la mayor parte del territorio afectado, sino porque se secuestra un 80% del agua del Xingú para las turbinas de la central. Eso significa que, para toda la reproducción de la vida, de repente solo quedó un 20% de agua, lo que está provocando el ecocidio del hogar de al menos tres pueblos indígenas, comunidades ribereñas tradicionales y cientos de especies animales y vegetales. Eso es lo que hace el capitalismo, ese lenguaje que separa a los humanos de la naturaleza: convierte uno de los ríos más poderosos de la Amazonia en un grifo ordinario para obtener beneficios privados.
Belo Sun llegó a la Vuelta Grande del Xingú hace más de una década. Todo proyecto predador en la Amazonia empieza con el reclutamiento y la división de las poblaciones locales. En este caso, la presión recayó sobre comunidades que ya venían de sufrir el proceso de precarización y desorganización que provocó Norte Energia, la empresa concesionaria de Belo Monte, y se encontraron debilitadas ante esta nueva fuerza impulsada por grandes cantidades de dinero. Lo que se les repite, día tras día, es que la instalación de la empresa minera es irreversible, que su fuerza es muy superior a la ya mermada capacidad de resistencia de la población local y que, por lo tanto, sería mejor negociar y sacar algún provecho que verse arrollado por un proyecto ya consumado.
Mientras se ejerce presión en el lugar, con indicios claros de truculencia, las batallas en los tribunales siguen su curso, con sentencias que a menudo resultan inexplicables a la luz de la ley. La adhesión explícita de los gobiernos y de parte del poder judicial ha sido decisiva para diseminar la creencia de que no se puede ganar una lucha tan desigual. En el caso de Belo Sun, la decisión está en manos del gobernador de Pará, Helder Barbalho. Anfitrión de la COP30, Barbalho ha intentado mostrarse ante el mundo como un político “verde”, pero sus acciones sobre el terreno revelan otra realidad. La decisión solo se aplica a nivel estatal porque el Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva prefirió lavarse las manos: el Ibama, la agencia medioambiental brasileña, acudió a los tribunales para evitar que la responsabilidad recayera en la esfera federal.
Por el momento no existen estudios consistentes sobre lo que podría ocurrir cuando la canadiense Belo Sun comience a dinamitar las grandes rocas del Xingú, a solo unos kilómetros de la presa de Belo Monte. Dos empresas con la palabra “bello” en el nombre, lo que lleva la violencia al extremo también en el lenguaje.
La destrucción que algunas multinacionales generan en la Amazonia nunca ha estado en el centro de las preocupaciones de los responsables políticos ni del llamado ciudadano común, y mucho menos ahora que Donald Trump tiene al mundo rehén de sus guerras y de las violentas intervenciones dentro y fuera de Estados Unidos. Quienes han vivido en el horror de un gobierno de extrema derecha, como ocurrió en el Brasil de Jair Bolsonaro (2019-2022), saben que la mejor manera de minar la resistencia es mantener a la población en constante sobresalto. La estrategia es antigua, pero sigue siendo eficaz. ¿Por qué preocuparse por una empresa minera canadiense que avanza para devastar una parte de la Amazonia cuando Trump arrasa Oriente Próximo? Porque es necesario.
La destrucción, al igual que la resistencia, es siempre una articulación colectiva. En el caso de la destrucción, el motor son los beneficios personales; en el caso de la resistencia, la calidad de la vida común. Que la primera se imponga sobre la segunda revela la deformación de lo que se ha dado en llamar “civilización”.
Parte de los pueblos indígenas, que siempre han estado al margen de esa supuesta civilización, recuperan la política del bien común en sus luchas contra las grandes corporaciones. En 1989, poco después del fin de la dictadura militar en Brasil, una guerrera del pueblo kayapó llamada Tuire posó su machete en la cara de uno de los directores de la empresa estatal de energía. Esa imagen dio la vuelta al mundo y retrasó al menos 20 años la construcción de Belo Monte. Ahora son las mujeres del pueblo xikrin las que levantan sus machetes contra la canadiense Belo Sun, acompañadas por indígenas de diversas etnias. ¿Hasta cuándo seguirán luchando solas contra Darth Vader? Las luchas por la vida no se dan en el cine, sino sobre el terreno. Y solo tienen alguna posibilidad con un compromiso global.
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