Confinamiento económico
Las lectoras y los lectores escriben sobre la precariedad juvenil, la imposibilidad de conseguir cita en la Administración, la compra responsable y la Semana Santa

Hace tiempo que practico el confinamiento económico, sobre todo el último fin de semana del mes, antes de cobrar la nómina. Llega el viernes y le dices a tu amiga que prefieres descansar y quedarte en casa. El sábado decides dedicarlo a ordenar y limpiar tu habitación, y a adelantar algunos recados que llevas acumulando desde hace semanas. Y el domingo toca hacer deporte y ver una película en casa. Este fin de semana no se sale de la cueva. Que quede claro que este confinamiento no lo hago por voluntad propia: mi sueldo mileurista no da para más. ¿Hasta cuándo voy a estar así? Tengo 26 años y aún vivo en casa de mis padres. Ahorrando la mitad de mi sueldo y destinando el resto a pagarme la carrera universitaria y algunos gastos, no tengo lo suficiente para independizarme. “Ya te llegará”, me dicen, pero cada vez veo más difícil la posibilidad de independizarme en mi barrio, en mi ciudad. Llegaré a los 30 y seguiré practicando el confinamiento económico. mismo plan, distinta excusa. A ver si con suerte me independizo a los 35.
Eva Gómez Varo. L’Hospitalet de Llobregat (Barcelona)
El derecho a tener derechos (si consigues cita)
Hace unos días, fui a un centro de salud en Madrid para cambiar mi médico tras mudarme de barrio. Me preguntaron por qué no había hecho antes el empadronamiento. La respuesta fue simple: durante dos meses no conseguí cita. No fue un caso aislado. Cuando quise inscribirme por primera vez como demandante de empleo tampoco había turnos. Me indicaron que debía conectarme a una hora exacta para intentar conseguir uno. Cuando intenté obtener mi DNI por primera vez, el sistema me pedía ese mismo documento para poder solicitar la cita. Tengo ciudadanía, hablo el idioma y entiendo el sistema. Aun así, fue difícil. La pregunta es qué ocurre con quien llega sin esa red. España reconoce muchos derechos. Pero un derecho que depende de una cita imposible corre el riesgo de volverse meramente formal. A veces la diferencia entre un derecho y un privilegio es conseguir turno.
Ignacio Díaz Prieto. Madrid
Patatas a 1,90
Me envía mi hermana una foto por WhatsApp. En un conocido supermercado se vende el kilo de patatas a 1,90 euros. “Son caras”, respondo. “No es esa la cuestión”, replica ella. Miro atentamente. Origen del producto: Israel. Me siento culpable. Por traicionar al pueblo palestino, a los agricultores españoles, por poder permitirme hacer la compra en un único establecimiento sin necesidad de cotejar precios como tantas familias de este país que no llegan a fin de mes… por traicionar tantos de mis principios. Prometo leer siempre de ahora en adelante la letra pequeña, hasta en el supermercado.
Olga Ruiz Maeso. Ermua (Bizkaia)
Un ratito más
Durante muchos años, la Semana Santa se pasaba en la casa de mis abuelos, en El Toboso. El menú era un ritual casi sagrado, un manjar no apto para todos los paladares: Jueves Santo, potaje, y Viernes Santo, tortilla y bacalao. Aunque valoraba su compañía y la del resto de mis primos y tíos, cuando una es adolescente solo le interesa cumplir con esos compromisos familiares e ir en busca del plan de turno de sus amigos. Me recuerdo insistente, queriendo marchar de allí, pensando que ese plan podía darse en otro momento. Claro, ellos siempre nos esperaban con una sonrisa en la boca y el brasero encendido, fuera el día que fuera. Qué caprichosa es la vida. Este año es el primero sin ellos y ahora sé que el resto de cosas, cualesquiera que sean, podrían esperar con tal de que yo pudiera pasar otro ratito más a su lado.
Pilar Peinado Expósito. Pedro Muñoz (Ciudad Real)
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