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Tribuna

Breves recuerdos de una tragedia incesante

La tribu de la paz está vencida y la política tóxica de Netanyahu vence. Por el momento.

Juan Carlos I con Isaac Rabin y Yaser Arafat en el Palacio de la Zarzuela.

El fallecimiento, hace dos semanas, del historiador palestino Walid Khalidi, a la impresionante edad de 100 años, fue el final de una trayectoria intelectual dedicada a documentar la experiencia palestina y preservar su memoria histórica. Nacido en Jerusalén en 1925, en el seno de una destacada familia palestina de intelectuales, Khalidi fue testigo de la destrucción de su sociedad, primero a manos de la potencia mandataria británica, durante la Revuelta Árabe (1936-1939), y luego durante la Guerra de 1948, que dio paso a la Nakba palestina.

Khalidi contribuyó de forma excepcional a alejar la narrativa palestina de la nostalgia emotiva y vincularla a una labor de escritura histórica meticulosa, lo que le permitió sentar las bases documentales para el estudio de la colonización sionista y la limpieza étnica que acompañó a la creación del Estado de Israel. Sus obras fundamentales, Before Their Diaspora: A Photographic History of the Palestinians, 1876–1948 (1984) [Antes de la diáspora: historia fotográfica de los palestinos, 1876-1948] y All That Remains: The Palestinian Villages Occupied and Depopulated by Israel in 1948 [Lo único que queda: las aldeas palestinas ocupadas y despobladas por Israel en 1948], ofrecen una gráfica reconstrucción del paisaje humano y físico de una patria perdida, con sus aldeas, su vida rural y su vitalidad cultural. La brillante carrera de Khalidi le llevó a ocupar puestos docentes en universidades de prestigio: entre otras, Oxford y varias de la Ivy League, como Harvard y Princeton.

Khalidi era un aristócrata sin título, un artífice de la memoria palestina que, cuando se incorporó a las esferas del poder y la diplomacia —fue asesor especial de la Liga Árabe y en 1991 formó parte de la delegación conjunta jordano-palestina en la Conferencia de Paz de Madrid—, defendió sistemáticamente la solución de los dos Estados como “la única posibilidad conceptual de lograr un compromiso histórico en este conflicto centenario”. Khalidi nunca ocupó ningún cargo en la OLP y se mostró crítico con el liderazgo de Yasser Arafat, en particular por su injerencia desestabilizadora en la política libanesa durante los años setenta y principios de los ochenta.

Fue precisamente en la Conferencia de Paz de Madrid donde lo conocí, poco antes de empezar a introducirme yo también en los corredores del poder político con un propósito similar, el de luchar por la solución de los dos Estados como única salida apropiada para los dos proyectos nacionales, el israelí y el palestino. Qué trágico es que, en el momento de morir Khalidi, la idea de los dos Estados esté más lejos de ser realidad de lo que nunca se habría podido imaginar.

A lo largo de mi trayectoria política, en la que Palestina ha sido siempre una preocupación esencial, conocí a otros miembros destacados del clan Khalidi: el hijo de Walid, Ahmad Samich Khalidi, y su primo, Rashid Khalidi. Rashid fue amigo, colega y vecino mío en el St. Antony’s College de Oxford. Más tarde ocupó la cátedra Edward Said de Estudios de Oriente Medio en la Universidad de Columbia, donde tuve el placer de coincidir con él y dar clases particulares a algunos de sus alumnos durante mi estancia en la cátedra George McGovern de Asuntos Públicos e Internacionales de dicha universidad. Rashid es un combativo historiador del movimiento nacional palestino y los males del sionismo y, en ocasiones, ha asesorado a las delegaciones palestinas que se formaron en distintos momentos cruciales del proceso de paz. Años después de abandonar la política, organizamos entre los dos un grupo de debate en Columbia para aconsejar al senador George Mitchell, a quien, después de su éxito como mediador en el conflicto de Irlanda del Norte, Barack Obama acababa de nombrar enviado especial para el proceso de paz en Oriente Medio.

Por desgracia, la cuestión de Palestina ha podido con todos los mediadores. Es revelador que Mitchell —que, en un discurso ante el Instituto de la Paz de Estados Unidos, afirmó que “no hay ningún conflicto que no pueda resolverse… Lo vi en Irlanda del Norte… y creo que, con diplomacia, perseverancia y paciencia, se puede conseguir en Oriente Medio”—, al final, perdiera la paciencia ante las tortuosas dificultades de la situación de Israel y Palestina y acabara por abandonar su misión.

El hijo de Walid, Ahmad Khalidi, ha dedicado gran parte de sus energías a la diplomacia paralela. Junto con Hussein Agha —a quien me enorgullece considerar un amigo íntimo y mentor—, contribuyó de manera fundamental a impulsar el que terminó siendo el trascendental Acuerdo de Paz de Oslo entre Israel y la OLP, cuya base era el reconocimiento mutuo de los dos movimientos nacionales. En los primeros días del Centro de Paz de Toledo, que fundamos Diego Hidalgo y yo, Ahmad Khalidi y Hussein Agha tuvieron una participación destacada en nuestras deliberaciones sobre la geopolítica de Oriente Medio.

El Ministerio de Asuntos Exteriores español, durante los años en los que Miguel Ángel Moratinos era ministro y Bernardino León su número dos, fue plenamente consciente de la abundancia de conocimientos y perspectivas que generaban nuestros debates. Los fomentaron y los aprovecharon al máximo. En el ministerio pensaban que el acceso de nuestro grupo a los responsables de la toma de decisiones en Palestina y Egipto —incluidos destacados políticos chiíes—, incluso durante la guerra del Líbano de 2006, era un activo con el que merecía la pena trabajar. Durante esos años también trabajamos, en paralelo, en el proceso de paz de Colombia, de la mano de otro artífice del proceso de paz de Irlanda del Norte, Jonathan Powell, hoy consejero de seguridad nacional de Keir Starmer. Nuestra labor culminó con el placer de acompañar al presidente Juan Manuel Santos a la ceremonia en la que le entregaron el Premio Nobel de la Paz.

La tragedia de nuestras vidas es que la historia de Palestina no ha tenido un final tan feliz y sigue siendo una herida abierta, una causa que la comunidad internacional solo recuerda cuando se derrama sangre. El porqué tendrán que averiguarlo los historiadores. Pero la historia la escriben las personas y los líderes. Walid Khalidi pertenecía a un clan de intelectuales ilustrados que comprendían la naturaleza del conflicto —pese a todas sus injusticias— como una tragedia hegeliana, un choque entre reivindicaciones morales tan justificadas una como la otra, que podría resolverse mediante la actuación del héroe trágico. En las décadas de 1930 y 1940, los momentos fundamentales de encrucijada del conflicto, los héroes trágicos eran escasos. Los clanes palestinos “posibilistas”, como los Khalidi y los Nashashibi, quedaron marginados frente al poder de los Husseini, encarnado en las políticas autodestructivas del muftí de Jerusalén, Hadj Ain el Husseini, un fanático religioso que se alió con Hitler y rechazó una y otra vez cualquier propuesta de paz procedente de la ONU o de la potencia mandataria británica. Hay una línea directa que une la estrategia autodestructiva del muftí de entonces y la de Hamás en la actualidad.

Y, cuando terminó la guerra de 1948, los israelíes victoriosos borraron el recuerdo de Palestina. La alternativa era reconocer que el noble sueño judío de tener un Estado propio estaba mancillado por la imperdonable injusticia cometida contra una nación desheredada. Muchos años después, Isaac Rabin, un general convertido en audaz pacificador, en el héroe trágico de Hegel, murió asesinado por un fanático religioso. Tuve la ardua experiencia de intentar mantener vivo el legado de nuestro amigo asesinado. Seis meses después, en Camp David, con los parámetros de la paz mediada por Clinton, y más tarde, en un último esfuerzo que encabecé yo en Taba para intentar salvar la paz, llegamos a estar más cerca que nunca de descifrar el código genético del conflicto entre Israel y Palestina. Pero no lo conseguimos. Descubrimos, para nuestra desgracia, las diferencias entre la visión que tienen los israelíes (y los estadounidenses en general) y los palestinos (y los árabes en general) del futuro. Para los primeros, hay que construir una nueva realidad desde cero; para los segundos, el futuro empieza por corregir las injusticias del pasado, las que Walid Khalidi documentó con tanto detalle.

Es imposible comprender la política tóxica de la era Netanyahu sin ser conscientes de que, aunque nosotros fracasamos estrepitosamente a la hora de configurar el Estado palestino, el ascenso de la derecha lo impidió del todo. La tribu de la paz está vencida y el poder emocional de las negociaciones de paz ya no basta para reunirla, ni mucho menos para ampliarla. El vacío emocional que hemos creado con la derrota de la cultura de la paz lo ha llenado una tribu nueva que se alimenta de las decepciones del proceso de paz. No obstante, es posible que, después de todo, George Mitchell tuviera razón y que no exista ningún conflicto que no pueda resolverse. Nosotros tenemos la responsabilidad de no darnos nunca por vencidos en esta tarea.

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