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tribuna

Populismo teológico en Irán: resistencia y martirio

La República Islámica no ha traído la liberación de los iraníes, sino que les ha ido exigiendo sacrificios cada vez mayores en aras de una resistencia quijotesca contra la hegemonía occidental

Una mujer porta una foto del líder supremo iraní, Ali Jameneí, durante el funeral de ministro de Inteligencia, Esmail Jatib, y su familia, el pasado viernes en Teherán. ABEDIN TAHERKENAREH (EFE)

La ideología de la República Islámica de Irán se suele calificar, erróneamente, como reaccionaria o ultraconservadora. El islamismo iraní, sin embargo, es fruto de una amalgama ideológica alejada del conservadurismo o tradicionalismo. Se trata de una reinterpretación política, impregnada de una retórica marxista, de las creencias y tradiciones del chiismo duodecimano. Una “Teología de la Liberación” islámica.

El Occidente liberal, capitalista y secular heredero de la Ilustración, era visto por los revolucionarios iraníes que triunfaron en 1979 como una amenaza para la cultura y la religión de su país. Desde su perspectiva, la explotación económica y la dominación política occidental iban precedidas de un imperialismo cultural basado en las pretensiones de normatividad y universalidad de las ideas y valores occidentales. En los años sesenta y setenta del siglo pasado, varios intelectuales como Ahmad Fardid, Yalal Al-e Ahmad o Alí Shariatí, acuñaron y popularizaron términos como amrikazadegi (americanosis, la intoxicación cultural estadounidense), gharbzadagi (occidentosis, la intoxicación cultural occidental), mashinzadegi (mecanosis, el culto a la máquina y la tecnología) o fokoli (apelativo despectivo para los urbanitas occidentalizados, vistos como quintacolumnistas del imperialismo cultural occidental).

Un islam convertido en una religión de protesta y negación era la mejor vacuna contra la infección occidentalizadora, que lamina toda autenticidad cultural y espiritual y deja tras de sí una sociedad desarraigada, individualista, materialista y entregada al hedonismo. Irónicamente, esta crítica a la modernidad occidental se nutrió de las ideas de filósofos occidentales, desde Herder hasta Heidegger. Pero el islam, para servir de escudo frente a la modernidad, debía ser politizado. Para los revolucionarios iraníes, el islam conservador era una reliquia fosilizada, inofensiva y domesticada, recluida en rezos y rituales. El islam que buscaban era una religión militante, de combatientes y mártires. Un chiismo emancipador centrado en la instauración de la justicia divina en este mundo. La liberación espiritual solo podía ir de la mano de una liberación política. El creyente no podía permanecer impasible ante los abusos terrenales. En esta lectura de la fe, Mahoma y los imanes no solo lucharon y murieron por el más allá, sino también, como afirmó Jomeini, para acabar con los tiranos de este mundo. El arquetipo del verdadero musulmán es el guerrero (mujahid) y no el jurista (mujtahid).

Una vez constituida, la República Islámica se presentó como un baluarte de resistencia que decía “no” al imperialismo occidental. Al contrario que la monarquía Pahleví, a la que denunció como un agente facilitador de la explotación cultural y económica estadounidense, la República Islámica se concebía a sí misma como un régimen de los oprimidos (mostazafin) contra los opresores (mostakberin) en una lucha global por erradicar la idolatría y la tiranía.

Los clérigos revolucionarios ahondaron en esta reinterpretación del chiismo. Rama minoritaria del islam, el chiismo duodecimano imperante en Irán sostiene que, tras la muerte de Mahoma, hubo 12 sucesores legítimos, conocidos como imanes. Pertenecientes al linaje del profeta y escogidos por Dios, actúan como mediadores entre la humanidad y la divinidad. En la República Islámica, especialmente en momentos de crisis como la larga guerra contra Irak (1980-1988), se fomenta la figura del tercer imán, Husáin ibn Alí, para movilizar a la población. En el año 680, la negativa de Husáin a someterse al califa Yazid le llevó a abrazar el martirio en Kerbala. Husáin y sus seguidores prefirieron morir en combate antes que rendirse al califa. La República Islámica ha reivindicado la figura de Husáin como modelo de conducta para los chiitas. En la guerra con Irak, cientos de miles de niños y adolescentes fueron reclutados para ser lanzados, desarmados y sin entrenamiento, contra las trincheras iraquíes en operaciones suicidas. Se les dieron llaves de plástico que simbolizaban su pronta entrada en el paraíso. Sus retratos adornaron durante años calles, tiendas y viviendas. Husáin se convirtió en una invitación a la lucha revolucionaria y al sacrificio final. “Ser musulmán es ser rebelde”, afirmó Shariatí. Por su parte, Jomeini aseguró que “el árbol del islam necesita de la sangre de los mártires para crecer”.

Esta ideología comenzó a diluirse en los años noventa del pasado siglo. Desde entonces, el desencanto ha ido permeando en una sociedad iraní que mira con desdén las llamadas a la lucha y el martirio. La República Islámica no ha traído la liberación ni la emancipación de los iraníes, sino que les ha ido exigiendo sacrificios cada vez mayores en aras de una resistencia quijotesca contra la hegemonía occidental. Mientras los ciudadanos se ven prisioneros de un bucle ideológico-religioso agotado, miran con deseo el progreso de las monarquías árabes al otro lado del Golfo Pérsico, simbolizado por la construcción de ciudades futuristas abiertas al comercio y el turismo. El empobrecimiento y aislamiento de Irán no han hecho más que contribuir al descrédito de la doctrina que impulsó la creación de la República Islámica. Hoy, para una mayoría de iraníes, los verdaderos mártires y resistentes no son los guardianes de la revolución que luchan y mueren defendiendo un proyecto hegemónico en Irak, Siria, Líbano o Yemen, sino los manifestantes que son masacrados por el régimen en las calles de Irán.

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