El crudo y la cruda geopolítica
Europa debe ser más asertiva y ambiciosa porque la alternativa es la decadencia y la marginación

Se diría que la guerra en Ucrania, iniciada hace justo cuatro años por un sanguinario dictador, Vladímir Putin, ha dejado casi de existir desde que Estados Unidos decidió intervenir en los asuntos internos de Venezuela derrocando y deteniendo a su presidente, Nicolás Maduro, otro dictador con las manos manchadas de sangre. Y sobre todo desde que, en comandita con Israel, inició el pasado 28 de febrero una guerra de imprevisibles consecuencias para el mundo contra la República Islámica de Irán, país este en manos de una recua de ayatolás igualmente asesinos, que no han dudado en masacrar salvajemente a sus conciudadanos disidentes desde que llegaron al poder en 1979.
El caso es que la mortífera guerra en Ucrania sigue, para desgracia de los ucranios, y sigue constituyendo un riesgo existencial también para la propia Unión Europea, si no se consigue evitar que Rusia se quede por la fuerza de las armas con otra parte del territorio ucranio, como ya hizo con Crimea en marzo de 2014, ¿por qué no mañana hacer otro tanto con uno o varios de los Estados bálticos o Polonia o cualquier otro Estado limítrofe que el zar moscovita crea que deben volver a formar parte de su delirante Rusia imperial?
Me temo que el intento de algunos en establecer diferencias éticas entre la agresión rusa de Ucrania (¿y quizás pronto la de China contra Taiwan?) y la de Estados Unidos en Venezuela y ahora en Irán es inútil, además de cínico, al pretender justificar estas últimas “operaciones” como tendentes a acabar con regímenes dictatoriales indeseables (lo que no sería el caso de Ucrania). No por azar, en Caracas siguen en el poder (eso sí, bajo tutela americana) los mismos que ya gobernaban ilegítimamente con Maduro, pese a que usurparon las ultimas elecciones legislativas, y es que lo que realmente importa a Estados Unidos es quedarse con los ingentes recursos petrolíferos del país caribeño, cortar el flujo de petroleo a Cuba (su próximo y ya anunciado objetivo) y, de paso, dificultar el acceso de China (la verdadera obsesión de la administración Trump) a dicho petróleo. De la democratización del régimen y de derechos humanos ya hablaremos, si acaso, otro día.
Estados Unidos se ha metido, junto con Israel, en una guerra en la que ni ellos mismos saben cómo ni cuándo van a poder salir, ni el coste en vidas y en posibles tsunamis financieros que vamos a padecer todos, no solo los agresores. ¿Hay quien pueda tener dudas de que si mañana Estados Unidos pudiese encontrar una “Delcy iraní”, esto es, un barbudo ayatolá dispuesto a llegar a un cese de hostilidades y a abrir el acceso de las grandes petrolíferas USA a los pozos de petroleo iraníes (cuarto país del mundo en cuanto a reservas de oro negro acumuladas), las ansias de democracia y laicismo de los sufridos iraníes serian irrelevantes para el inquilino de la Casa Blanca? Seamos realistas, ni el recién designado (que no elegido democráticamente) líder supremo Mojtaba Jameneí irá por ese camino, ni estamos hablando aquí de derechos humanos, sino de poder (de nuevo el petróleo) y geopolítica (de nuevo la necesidad, entre otras, de impedir la llegada masiva de crudo iraní a China y dañar así su economía, cada día más resiliente y difícil de controlar).
Se diría que la historia se ha acelerado (suponiendo que eso sea posible), o que ha quebrado sin más el mundo relativamente previsible que emergió tras la Segunda Guerra Mundial, los acuerdos de Breton Woods de 1944, la conferencia de Yalta en 1945 y la propia creación en 1957 de la CEE, embrión de lo que hoy es la Unión Europea. Un mundo basado, mal que bien, en el respeto de una cierta legalidad internacional y en una Carta de Naciones Unidas que aún hoy excluye taxativamente el uso de la fuerza para arreglar las diferencias entre los Estados firmantes. Un mundo que ha dado paso ahora a otro en que las llamadas superpotencias deciden qué países y qué áreas de influencia caen bajo su égida y en el que, en base a su poder militar, dictan las pautas a seguir por esas naciones por las buenas o, como estamos viendo ahora, por la fuerza bruta de las armas.
Y en este contexto internacional, tan disfuncional como peligroso, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en un relevante y, para algunos finos paladares, polémico discurso al Cuerpo Diplomático de la UE el pasado 9 de marzo, vino a decir que Europa ya no puede ser la única que apueste por el viejo orden mundial que otros se han encargado de hacer desaparecer y que, nos guste o no, no volverá. Europa siempre favorecerá el sistema basado en normas internacionales, añadió, pero ya no podemos confiar en él como única forma de defender nuestros intereses, ni asumir que sus preceptos nos protegerán de las complejas amenazas que enfrentamos como europeos.
Vamos sí o sí (la alternativa es la decadencia y la marginación de nuestro continente) hacia una nueva Europa mas asertiva y ambiciosa, que debe avanzar apoyándose en tres ejes fundamentales: una política de seguridad y defensa digna de ese nombre y que controlemos los propios europeos, capaz de proteger y defender nuestro territorio, nuestra economía y nuestra forma de vida sin recurrir a paraguas militares aleatorios de terceros; una ambiciosa política comercial e inversora con nuestros socios (cualesquiera que sean, no solo ni necesariamente EE UU) centrada en los intereses de la Unión Europea y, por último, una diplomacia que, combinada con nuestra capacidad de defensa autónoma, garantice nuestra presencia en las mesas donde se negocian y deciden los grandes asuntos de este mundo, lo que no es el caso aún hoy.
Conseguir estos objetivos es impensable sin reformar los procesos de decisión europeos en cuestiones de política exterior y de seguridad, esto es, transitando desde la paralizante unanimidad hoy requerida a la mayoría cualificada en este ámbito, para permitir a la UE (o al menos a los Estados miembros más proclives) avanzar en la senda de una Europa más ágil e integrada, antesala de una estructura federal digna de ese nombre y no a una “Europa de las Naciones” tan querida de los euroescépticos de diverso pelaje ideológico y origen (empezando por EE UU), como inoperante en el mundo de bloques, superpotencias y ruido de sables en el que ya estamos.
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