Una imposibilidad de clase III
Quizá erradicar la estupidez humana sea algo absolutamente inviable porque viola las leyes de la física

El físico Michio Kaku divide las cosas imposibles es tres clases muy distintas. Las imposibilidades de clase I, las más arrabaleras, son tecnologías que hoy no están a nuestro alcance, pero que no violan ninguna ley de la naturaleza. Por ejemplo, la teleportación al estilo de Star Trek, por la que el capitán Kirk y el señor Spock desaparecen de su nave y aparecen instantáneamente en el planeta de abajo, es irrealizable con la tecnología actual, pero no desobedece ningún principio cuántico, y de hecho ya se puede hacer con partículas sueltas. El único problema es que el capitán Kirk y el señor Spock están hechos de demasiadas partículas para nuestros prehistóricos ordenadores actuales, pobres míos. Pero algún día será posible, a menos que llegue antes un cazurro de Nueva York y se cargue el planeta Tierra directamente. De hecho, la Estrella de la Muerte de Star Wars, que se dedica precisamente a destruir planetas, es otra mera imposibilidad de clase I.
Más serias son las imposibilidades de clase II, cuya física subyacente está justo en la frontera del conocimiento actual, de modo que no resulta fácil saber ahora mismo por dónde pueden tirar, si es que pueden tirar por algún lado. La máquina del tiempo entra en esta categoría. Me refiero a una máquina que viaje al pasado, desde luego, porque viajar al futuro está tirado: te vas con tu cohete a las proximidades de un agujero negro y, cuando vuelves a la Tierra, para ti ha pasado un año y para nosotros un siglo. Esto se debe a que el fuerte campo gravitatorio del agujero negro ralentiza el tiempo, como descubrió Einstein en 1915. Viajar muy deprisa también lo ralentiza, y por eso los pasajeros de un avión envejecen más lento que los que se quedan en tierra firme, pero el efecto es muy modesto y, como señaló Stephen Hawking, queda más que compensado por la comida que te ponen las aerolíneas. ¿Pollo o pasta? Qué tueste.
Estas imposibilidades de clase II son las favoritas de los autores de ciencia ficción. El tema del agujero negro y el viaje en el tiempo, por ejemplo, es el núcleo argumental de Interestellar, de Christopher Nolan, que es, por cierto, la única película que cuenta con un Premio Nobel entre sus productores ejecutivos, el físico Kip Thorne. De hecho, la película es de 2014, y Thorne no recibió el Nobel hasta tres años más tarde, aunque no por el viaje en el tiempo, sino por el descubrimiento de las ondas gravitacionales. Otra imposibilidad de clase II es el viaje a través de agujeros de gusano, o puentes Einstein-Rosen, unas estructuras matemáticas que, en teoría, pueden conectar dos regiones muy alejadas del espacio. También aparecen en Interestellar, pero debutaron en el cine mucho antes, en Contact, dirigida por Robert Zemeckis en 1997 y basada en una novela de Carl Sagan de 1985. Sin recurrir a los agujeros de gusano, los viajes interestelares durarían tanto que no cabrían ni en una de esas películas de tres horas que se llevan ahora.
De manera que, cuando uno dice que algo es imposible, se refiere más bien a una imposibilidad de clase III. Son las tecnologías que violan de manera flagrante las leyes de la física tal y como las conocemos hoy. Curiosamente, no hay muchas de estas. Kaku solo cita dos, y una de ellas es la precognición. Tiene gracia que la cosa más imposible que se le puede ocurrir a uno de los físicos más audaces de nuestro tiempo sea justo la que cualquier religión, superstición o bruja de feria da por hecha, y por la que millones de personas están dispuestas a pagar un dinero que no tienen. Quizá otra imposibilidad de clase III sea erradicar la estupidez humana. De ser así, tenemos Trump para rato.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.





























































