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Tribuna

Putin, Netanyahu, Trump y las rimas de la historia

Como ocurrió hace un siglo, algo se ha roto en los últimos años tras décadas de primacía de la política y de la diplomacia

El presidente de EE UU, Donald Trump, y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en una foto de archivo. DPA vía Europa Press (DPA vía Europa Press)

En los años veinte del siglo pasado, muchos escritores, políticos, profesionales y burgueses compartieron un sentimiento de tristeza y desilusión. La I Guerra Mundial había transformado el orden internacional establecido e inaugurado un periodo de inestabilidad política y económica de terribles consecuencias. “Las viejas certezas se perdieron y comenzó la Era de la Incertidumbre”, escribió décadas después el economista John K. Galbraith.

La crítica a la democracia ganó terreno tras los desastres de la guerra y con el miedo a la revolución y al comunismo que llegaban desde Rusia. La I Guerra Mundial contempló el primer intento de construir una coalición de potencias liberales. No salió bien y el precio de ese fracaso dejó pequeños todos los cálculos posibles, porque, a comienzos de los años treinta, abrió una ventana de oportunidades por la que se colaron políticos agresivos que metieron al mundo en un brutal caos.

La incapacidad del orden capitalista liberal para evitar el desastre económico hizo crecer el extremismo político, el nacionalismo violento y la hostilidad al sistema parlamentario. La cultura del enfrentamiento se abría paso en medio de una falta de apoyo popular a la democracia. Los extremos dominaban al centro y la violencia a la razón.

La Unión Soviética inició un programa masivo de modernización militar e individual que la colocaría a la cabeza del poder militar durante las siguientes décadas. Por las mismas fechas, los nazis, con Hitler al frente, se comprometieron a echar abajo los acuerdos de Versalles y devolver a Alemania su dominio. Como consecuencia de ello, ambos países crearon, en palabras de Richard Overy, “algo que se aproximaba a una economía de guerra en tiempos de paz”.

Pero lo que realmente cambió el escenario de la política internacional fue la llegada de Hitler al poder. El tradicional militarismo prusiano fue aderezado de doctrinas fascistas todavía más agresivas y el resultado fue explosivo. La rapidez con la que Hitler aupó a Alemania desde esa posición de debilidad a una superpotencia militar fue extraordinaria, pero contó con la permisividad absoluta de las potencias democráticas. La Liga de Naciones, la organización internacional creada en París en 1919 para vigilar la seguridad colectiva, la resolución de las disputas y el desarme, fue incapaz de prevenir y castigar esas agresiones, mientras que los gobernantes británicos y franceses pusieron en marcha la llamada “política de apaciguamiento”, consistente en evitar una nueva guerra a costa de aceptar las demandas revisionistas de las dictaduras fascistas.

Hitler percibió esa actitud de las democracias como un claro signo de debilidad y siempre prefirió lograr sus objetivos con acciones militares unilaterales, modestas al principio y no demasiado amenazantes, que enzarzarse en discusiones diplomáticas multilaterales. Un grupo de criminales que consideraba la guerra como una opción aceptable en política exterior se hizo con el poder y puso contra las cuerdas a políticos parlamentarios educados en el diálogo y la negociación.

Algo se ha roto en los últimos años, con Putin, Netanyahu y Trump, tras décadas de primacía de la política y de la diplomacia. La defensa de la democracia fue puesta a prueba con la invasión de Ucrania, el genocidio en Gaza y ha llegado un punto de difícil retorno con el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán. El sentimiento popular antibélico se bloquea con propaganda, miedo y mentiras, con la idea de que una gran guerra es de nuevo muy posible. Las armas sustituyen a los adelantos alcanzados en el ámbito de la ciencia, el conocimiento y la educación. El pacificador Trump destruye la democracia en su país y protege a los países de Oriente Próximo que llevan años enriqueciéndole a él y a su familia.

Detrás de esas ideologías y proyectos hay individuos, hombres, que toman decisiones concretas y estratégicas, al margen de los parlamentos y el derecho internacional. El culto a esos líderes es aceptado por una parte sustancial de la población, que ve en ellos seguridad frente al desorden y el acoso del enemigo. Y entre las víctimas se encuentran cientos de miles de mujeres y niños, que sufren más que nadie la arbitrariedad e inseguridad de las ocupaciones, bombardeos, deportaciones, el hambre y las epidemias.

Trump quiere súbditos y vasallos en su juego, no estadistas internacionales que le discutan sus fechorías guerreras. Gente que ayude en la cocina, mientras que él y los suyos disfrutan en el salón.

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