La regularización es solo el principio
El impacto económico del proceso extraordinario solo se desarrollará en su plenitud con políticas activas y eficaces de integración
Para una persona migrante, la regularización significa mucho más que un permiso administrativo. Significa poder firmar un contrato, cotizar, alquilar una vivienda sin miedo y empezar a planificar el futuro. Para muchas empresas, supone poder cubrir vacantes que llevan tiempo abiertas. Y para la economía, significa sacar trabajadores de la informalidad y acercarlos al mercado laboral formal. Por eso, el anuncio hace unos días de una nueva regularización extraordinaria ha reabierto el debate sobre la política migratoria en España. Sin embargo, más allá del número de personas afectadas o del calendario de la medida, hay una pregunta más importante desde el punto de vista económico: ¿qué ocurre después de la regularización? El último Informe Económico de España de la OCDE subraya que la regularización puede facilitar la transición del empleo informal al formal, pero advierte de que su impacto económico depende de que vaya acompañada de políticas de integración eficaces.
España está envejeciendo rápidamente. Cada vez hay menos personas en edad de trabajar y más jubilados. Al mismo tiempo, sectores como los cuidados, la hostelería, la agricultura o la construcción enfrentan dificultades crecientes para encontrar mano de obra. En este contexto, la inmigración ha sido clave para sostener el empleo y el crecimiento en los últimos años. Una parte muy significativa de los nuevos puestos de trabajo ha sido ocupada por personas migrantes. Sin ellas, las tensiones en el mercado laboral serían hoy mucho mayores. Pero el reto ya no es solo atraer trabajadores. El verdadero desafío es cómo se integran en el mercado laboral y qué tipo de empleos acaban desempeñando.
La mayoría de las personas migrantes en España encuentran empleo con relativa rapidez. El problema es que demasiadas lo hacen en condiciones precarias, en la economía informal o en trabajos muy por debajo de su nivel de cualificación. Esta situación tiene costes claros para los propios trabajadores, que quedan atrapados en empleos inestables; para las empresas, que no aprovechan plenamente las competencias disponibles, y para el conjunto de la economía, que pierde productividad y recaudación.
La regularización ayuda a romper este círculo, porque permite pasar del empleo informal al formal. Es un paso necesario. Pero no garantiza por sí sola mejores trayectorias laborales. La clave está en la integración. Sin políticas activas que acompañen a la regularización, el riesgo es claro: formalizar empleos de baja calidad sin mejorar las oportunidades reales de progreso.
Persisten obstáculos bien conocidos: dificultades para acceder a formación lingüística desde el inicio; procesos largos e inciertos para reconocer títulos y competencias adquiridas en el extranjero; escasa orientación laboral y apoyo en la búsqueda de empleo, y una burocracia que retrasa el acceso a mejores oportunidades. Como señala la OCDE, sin avances en estos ámbitos, muchos trabajadores migrantes permanecen sobrecualificados y con escasas posibilidades de movilidad laboral, incluso cuando acceden al empleo formal.
Hay, además, una dimensión que suele quedar fuera del debate inmediato: la segunda generación. El verdadero impacto económico de la inmigración no se mide solo en el corto plazo, sino en si los hijos de las personas migrantes logran integrarse plenamente en el sistema educativo y en el mercado laboral.
España ha avanzado, pero siguen existiendo brechas en el rendimiento educativo, en la transición de la escuela al trabajo y en los primeros empleos. Si estas desigualdades se cronifican, se pierde una parte importante del potencial de crecimiento futuro y se debilita la cohesión social. Invertir en educación, apoyo lingüístico, orientación académica y formación profesional no es solo una cuestión de equidad: es una apuesta económica a largo plazo.
La regularización puede ser una herramienta útil en una economía que envejece y necesita trabajadores. Pero su eficacia depende de que forme parte de una estrategia más amplia, que combine integración laboral, reconocimiento de competencias, políticas activas de empleo y un sistema migratorio más predecible y alineado con las necesidades reales del mercado de trabajo. Convertir la regularización en una palanca de crecimiento y cohesión exige mirar más allá del anuncio. Regularizar es un primer paso. Integrar es lo que marca la diferencia.
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