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Tribuna

En defensa de Felipe

Más allá de los fragmentos virales en redes, hay un hombre fundamental en la modernización de España, con experiencia de Gobierno y una profunda preocupación por el país

El expresidente del Gobierno Felipe González.Claudio Álvarez

Si me permiten, voy a utilizar esta tribuna para hacer algo que no es muy frecuente: hablar bien de alguien. Ya sé que no es muy común y voy, en gran medida, contracorriente. Pero siempre he creído que el talante y la educación es una actitud ante la vida. En los últimos años, Felipe González se ha convertido en una figura controvertida: le aplauden quienes nunca le votaron y le critican con bastante acritud quienes forman parte de su tribu. Los primeros me interesan bastante poco: muestran una actitud más bien cínica. Si Felipe González se presentara mañana a unas elecciones, no tengo ninguna duda de que ejercerían el tono bronco y despectivo contra él. En cambio, me preocupan profundamente aquellos que forman parte de la que también es mi tribu: los socialistas. Siempre he pensado que las sociedades necesitan referentes; son espejos en los que nos miramos. Su ejemplo inspira comportamientos y actitudes. Y Felipe González no es cualquiera. En mi opinión, es una de las personas más relevantes en nuestra historia más reciente. Y si me lo permiten, me cuesta pensar en alguien que haya tenido un impacto e influencia similar en nuestro país en los últimos 250 años.

Comencemos por el principio. Felipe González no recoge un Partido Socialista como el que conocemos en la actualidad. Tras la Guerra Civil, el PSOE está profundamente dividido y camino del exilio. Los dirigentes que no murieron, en los pelotones de fusilamiento o en la cárcel, tuvieron que comenzar nuevas vidas en el extranjero. Conforme iban pasando los años, ese Partido Socialista no solo menguaba, sino que su mirada sobre el pasado cambió. El PSOE era una organización tan pequeña que su relevancia, tanto en la sociedad como en el exilio, eran más bien modestas. Hasta que no llegó una nueva generación liderada por Felipe González, el Partido Socialista no adquirió la significación que hoy tiene. Bajo su liderazgo, el PSOE pasó de ser un partido de minorías a uno de mayorías.

Las políticas de sus gobiernos son las que sentaron las bases del estado del bienestar que hoy disfrutamos: un sistema sanitario envidiado por otras democracias; una educación universal y gratuita hasta los 16 años; un sistema de pensiones que cubre numerosas situaciones, desde la viudedad a la orfandad o la jubilación… Sus gobiernos también modernizaron nuestra economía y la hicieron más competitiva. Bajo su mandato ingresamos en la Unión Europea, se modernizaron las fuerzas armadas, se comenzó a descentralizar este país… Y así podría seguir con una larga lista de logros que nos hacen sentir a todos muy orgullosos. También hubo errores, desde luego. Y de ellos se ha hablado en abundancia. Yo comprendo que a la derecha no les guste recordar todo lo positivo que significó la obra política de Felipe González, pero me cuesta comprender por qué la izquierda no lo repite con más frecuencia.

Si hoy alguien escucha algunas de sus conferencias enteras, no los 20 segundos que nos ponen en alguna red social o en alguna de las múltiples cuentas de Internet que dedican gran parte de su tiempo a desinformar, no encontrará un Felipe González distinto. Baste como ejemplo su último desayuno en el Ateneo. En él mostraba una gran preocupación por la necesidad de seguir aprobando un escudo social cinco años después del fin de la pandemia de covid. Pero no porque esté en contra de estas medidas, sino porque resulta intrigante que no hayamos combatido de forma más decidida la desigualdad y la pobreza en los últimos cinco años, para tener que seguir apoyando en 2026 lo que hubo que hacer en medio de una pandemia. Por lo tanto, es un referente profundamente preocupado por la desigualdad de nuestro país. U otro ejemplo: en sus conferencias y en los trabajos que hace su fundación, lleva años alertando sobre los incendios de quinta generación. Un fenómeno del que casi no se habla ya y que en unos meses, desafortunadamente, volverá a la esfera pública.

Así, son muchos los que opinan y desinforman sin haberle escuchado más allá de unos pocos segundos. Pero al margen de este comportamiento, me gustaría ir más allá. Nuestras democracias se sustentan sobre un principio básico: la libertad de opinión. Sin libertad para opinar, nuestra democracia será menos democrática. Si mandamos callar o cancelamos a alguien, estamos dañando a nuestra democracia, porque atentamos contra uno de los principios básicos sobre los que se asientan nuestras sociedades desde la Ilustración. El derecho a discrepar no es un derecho menor. De hecho, es uno de los derechos más importantes que hay en una democracia, tal y como nos recuerda Bernard Manin en Los principios del gobierno representativo.

¿Se imaginan que en 1979 la dirección del PSOE hubiera prohibido dar su opinión a los militantes y dirigentes que defendían la inclusión del marxismo en el ideario del partido? ¿O que alguien durante la Transición hubiera dicho que las opiniones de Enrique Tierno Galván, Dolores Ibárruri o Rafael Alberti no eran válidas porque eran muy mayores y representaban a otra generación? No solo cancelar o manipular las ideas de las personas que no piensan como nosotros es poco democrático; lo que se espera de la discusión pública es el contraste de ideas o argumentos, no poner sobre la mesa descalificaciones y reproches.

Siempre que he escuchado y he leído a Felipe González, le he visto profundamente preocupado por los principios de la democracia y de la igualdad. Porque en política, la lealtad es con unos valores y con unos principios, no con unas siglas o unas personas. De hecho, las personas estamos de paso y lo que siempre queda son nuestros actos y los principios que los inspiraron. Exigir lealtades inquebrantables hacia personas, sin la posibilidad de discrepar, es más bien propio de sistemas poco democráticos. De hecho, lo que nos convierte en ciudadanos de una democracia es la posibilidad de expresar libremente lo que pensamos y no sufrir represalias o persecución por ello.

Me cuesta comprender que nos hagamos daño a nosotros mismos, menospreciando a aquellas personas a las que debemos tanto. Nadie exige que haya que compartir al cien por cien las ideas de Felipe González. De hecho, es sano discrepar de algunos de sus argumentos. Pero lo mínimo que se espera de una democracia es que se respete la libertad de opinión y que cuando alguien pone sobre la mesa un debate, la respuesta no sea la descalificación, sino contraponer mejores argumentos.

Si hay un consenso cada vez más extendido, es que el centro de gravedad de la política española se está desplazando hacia la derecha ideológica. Evitar este destino no es una tarea de unos pocos, sino de todos los que nos consideramos progresistas. Imponer el silencio no es la solución, porque el problema no es ni de relato ni de comunicación, sino de proyecto político. Algo que se aprende con la edad es que casi todo ha sucedido antes en otro tiempo y en otro lugar. No es la primera vez que se deshumaniza a un presidente del Gobierno o que se polariza nuestra política para ganar unas elecciones. Pero la respuesta no es deshumanizar a figuras como Felipe González, artífice de los mejores momentos de la historia de España y del PSOE. Con un mínimo de documentación, uno descubre que Felipe González lleva toda una vida defendiendo los mismos principios y los mismos valores. Y con ello no quiero decir que cambiar de opinión esté mal. Si la izquierda quiere volver a ser mayoritaria, quizás debería escuchar con más atención a los liderazgos que lo hicieron posible durante 14 años.

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