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Columna

Fascismo

Cómo se le ocurre a nadie regular la ética y las especulaciones de los oligarcas

Un maestro de la poesía vivió en un piso muy alto de una Torre en la calle Princesa. A veces necesitaba negociar con las demandas de la vida en el ascensor. Me contó el secreto de que había aprendido a orinar en una esquina del artilugio vecinal para evitar que la lluvia amarilla de su otoño le cayese en los pantalones. Heredero de la gran poesía, después de una mala noche, decidí hacer lo mismo al regresar a casa. Me apoyaba la libertad de la lírica, el poder de las palabras. Pero el ascensor de mi casa tiene las puertas de cristal, y tuve la mala suerte de que una vecina me descubriese y subiera hasta mi piso para insultarme. Mientras abría la puerta de mi casa, le llamé fascista, un verdadero peligro para la libertad, quería cortarme el derecho de mear en un ascensor. Qué falta de respeto a la poesía.

Cuando entré en mi despacho, dispuestos a escribir sobre lo que cabe en las palabras, los sentidos y los contrasentidos de sus usos, me encontré encima de la mesa una carta de la Dirección General de Tráfico. Me ponían una multa por haberme saltado un stop en la carretera de la Coruña. ¡Fascistas! Vivo en un país de fascistas, no me dejan recorrer los mapas con mi velocidad y a mi capricho. Lo peor es que había otra carta de mi editorial. Habíamos quedado en un adelanto por la publicación de mi próximo libro y comprobé que en la factura me hacían una reducción por culpa de los impuestos. Qué fascistas son los impuestos, la necesidad de pagar a la hacienda pública, eso sí que es una continua meada sin stop, un autoritarismo, un ataque a la inspiración.

El fascismo no me deja mear en ascensor, me impone la forma de conducir el coche y me cobra impuestos. Sus mentiras hablan de convivencia vecinal, seguridad en el tráfico y sanidad pública. Vaya escándalo, cada vez entiendo más a los oligarcas de la tecnología; cómo se le ocurre a nadie regular la ética y las especulaciones de sus negocios.

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