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Columna

Los fuegos fatuos del Gobierno

El Ejecutivo finge tener un proyecto más allá de la permanencia en el poder

Lo único que cuenta es la ilusión. Hace unas semanas el Ejecutivo anunció que pretendía gobernar saltándose el Parlamento. El propósito de año nuevo era algo bastante parecido a un fraude. Fernando Garea contó que el jefe del Gabinete de la presidencia del Gobierno había pedido a los ministros propuestas sociales que permitiesen ocupar la agenda unos días, como quien tira pan a los patos. El anuncio suponía la normalización de un talante antiliberal: el molde autoritario está ahí para quien quiera usarlo. Mostraba el embrutecimiento de la política española, al que no somos ajenos los votantes, y buscaba la controversia, pero también era un acto de disimulo: el Gobierno fingía tener un proyecto más allá de la permanencia en el poder. Que esto sea engaño o autoengaño divide a psicólogos y metafísicos.

Después, conocimos la propuesta de cambiar el modelo de financiación autonómica al gusto de Oriol Junqueras. Una fuerza que obtuvo el 1,89% de voto en las generales de 2023 impone el diseño del conjunto. Se acepta la idea feudal de que son los territorios y no los ciudadanos quienes pagan impuestos, y se entra en figuras fascinantes como la ordinalidad aplicada a unos y otros. Los criterios no son claros: lo importante es el resultado y luego se justifica. Para que nadie entienda de qué hablamos, se pide que lo explique la ministra de Hacienda. Después, una medida para ganar tiempo frente al problema de la vivienda genera una tormenta dentro del Ejecutivo. Un asunto que exige coordinación de administraciones no consigue suscitar acuerdo ni en el Gobierno. Un accidente revela el descuido de las infraestructuras, y un ministro que lleva dos años insultando a ciudadanos en redes sociales da explicaciones insatisfactorias: mueren 45 personas y algunos periodistas elogian que dé ruedas de prensa. La revalorización de las pensiones se presenta en un decreto batiburrillo, el mismo mecanismo que fracasó el año pasado: era lo que se buscaba. La regularización de inmigrantes podría haber seguido otro procedimiento si el primer objetivo fuera mejorar la situación de esas personas: el elegido busca polarizar, marcar el contraste con las políticas inhumanas de Trump, favorecer a Podemos frente a Sumar y dar más prominencia a Vox.

Ahora el trampantojo es la reconstrucción de la supuesta mayoría. La ilusión es lo único que importa, pero los fuegos fatuos ya solo duran un instante y la realidad —en forma de accidente facilitado por la negligencia, de matemática negada por el interés a corto plazo, de degradación paulatina y luego vertiginosa— irrumpe y no sabemos hacer nada frente a ella, porque la hemos negado durante demasiado tiempo.

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