El puto amo
Escuchar a Trump produce una tristeza extraordinaria. ¿Cómo pueden tantas personas pensar que ser bruto es ser decente? ¿Cómo logramos desprestigiar así la inteligencia?

Si alguien le preguntara qué es una subordinada, imagino que el señor Trumpf diría bueno, cualquier mujer, para eso son mujeres —o algo así—. Y hasta podría aclarar que no es machismo: que si le preguntaran qué es un subordinado diría bueno, cualquier hombre, para eso soy el puto amo. Pero el problema de las subordinadas sigue allí: se ve que el señor Trumpf, que todavía no aprendió que las frases tienen sujeto y predicado, no llegará nunca a esa complejidad menor, que cualquier niño usa: incluir en su frase una subordinada, que cualquier niño en USA usa.
Apena oírlo. Escucharlo destrozar la lengua inglesa produce una tristeza extraordinaria: ¿cómo pudo llegar hasta ese sitio un señor incapaz de alinear ocho palabras? La respuesta posible produce más tristeza: debe ser que en su país hay 70 u 80 millones de personas que creen que hablar así es mejor, que hablar así es hablar en serio, que así hablan los verdaderos hombres, y se entregaron a sus brazos. ¿Cómo pueden tantas personas pensar que ser bruto es ser decente? ¿Cómo logramos desprestigiar así la inteligencia? Es duro, pero peor aún —mucho peor aún— es la evidencia de que un señor primitivo, semianalfabeto, vengativo, violento, despectivo, maneja el mayor ejército que el mundo ha conocido.
Y que está dispuesto a usarlo cuando se le cante: que está dispuesto a cagarse en las leyes y las normas y los pactos que firmó su país porque sabe que su ejército es más grande y no ve ninguna razón para no usarlo. Entonces, otra vez la pregunta: ¿cómo fue que el mundo le dio a este lisiado mental la capacidad de destruirnos? ¿Es eso lo que somos? ¿Una gran banda de idiotas buscando la forma más idiota de acabar con todo, de dejarles de una buena vez nuestro lugar a las cucarachas?
El señor Trumpf actuó: mandó quichicientos aviones de guerra y helicópteros de guerra y barcos de guerra y muñecos de guerra para secuestrar a un presidente —ilegítimo— extranjero. Lo secuestró, junto con su señora, y ahora los tiene secuestrados. Los jefecitos del planeta lo miran tratando de que no se les note su terror: tienen más miedo que vergüenza. Y él blablabla orgulloso y explica que lo ha metido preso por “narcoterrorista”, porque ha matado con sus drogas a muchos miles de norteamericanos. La explicación es digna de su nivel mental: sus compatriotas drogadictos no lo son porque tengan problemas ni porque vivan en un país que produce esos problemas sino porque unos extranjeros malvados los drogan —y entonces él debe perseguir a los extranjeros para salvar a los americanos—. Preguntas, otra vez preguntas: ¿de verdad el señor más poderoso del mundo puede decir una estupidez semejante? ¿De verdad hemos conseguido que un estúpido semejante sea el señor más poderoso del mundo?
Alguien podría pensar, utilizando viejas narrativas, que el ataque militar de Trumpf fue un error espantoso: al secuestrar al líder degradado le da una vida nueva. Ahora Maduro será, para algunos de sus compatriotas, el mártir, la “víctima del imperialismo americano” y será, para ellos, lícito luchar por su regreso o sus ideas con cualquier arma que se tercie. ¿Quién podrá decirles que no tienen ese derecho si su país fue atacado por un ejército extranjero con las armas más modernas, más letales? En un continente donde la política ya no usaba violencia, el señor Trumpf ha vuelto a ponerla en el tablero. Ojalá me equivoque.
El señor Trumpf se habla encima sin parar —el doctor Freud escaparía con la cabeza como un bombo— pero, de todos sus lapsus, el mejor, el más revelador llegó cuando llamó a su nuevo prisionero, el señor Maduro, “un dictador ilegal”. En mi escuela, cuando era chiquito, me enseñaron que ser un dictador era ilegal: que no puede haber “dictadores legales”. Se ve que el señor Trumpf, con su inconsciente a flor de piel, piensa que sí —y si alguien le dice que no, va y se mira una vez más en el espejo—.
El problema es lo que ese espejo le contesta: que sí, que es el más grande y el más fuerte y que cualquiera que lo joda ya va a ver, que para algo él es el puto amo, el que va a decidir cómo es el mundo. Hoy lo hizo y nadie dijo nada. Si seguimos callados va a ser cierto, cada vez más cierto. No sé si contestarle —en las calles, los medios, las redes, las cancillerías— servirá para algo, pero no contestarle es una forma bruta del suicidio. Es, ahora sí, realmente, una cuestión de vida o muerte.
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