‘Fracking’, entre la convicción y la responsabilidad
Si Sheinbaum en campaña —y durante su vida académica como científica ambiental— insistió en los peligros de la extracción del gas natural, obedecía a la ética de la convicción


En unas cuantas horas, el país entero se quedaría sin gas si Donald Trump así lo quisiera. Nos tiene acorralados. Estamos en sus manos. El volátil dirigente del país del norte se reserva la facultad de clausurar a voluntad nuestro propio Ormuz.
Nuestra realidad es imprudente. Aquel país nos provee el 75% del recurso, incluso desde yacimientos situados a escasos metros de nuestra propia frontera.
Nuestra realidad es preocupante. Mientras los países europeos tienen reservas de gas para meses, México dispone apenas de unas horas de almacenamiento efectivo. Meses contra horas es el contraste que enmarca nuestra dependencia.
¿Deberíamos entonces extraer nuestro propio gas natural? La pregunta no es otra.
Contra la extracción de gas no convencional —el eufemismo técnico para hablar de fracking— se manifestó rotundo Andrés Manuel López Obrador, advirtiendo sobre el impacto ecológico de una técnica que exige inyectar a presión grandes cantidades de agua y químicos para fracturar el subsuelo. Lo utilizó como promesa de campaña y lo planteó como posible prohibición constitucional.
Desde entonces algo ha cambiado: Claudia Sheinbaum ha abierto la posibilidad de desandar los viejos descalificativos.
No será la primera vez que Sheinbaum ensaye el riesgoso arte de corregir el rumbo marcado por su predecesor. Técnica desafiante que con deslealtad rima. Acaso sí será la primera ocasión en que desande sus propios pasos: reversa lúcida sobre aquello que en campaña prometió.
Política es tiempo: nadie puede comprometerse a la rigidez cuando amenaza la víspera. El 1 de octubre de 2024, cuando la presidenta tomó protesta, Donald Trump no alteraba al mundo con ocurrencias y amagos arancelarios. Era, a lo sumo, atemorizante sospecha. El porvenir desmiente con su llegada toda excesiva firmeza.
Sheinbaum prepara el ajuste que le permitirá extraer gas no convencional con cautela. Ha delegado la evaluación en un comité de científicos —UNAM, IPN, otros institutos— que asumirá en estos días la gravosa tarea de aprobar o detener el proyecto. Se prevé que lo encabece Cuauhtémoc Cárdenas, figura histórica de la izquierda mexicana. Si de legitimidad se trata, Sheinbaum la buscará en el más remoto pasado: en el vencedor de la elección de 1988. Hasta ese pasado se remontará para justificar su corrección.
Soberanía mata discurso; seguridad energética también. En su célebre conferencia La política como vocación, Max Weber propone que toda acción política oscila entre dos éticas irreconciliables: la de la convicción y la de la responsabilidad. La disputa incesante entre principios y consecuencias. Entre pureza y resultados.
Si Sheinbaum en campaña —y durante su vida académica como científica ambiental— insistió en los peligros de la extracción del gas natural, obedecía a la ética de la convicción. Quien se rige por ella actúa bajo la tutela de principios que no admiten concesión: la defensa de un medio ambiente sano y el rechazo a la contaminación de los acuíferos.
La misma lógica seguirá guiando a las organizaciones ambientales.
Hoy, desde la Silla Grande, Sheinbaum advierte los riesgos soberanos de que Trump controle el gas que consumimos. No es lo mismo ser borracho que ser cantinero. Como mandataria, la presidenta se ve compelida a desplazarse hacia la ética de la responsabilidad: aquella que le obliga a calcular las colectivas consecuencias. A distinguir lo deseable de lo necesario.
Si México depende de Estados Unidos para el suministro de gas natural —y una parte sustantiva de su electricidad se genera a partir de ese combustible—, la prohibición absoluta del fracking implicaría parálisis. No olvidar cuando una onda gélida en Texas congeló los ductos, elevó la demanda estadounidense y suspendió el flujo hacia nuestro país. El riesgo no es abstracto.
Para Sheinbaum como mandataria, el fin supremo es la soberanía y la supervivencia del país frente a una amenaza externa real.
Es útil volver a la lúcida metáfora de las naranjas de López Obrador para desnudar el absurdo de nuestra política energética. El expresidente criticaba el modelo neoliberal argumentando que vender nuestro petróleo crudo al extranjero para luego comprarles gasolina era como vender naranjas y adquirir, después, el jugo ya exprimido. Renunciar a lo propio para pagar más caro lo que antes fue nuestro.
Siguiendo el símil, México yace sentado sobre un huerto infinito de naranjas —nuestras cuencas de gas no convencional— del que, por escrúpulo ideológico, se rehúsa a extraer el jugo. En su lugar, ha optado por comprarlo a un vecino inestable, sabiendo que de su humor depende el cierre de la llave.
Sheinbaum habrá de anteponer lo que le toca hacer a aquello que íntimamente cree. Tal gesto podrá leerse como traición o como madurez política —usted elija—. Weber, al cabo, concluye que la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción no son términos irreconciliables, sino fuerzas complementarias que, en su fricción, moldean al político auténtico.
La apertura de México a extraer gas natural es —cito a Sheinbaum— una decisión responsable para fortalecer nuestra soberanía energética.
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