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Vanessa Romero analiza la Gen Z en México. Foto: Carlo Echegoyen | Vídeo: EPV

Videoanálisis | La generación Z: entre el ruido y la nada

Dos meses después del supuesto levantamiento generacional de un país que había despertado, nadie sabe de ellos

En noviembre apareció una multitud. O eso parecía.

Una generación —nos dijeron— había decidido irrumpir en la escena pública: se trataba de la generación Z y vestía de pirata.

Los jóvenes —decían— tomarían las calles como consecuencia de un súbito despertar colectivo. Escenas así suelen entusiasmar a las cámaras.

Desde el inicio algo no cuadraba: tal vez la escena estaba demasiado iluminada.

Tal vez aquella marcha, presentada como espontánea, resultaba excesivamente nutrida para haber nacido del desorden humano.

Tal vez no era verosímil que una conversación digital creciera con una velocidad tan poco orgánica. Imagínense: ocho millones de personas hablando a la vez, con las mismas palabras, el mismo ritmo, la misma entonación.

Tal vez aquello estaba hecho en serie.

Los datos —siempre menos épicos, siempre menos fotogénicos— sugerían otra historia. Casi la mitad de aquellas voces no pertenecían a nadie.

Más aún: el relato no había nacido en las calles sino en una cuenta extranjera.

El tiempo, que no le interesa refutar a nadie, hizo el resto.

Dos meses después del supuesto levantamiento generacional de un país que había despertado, nadie sabe de ellos.

Y no es que las demandas invocadas por quienes hablaron en nombre de la generación Z no persistan; afirmarlo sería otra mentira. Mentira contra mentira. Lo que nunca existió fue el movimiento.

Los movimientos reales no se apagan con un interruptor. Se equivocan, se contradicen, se fragmentan, insisten.

Lo otro es simulación.

Conviene recordarlo. Llamar “movimiento social” a una operación artificial, además de empobrecer el lenguaje político, también borra a quienes sí hacen política lejos de los reflectores, sin métricas infladas y sin transmisiones en vivo.

La política no ocurre cuando todos miran. Ocurre cuando alguien decide quedarse.

Aquí, cuando se apagaron las luces, no quedó nadie.

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