Lucrecia Martel: “Las comunidades indígenas mejoraron al Dios cristiano”
La cineasta argentina presenta en México ‘Nuestra tierra’, un documental ambientado en la región del Tucumán que indaga en el origen de los despojos y los desequilibrios de poder a partir del asesinato de un líder local


Quizá la pequeña Lucrecia Martel, que soñaba con ser astronauta, habría observado la hazaña lunar pegada a la pantalla de su televisor. Para la cineasta de 59 años, sin embargo, ha pasado sin pena ni gloria. “No seguí nada porque estoy tan enojada con Trump, me parece tan una acción de guerra, que un hecho que debería ser una celebración científica, de la humanidad, la estoy viviendo con enojo”, sostiene sin alterarse. No hay acritud en su voz, sencillamente no teme nombrar la realidad tal cual la ve. Es marca de la casa. La directora argentina ha aterrizado en Ciudad de México para presentar su última película, el documental Nuestra tierra, y su primer libro, Un destino común. Intervenciones públicas y conversaciones (Caja Negra, 2025), dos trabajos que se entrelazan y que resumen a la perfección su relación con el cine: contar historias para poder hablar de ellas después, de lo que cuentan y de todo lo que no se ve, pero gravita alrededor, interpelándonos.
Directora de las películas La mujer sin cabeza (2008) o Zama (2017), entre otras, Nuestra tierra, galardonada en el Festival de Cine de Londres, es su primera incursión en la no ficción. Fue un trabajo de largo aliento que le tomó mucho tiempo, al punto de que la propia comunidad indígena a la que retrataba, los Chuschugasta de la provincia de Tucumán, al norte de Argentina, no entendían qué estaba haciendo con ella. “En el cine comprendieron más el valor de una película”, apunta ella: “Las desconfianzas fueron lentamente desapareciendo”. Si algo tenían los Chuschugasta, acostumbrados al cansancio de la lucha constante, era derecho al recelo.
El largometraje parte del juicio por el asesinato del líder indígena Javier Chocobar a manos de quienes querían explotar la zona con una empresa minera y quienes eran, sobre el papel, propietarios de una tierra que la comunidad defendía como propia. Ahí está el comienzo de un problema que se remonta a la época colonial. ¿La palabra escrita documenta una realidad o la crea, arrollando lo que ya existía pese a no estar reflejado en un papel? La arbitrariedad de lo que llamamos Historia es una de las muchas preguntas que sobrevuelan en un film donde mirar las cosas desde la distancia aérea es más que una elección estética. Es la única forma de entender el hecho en su contexto. “Es muy difícil entender una comunidad que vive en los cerros, porque desde el camino vos no ves a la gente y no ves las casas. Pensás que son dos gatos locos. Después vas con el dron y ves que hay cultivos, hay caminos, hay toda una forma de usar el espacio. No son casitas que se hicieron ayer”, argumenta Martel.

Descender sobre el territorio para reconstruir los hechos fue un factor clave para que el juicio terminara por inclinarse a favor de la comunidad. La tierra arropaba sus escuetas palabras de tal forma que la locuacidad de los acusados y sus infinitas pilas de papeles perdían la fuerza apabullante que demostraban en una habitación con cuatro paredes. “El gran invento que llegó con la colonia fue el papel escrito. Quien poseía la escritura tenía la ventaja de armar la historia como quisiera. Frente a la Justicia, donde la evidencia, muchas veces, son los papeles, las comunidades están totalmente desprotegidas”, razona la cineasta.
Con un potente material audiovisual que abarca desde los momentos previos al asesinato hasta las audiencias públicas del juicio, Lucrecia Martel va dejando en evidencia las trampas y los desequilibrios de poder de un sistema que está viciado desde el inicio y que se repite, en esencia, en el resto del continente. Es la historia de la colonización, la evangelización y el despojo, que los países no revisaron tras convertirse en independientes. “Todos los Estados nación pusieron como argumento de su historia la masacre del lado de España. Y es verdad que sucedió, pero lo que las naciones latinoamericanas hicieron con los pueblos indígenas es peor, porque en la colonia los argumentos eran más claros. En las naciones que dicen que hay igualdad ante la ley y qué sé yo, es más ambiguo, más mentiroso”, sentencia.
La religión atraviesa el documental como lo hace en los conflictos sociales y territoriales de América, herencia, nuevamente, de la época colonial. Está presente en el origen de los despojos, siglos atrás, pero también hoy, en los juramentos ante el juez, en la presunción de ser “gente de bien”, en los prejuicios y también en las creencias más profundas e íntimas. “El Dios que llegó con la colonia es un Dios salvaje. Las comunidades, que muchas son cristianas, convirtieron ese Dios de la guerra en un Dios más pacífico, de la agricultura, más parecido a las deidades que había en el continente. Las comunidades mejoraron a Dios”, concluye con lógica.
Su libro, Un destino común, basado en sus conferencias y en conversaciones que ha tenido con periodistas como Leila Guerriero o cineastas como Carla Simón, avanzó al tiempo que lo hacían sus indagaciones para elaborar el documental, que según revelan los editores, “se cuelan constantemente” en él. Unos días antes de su presentación en Lago Algo, en la capital mexicana, ya había unas 2.000 personas inscritas para escuchar a la cineasta, que es recibida como una estrella. Ella apuntala esa sensación con un look que es ya una seña de identidad: gafas semitransparentes apuntando hacia arriba, bastón en una mano, habano en la otra.
No se esconde, sin embargo, tras esas gafas. Lucrecia Martel habla con lucidez y transparencia de las cuestiones que le preocupan, no teme repercusiones ni castigos de una industria donde también hay quien anda con pies de plomo. Una de esas cuestiones es el uso de la inteligencia artificial. La grabación que juega como testigo a favor de la versión de la comunidad, como ha ocurrido en otros casos de violencia policial, podría, en otro contexto, jugar en contra, dice. “Yo creo que vamos a tener un problema ahí. ¿Cómo van a jugar en el futuro las imágenes en los juicios?”, se pregunta. “Se va volviendo complejo. Mientras haya muchos testigos, creo que va a jugar a favor. Cuando haya un solo video, va a ser peligrosísimo”, se responde, y lo ejemplifica así: “Viene Trump, nos presenta con horas de anticipación que tal líder de otro país ha sido asesinado. Hasta que descubramos que es falso, genera caos. Las consecuencias de la imagen falsa son reales”.

También está la concentración del capital en la industria. “Hay pocas plataformas que pertenecen a un solo país, que son millonarias y que están produciendo el cine del planeta. Tienen sus propios negocios, sus propias ideas de lo que quieren”, templa la alegría con la que a veces se viven las apuestas locales de esas compañías. “Yo me la paso despotricando contra ellas”, sostiene indiferente. A su alrededor, en cambio, a veces percibe el miedo de otros compañeros que dependen de ellas para sacar adelante su trabajo.
De fondo, nuevamente, está la pregunta de cómo cada país se narra a sí mismo. Las historias que se cuentan acaban contando la Historia. “Hay un problema de la gente del cine de en qué se está poniendo el foco. Tenemos unas sociedades llenas de cuestiones interesantísimas. Colombia o México tienen millones de cuestiones de las que hacerse eco en el cine, pero la de los narcos es como una película de acción”, critica sobre un tema que es predominante en la industria y en la visión que desde el extranjero se tiene de esos países: “Creo que hay autocensura”.
Ella habla con la libertad de quien puede hacerlo y decide, además, usarlo para algo. Ese algo es, ante todo, hablar, reflexionar, poner en común, aceptar la invitación a pensar que debe plantear una película. Ese horizonte se repite en cualquiera de sus trabajos y lo escribe claro y sin margen para la duda en su libro: “Puedo definir con total precisión lo que pretendo para la humanidad. Caminar sin miedo, desplazarse como se pueda y conversar con la gente”. Y añade: “Esa es la cultura: las cosas que hacemos que generan conversaciones y nos vinculan, y después se quedan en la memoria”.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.







































