La jacaranda que tanto identifica al paisaje de Ciudad de México es en realidad una especie invasora
La floración violeta se ha vuelto con los años parte de la imagen capitalina y abre el debate sobre cómo deben convivir árboles queridos por la población con proyectos que recuperen la flora autóctona

Cada marzo, Ciudad de México florece en tono violeta. Las jacarandas —esas copas nubosas que tiñen avenidas como Reforma, las arboledas de Alameda Central y los barrios de la Roma y Coyoacán— se han vuelto parte de la identidad chilanga. Su aparición revela una paradoja: marca el inicio simbólico de la primavera, pero se trata de una especie extranjera que ha echado raíces en el corazón del Valle de México.
Originaria de Sudamérica, la Jacaranda mimosifolia fue introducida en México en la primera mitad del siglo XX por el jardinero japonés Tatsugorō Matsumoto, a quien el presidente Pascual Ortiz Rubio encargó embellecer la capital. Matsumoto propuso las jacarandas como alternativa a los cerezos japoneses, cuya floración no se adaptaba al clima capitalino. Desde entonces, los árboles se multiplicaron, primero en avenidas emblemáticas y después en parques y camellones.
Hoy, su presencia es tan común que muchos las consideran parte del paisaje natural de la ciudad. Sin embargo, como aclara la bióloga Ivonne Olalde, investigadora académica del Instituto de Biología de la UNAM, “toda planta que no es de la zona implica que físicamente está ocupando un espacio que le correspondería a una especie nativa”. La jacaranda no es una especie invasora en el sentido destructivo del término —no desplaza agresivamente otras plantas ni altera ecosistemas completos—, pero sí representa una especie exótica que interrumpe las interacciones ecológicas locales.
La huella ecológica de la jacaranda
Uno de los principales argumentos a favor de diversificar las áreas verdes de la capital con especies autóctonas, como los ahuehuetes, tepozanes o colorines es la desconexión ecológica. “Las abejas nativas, por ejemplo, han evolucionado junto con las plantas locales; su morfología está diseñada para polinizarlas. Las jacarandas, en cambio, atraen sobre todo a abejas y mariposas generalistas, muchas de ellas también introducidas”, explica la investigadora.

En los últimos años ha llamado la atención el adelanto en la floración de las jacarandas. Algunas han florecido desde febrero, e incluso en enero, lo que llevó a interpretar el fenómeno como una señal temprana del cambio climático. Olalde matiza: “Hace dos años hubo unas lluvias en diciembre y la planta respondió a eso, pero ahora su floración se mantiene dentro del rango normal. No podemos afirmar que haya un cambio permanente todavía”.
Más allá de los matices biológicos, el asunto de fondo es urbano y estructural. “Durante décadas, las áreas verdes se han tratado como lo último por resolver en la planeación de la ciudad”, cuestiona la investigadora. “No hay una visión de infraestructura verde: una red planificada que conecte parques, camellones y reservas ecológicas como corredores para fauna y flora”. En ese esquema, la jacaranda “no tendría mucho que hacer”, afirma la especialista, aunque aclara que no se trata de arrancarlas sino de transitar gradualmente hacia un modelo que integre especies nativas.
En Ciudad Universitaria, la UNAM mantiene desde 1993 un programa de propagación de especies endémicas tras constatar que la mitad de su arbolado es de origen exótico. Experiencias similares surgen desde colectivos vecinales que buscan restaurar la flora original del Valle de México —como los llamados “chaponeros” del Cerro de la Estrella—, aunque aún falta apoyo institucional para consolidar una estrategia de largo plazo.
Mientras tanto, cada primavera, la floración violeta de las jacarandas vuelve a redefinir la imagen de la capital mexicana. Aunque no representan una amenaza directa para la vegetación local, su expansión refleja una relación urbana con lo natural más estética que ecológica. Los especialistas coinciden en que el reto no está en erradicarlas, sino en planear con mayor criterio qué especies deben ocupar el espacio público. Como señala la doctora Olalde, la clave está en avanzar hacia una infraestructura verde que recupere la flora nativa y dé equilibrio al paisaje urbano sin perder su carácter distintivo.
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