El segundo embarazo transforma de manera única el cerebro de las madres: “Los cambios facilitarían el cuidado simultáneo de varios niños”
Un nuevo estudio liderado por Elseline Hoekzema concluye que las alteraciones que se producen en la estructura de la materia gris y la actividad cerebral son más intensas en la segunda gestación. Un paso más para seguir conociendo cómo cambia el cuerpo de la mujer en esta etapa


Hace ya una década, el estudio pionero internacional publicado en la revista Nature Neuroscience, titulado El embarazo provoca cambios duraderos en la estructura del cerebro humano, mostró por primera vez que la materia gris de las mujeres embarazadas se reduce en áreas relacionadas con la empatía. Esta poda en las conexiones neuronales, especulaban los autores, optimizaría determinadas funciones, como interpretar los estados mentales del hijo o anticipar posibles amenazas del entorno. Desde entonces, otros estudios han corroborado y ampliado el alcance de estos cambios cerebrales de los que, como lamentaba la neurocientífica española Susana Carmona en el artículo El embarazo transforma el cerebro de las mujeres para favorecer el vínculo con sus hijos, publicado en 2022, todavía existe menos conocimiento que sobre el universo.
Hoy se sabe, por ejemplo, que los cambios estructurales que se producen en el cerebro de las gestantes duran al menos seis años, y probablemente más; mientras que, por el contrario, los cambios en la función cerebral parecen ser más transitorios y se desvanecen gradualmente durante los primeros años posparto.
A ampliar ese conocimiento contribuye una nueva investigación liderada por científicas del Centro Médico Universitario de Ámsterdam (UMC), llamada Los efectos de un segundo embarazo en la estructura y función del cerebro de las mujeres. En el estudio se monitorizó a 110 mujeres, algunas que se convirtieron en madres por primera vez, otras que tuvieron a su segundo hijo y un tercer grupo que permaneció sin hijos. Según los resultados, publicados en la revista Nature Communications el pasado febrero, estos cambios en el cerebro de las madres se vuelven a producir en el segundo embarazo, y, además, muestra alteraciones diferentes y únicas. Para Elseline Hoekzema, autora principal de la investigación, esto vendría a demostrar que “cada embarazo deja una huella singular en el cerebro femenino”.
Concretamente, al igual que lo observado en el primer embarazo, las autoras de la investigación encontraron en la segunda gestación fuertes cambios en la estructura de la materia gris y la actividad cerebral, particularmente en la Red de Modo Predeterminado (RMN), una red que desempeña un papel importante en diversos procesos, como la cognición social y la autorreflexión. Sin embargo, explican, estos cambios son más intensos durante el primer embarazo, lo que sugeriría que durante este se produciría una adaptación primaria en esta red, que se afinaría aún más durante el segundo.
“No obstante, algunos cambios en la estructura cerebral, tanto en la estructura de la materia gris como en los tractos de materia blanca, fueron más intensos en las madres que dieron a luz por segunda vez en otras redes, como la red de atención dorsal, importante para dirigir y mantener la atención, y la red somatomotora, importante para procesar y responder a los estímulos sensoriales”, explica a EL PAÍS Hoekzema, también directora del Laboratorio del Cerebro del Embarazo del Centro Médico Universitario de Ámsterdam.

Para Hoekzema, el hecho de que en el segundo embarazo el cerebro se altere más en las redes implicadas en la reacción a las señales sensoriales y en el control de la atención podría tener una explicación: “Facilitarían el cuidado simultáneo de varios niños por parte de una mujer, por ejemplo, al tener que concentrarse y mantener la atención en sus hijos y que estén seguros, o al procesar estímulos sensoriales al sostener a un bebé (y posiblemente también a otro niño en la otra mano) y ajustar automáticamente el agarre y la postura para garantizar la seguridad”. Sin embargo, reconoce, aún se desconocen con certeza las implicaciones de estos cambios. Una opinión que comparte Susana Carmona, que considera que esta hipótesis tiene sentido, aunque harían falta muchos otros estudios para poder confirmarla con certeza.
Relación de estos cambios con la depresión perinatal
Las autoras del estudio hallaron durante su investigación otro dato para la reflexión: una relación entre los cambios estructurales del cerebro que se producen en el primer y el segundo embarazo con la depresión perinatal, lo que ha proporcionado la primera evidencia de que los cambios que ocurren en la corteza cerebral durante el embarazo se relacionan con la depresión materna. En las mujeres que se convirtieron en madres por primera vez, esta relación fue especialmente visible después del parto, mientras que en las que tuvieron su segundo hijo, el vínculo fue particularmente notorio durante el embarazo.
“Curiosamente, los cambios observados parecían tener un efecto protector: las alteraciones cerebrales más pronunciadas se asociaban principalmente con menos síntomas de depresión. Nuestros hallazgos muestran que existen vínculos, pero aún investigamos cómo contribuyen exactamente estos cambios cerebrales y qué factores intervienen en el proceso”, reflexiona Hoekzema.
Para Carmona, estas investigaciones permiten avanzar, paso a paso, hacia la creación de un mapa de la normalidad, un patrón de los cambios que deberían producirse en el cerebro de las madres con cada embarazo. Algo comparable a las curvas de crecimiento utilizadas en las revisiones pediátricas, que permiten comprobar si un niño se desarrolla dentro de los parámetros esperados. “Necesitamos disponer de estas curvas de cambios en las distintas métricas cerebrales. ¿Por qué? Porque es urgente saber cómo se comporta la normalidad para poder predecir la depresión posparto. Conocer qué es normal nos servirá como base para anticipar patología mental posparto en general y la depresión perinatal en particular”, sostiene.
Una visión que comparte Hoekzema, quien recuerda que el periparto es un período crucial, con profundas implicaciones para la madre y el bebé, pero también uno de los momentos de mayor vulnerabilidad en la vida de la mujer, con un riesgo elevado de desarrollar trastornos de salud mental que pueden impactar tanto en ella como en su hijo. Para Carmona, es importante profundizar en el conocimiento de cómo cambia el cerebro durante este período, así como identificar qué modificaciones y qué factores asociados contribuyen al desarrollo de trastornos de la salud mental materna como la depresión periparto o los problemas en el vínculo madre-hijo.
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