Parentificación: las consecuencias de que los hijos asuman roles adultos que no les corresponden
Esta dinámica familiar disfuncional puede pasar desapercibida en la infancia, pero tiene implicaciones en el desarrollo emocional, cognitivo y relacional, incluso en la vida adulta


Leticia Paullada tiene 36 años y es madre de tres niños, de 4, 9 y 12 años. Desde 2019 acude a terapia por los problemas de salud mental que le generó la parentificación que sufrió en su infancia. Se trata de un término acuñado por el psiquiatra Iván Böszörményi-Nagy en la década de los setenta, y que define una dinámica familiar disfuncional que consiste en que los hijos asumen los roles de los padres y viceversa. No es un proceso que se inicie conscientemente, sino que los hijos, debido a distintas circunstancias, acaban asumiendo responsabilidades que no corresponden a su edad, convirtiéndose así en los padres de sus padres. “Mis padres estaban separados, y cuando yo tenía 10 años, mi padre falleció. A partir de entonces, mi madre cayó en una profunda depresión y me tocó asumir, en cierta medida, el papel de madre tanto para mi hermano pequeño como para ella”, cuenta Paullada.
Para darle visibilidad a este fenómeno, las psicólogas Victoria Espinosa y Laura Núñez Moreno acaban de publicar ¡Eso no me toca a mí! (editorial SarAlejandría, 2025), un cuento en el que tratan de explicar qué ocurre en el desarrollo emocional, cognitivo y relacional cuando un menor asume responsabilidades o roles propios de los adultos. “El proyecto surgió tras años de trabajar en terapia con personas con historias en las que había parentificación”, cuenta Núñez Moreno. Según la experta, se trata de una dinámica tan invisibilizada y con tan poca investigación que ni siquiera sus manifestaciones están bien descritas todavía. Eso sí, señala que hay algunas pistas que pueden alertar de esta situación: niños y niñas que se muestran excesivamente responsables o maduros para su edad, que están muy pendientes del estado emocional de sus padres, con alteraciones del sueño o de la alimentación, dificultades para poner límites, relacionarse con sus iguales o disfrutar del juego… Una baja autoestima, absentismo escolar o incluso conductas autolesivas también son señales de alarma para la psicóloga.
Paullada cuenta que nunca sintió que estuviera haciendo algo de adultos, porque siempre escuchaba frases como: “Mamá está malita y tienes que ayudarla”, “Eres muy fuerte” o “Mamá te necesita”. Su mente asumió esa responsabilidad como una misión: si no ayudaba, su madre empeoraba. Con el tiempo, esos mensajes reforzaron la idea de que solo siendo útil recibiría cariño o atención. Sobre esto, Espinosa considera que una cosa es fomentar la autonomía y la colaboración en los hijos y otra es el tipo de tarea, la cantidad y la intención con la que se asigna esa tarea. “Si lo que pedimos al niño busca favorecer su autonomía o sentido de responsabilidad, por ejemplo, implicarlo en tareas acordes a su edad, como poner la mesa o ayudar a veces a un hermano, estamos promoviendo un desarrollo sano”. En cambio, según Espinosa, si esas tareas responden a una necesidad del adulto, por ejemplo, cubrir su soledad o malestar, entonces estamos ante una dinámica de parentificación. “Es importante implicarlos sin transmitir que el bienestar del adulto depende de ellos, evitando mensajes como ‘Si no fuera por ti, no sé qué haría”, señala.
Recuerda la psicóloga que la parentificación puede pasar totalmente desapercibida y que no es una problemática que solo ocurra en poblaciones o familias desfavorecidas: puede darse en situaciones muy diversas —padres y madres con problemas de salud física y mental, divorcios, conflictos familiares, dinámicas donde se valora en exceso la madurez del menor de edad—, y este tipo de circunstancias se encuentran en cualquier familia, independientemente de su nivel socioeconómico. De hecho, según Espinosa, en las de mayor nivel socioeconómico este tipo de problemas suelen estar más invisibilizados porque hay menos intervención de los agentes sociales y, por tanto, menos detección.
Una huella en la vida adulta
Espinosa sostiene que la parentificación puede dejar una huella profunda en la vida adulta porque, cuando en la infancia se han asumido responsabilidades emocionales o prácticas que no correspondían, se puede desarrollar una gran sensibilidad hacia las necesidades de los demás, pero a costa de desconectarse de las propias: “En el cuento se pueden ver algunas de esas consecuencias: Maca, la protagonista, empieza a tener dificultades para poner límites, problemas de sueño o somatizaciones como dolores de barriga, le cuesta concentrarse y atender en el colegio y también jugar y disfrutar con sus amigos”. “Si no se interviene a tiempo, distintas investigaciones recogen que esta dinámica puede cronificarse y derivar en problemas de salud mental como ansiedad o depresión, conductas autodestructivas como consumo de sustancias y otros, además de aumentar la vulnerabilidad de relaciones desequilibradas o de maltrato”, insiste esta experta.

¿Qué ocurre cuando un psicólogo detecta una dinámica de roles invertidos? Núñez Moreno responde que, en estos casos, es muy importante intervenir desde la empatía y no desde el juicio, entendiendo que muchas veces esa inversión de roles ha sido una estrategia de adaptación del sistema familiar ante una dificultad, no algo voluntario. “Lo que debemos de tratar es que el padre o la madre se sientan comprendidos y así será más fácil que podamos reorganizar los vínculos de forma sana”, asegura. Ahora bien, aunque el trabajo debe iniciarse con los padres, para que asuman sus responsabilidades y reparen esa inversión de roles, la psicóloga cree que la responsabilidad no puede recaer solo en las familias: “Estas situaciones a menudo tienen que ver con la falta de apoyos, recursos o conciliación, y requieren una respuesta también social y comunitaria”.
Uno de los mayores miedos de Paullada es repetir con sus hijos el mismo patrón que sufrió en su infancia. “Cualquier frase que dijera como mi madre, o cualquier situación en casa que se pareciera a lo que viví de niña, para mí era el inicio de una crisis que podía terminar en un desmayo”, cuenta. Este miedo tiene una base real. Como explica Espinosa, estos patrones pueden transmitirse de generación en generación, por eso es tan importante detectarlos y prevenirlos desde la infancia. Contar con recursos emocionales y establecer límites resulta esencial para romper el ciclo.
Gracias a la terapia, Paullada ha aprendido a identificar estas situaciones y a distinguir que ella no es su madre. Aun así, reconoce que hay momentos en los que le cuesta y solo logra verlo una vez pasada la crisis. “La terapia me ha ayudado a entender qué ocurrió, y por qué, y que no fue mi culpa. Fallaron muchas cosas: mi madre, el entorno, el sistema”. Sigue trabajando el hecho de que incluso puede equivocarse, porque uno de los mayores retos para ella es sentir que no puede fallar. “Sigo teniendo miedo a fallar: en el trabajo, como madre, como pareja… siento que, si fallo, dejarán de quererme”, concluye.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































