El pilar europeo de la internacional ultra se tambalea con las elecciones en Hungría
Los comicios del 12 de abril ponen a prueba el modelo nacionalpopulista de Orbán, líder simbólico de los movimientos iliberales


Viktor Orbán es un pionero y un ejemplo a seguir para la internacional ultra. En pleno auge mundial de la extrema derecha, el primer ministro nacionalpopulista tiene como credenciales la construcción de un sistema iliberal que le ha funcionado durante cuatro mandatos consecutivos. Hungría se ha convertido en el pilar europeo de una red mundial reaccionaria de corte autoritario con centro en el Washington de Donald Trump. Budapest exporta doctrina política, forma a nuevas generaciones y ofrece apoyo logístico y económico. En las elecciones que se celebran este domingo no está solo en juego el futuro próximo de Orbán, el dirigente con más años en el cargo en la UE y en la Hungría poscomunista. Su éxito o derrota importa más allá de sus fronteras.
El dirigente ultranacionalista abandera una guerra ideológica contra los principios y valores de las democracias liberales. “Estamos combatiendo por el alma de Occidente”, proclamó en Budapest el 21 de marzo en la edición europea del gran foro MAGA (Make America Great Again) y de los ultraconservadores de EE UU, la CPAC. Frente al progreso y la diversidad social y cultural, impone políticas para modelar una sociedad monolítica de familias numerosas cristianas, sin inmigrantes, sin un colectivo LGTBI visible, sin oposición. Las supermayorías parlamentarias de su partido, Fidesz, ponen la maquinaria legislativa a su servicio.
Zsuzsanna Végh, experta en movimientos de extrema derecha del German Marshall Fund of the United States, con sede en Berlín, describe a Hungría como “un laboratorio de políticas iliberales y un caso de éxito durante 16 años. […] Un manual para líderes que también buscan perpetuarse en el poder”. De Orbán pueden aprender “cómo autocratizar un país en la UE”, dice en una conversación telefónica.
“Fidesz ha implementado una captura total del Estado”, desarrolla la analista. El Gobierno de Orbán ha situado a sus fieles en instituciones clave que deberían ser independientes; ha reformado la ley electoral para dificultar la alternancia de poder; controla los medios de comunicación; interviene en la justicia; e impone una presión creciente sobre las voces críticas al etiquetarlas como agentes extranjeros.
Una vez establecido su poder en Hungría, Orbán quiere expandir su modelo. Aspira a consolidar una revolución iliberal dentro de la UE que torpedee la integración europea en favor del soberanismo ultraconservador. Pero su ambición se extiende más allá de Europa y tomó impulso con el retorno de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025. “Lo que está ocurriendo ahora es el mayor realineamiento político de los últimos 100 años de la civilización occidental. El epicentro de esa reconfiguración es Estados Unidos y su principal base europea es Hungría”, dijo Orbán en la CPAC europea.
“Emblema internacional del iliberalismo”
Como explica el rector de la Universidad Centroeuropea (CEU), Carsten Q. Schneider, “Orbán ha dedicado mucho tiempo, dinero público y energía a posicionarse a sí mismo y a Hungría como el emblema internacional del iliberalismo”. “Para ello ha creado think tanks, ONG, ha tejido redes y ha expulsado a universidades como la CEU, sustituyéndolas por inversiones destinadas a construir lo que el filósofo marxista Antonio Gramsci llamaba hegemonía cultural”. La meta, desarrolla Schneider en una conversación con varios medios, es reescribir el pasado y construir un sistema que perdure en el futuro más allá de él.
Uno de los elementos esenciales de esa constelación de centros de pensamiento que reciben financiación pública es el Danube Institute. Su director ejecutivo, Itsván Kiss, explica por qué Orbán, primer ministro de un país de 9,5 millones de habitantes cuyo PIB representa apenas un 1,1% del total de la UE, se ha convertido en un “abanderado” para los movimientos y partidos ultras (que él llama conservadores) y un “demonio” para la izquierda. “Orbán no solo habla, sino que hace: ha parado la inmigración, ha fomentado la familia tradicional, ha desmontado el sistema de bienestar, ha eliminado los impuestos progresivos y es capaz de decir no”, resume orgulloso. “Además, no le da miedo de emplear el Estado para avanzar en su agenda”, añade.
El politólogo del Danube corrobora en la sala de juntas del palacete donde tienen su sede, a un paso de la oficina de Orbán, que su objetivo es “construir una internacional conservadora”. Pese a las diferencias culturales, sostiene que de la India a Estados Unidos, pasando por Turquía, a estos movimientos les une la importancia que otorgan a la religión, a la identidad nacional y a los valores familiares tradicionales. También el rechazo a la inmigración.
El Danube, según Kiss, se centra en el mundo anglosajón en esa estrategia de internacionalización. Tiene buena relación con institutos del ala más radical del Partido Eepublicano, como la Heritage Foundation o el Claremont Institute. Pero, además, está extendiendo sus actividades a los países túrquicos, la India, Israel, países árabes y el Pacífico.
El Center for Fundamental Rights (los organizadores de la CPAC en Hungría), otro think tank destacado en el universo ultra, tiene una oficina en Madrid que le sirve de puente con América Latina. Todo se complementa con la actividad del Mathias Corvinus Collegium (MCC), donde educan con becas y visitas de estudio a las nuevas generaciones de las élites de extrema derecha de todo el mundo. Este miércoles, el presidente de su patronato, el director político del primer ministro, Balasz Orbán (sin relación familiar con el dirigente), mantuvo un encuentro en su sede con el vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, para su exclusivo alumnado.

El MCC tiene además varios cafés en Budapest donde se organizan eventos a diario, es dueño de Libri, la principal cadena de librerías de Hungría y una editorial. El organismo obtiene también ingresos millonarios con los dividendos del 10% de las acciones que el Gobierno le otorgó de MOL, la principal energética del país, y de la farmacéutica Gedeon Richter.
Esos centros y sus actividades proveen sostén intelectual y logístico para la red transnacional iliberal. Pero además, como recuerda Végh, Hungría “también ofrece apoyo económico a estos movimientos a través de bancos cercanos a Fidesz”, como hizo con el partido de extrema derecha español Vox, que recibió 9,2 millones de euros. “El apoyo de Budapest permite construir vínculos e invertir en capital humano”, subraya la experta.
La ayuda es mutua. “Construir esta red ha sido una estrategia constante e inteligente”, señala Schneider, de la CEU. “El resultado de esta inversión, bastante costosa, es que hay personas que hablan en tu nombre. Y para [Javier] Milei o Vox es importante mantener a Orbán como aliado. El dinero circula, pero el elemento clave es simbólico”.
En sus elecciones más críticas, en las que por primera vez en 16 años las encuestas le dan como perdedor, el primer ministro ha recibido el espaldarazo de primeras figuras de la extrema derecha occidental. El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, la francesa Marine Le Pen, el español Santiago Abascal o el presidente argentino, Javier Milei, han mostrado su apoyo, en persona o a distancia.
El gesto culminante ha sido la visita esta semana del vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, que transmitió un nuevo mensaje de apoyo de Trump. Para Orbán, dice Schneider, eso puede ser “un arma de doble filo”. Para Estados Unidos, el apoyo va en línea con su Estrategia de Seguridad Nacional, que tiene entre sus prioridades “cultivar la resistencia” a la UE desde dentro con partidos como Fidesz.
Si el sistema electoral con el que se ha blindado Orbán falla y pierde el domingo, la ola de extrema derecha sufriría una derrota sobre todo simbólica. “Perjudicaría al movimiento, porque perdería a uno de sus actores más importantes”, reconoce Kiss. El resultado, augura Schneider, “podría tener ecos en otras elecciones de la región, como en Eslovaquia y Polonia, pero también incluso en Estados Unidos”. Pero en Hungría seguirán trabajando en construir la internacional ultra, asegura el director del Danube Institute. El “zeitgeist [el espíritu de la época]”, dice, está de su lado.
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