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Pakistán, el mediador inesperado de la tregua entre Estados Unidos e Irán

El país asiático, próximo a Teherán y Washington, invita a las partes a negociar un alto el fuego definitivo en Islamabad

Paquistaníes leyendo los diarios de la mañana, con noticias sobre la guerra de Irán, en un quiosco de Islamabad, este miércoles. Anjum Naveed (AP)

Detrás del delicado alto el fuego de dos semanas sellado en la madrugada del miércoles entre Irán y Estados Unidos ha habido un intenso trabajo diplomático encabezado por un país que no suele figurar entre los habituales mediadores internacionales: Pakistán, la nación islámica de más de 250 millones de habitantes, que comparte 900 kilómetros de frontera con Irán y mantiene una relación fluida con la Casa Blanca, se ha anotado un tanto como árbitro inesperado en un conflicto que llevaba más de un mes amenazando con arrastrar al mundo a un espiral descontrolada. La intervención de China, sin demasiado ruido y entre bambalinas, también ha sido crítica.

“Con la mayor humildad, me complace anunciar que la República Islámica de Irán y los Estados Unidos de América, junto con sus aliados, han acordado un alto el fuego inmediato en todas partes, incluidos el Líbano y otros lugares, con vigencia inmediata”, ha anunciado en redes sociales el primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif. “Acojo con gran satisfacción este gesto sensato y expreso mi más sincero agradecimiento a los dirigentes de ambos países”.

Sharif ha extendido también una invitación a las delegaciones de los países beligerantes a Islamabad este viernes para negociar un alto el fuego definitivo. “Esperamos sinceramente que las conversaciones de Islamabad logren una paz sostenible y deseamos poder compartir más buenas noticias en los próximos días”, ha asegurado.

Sobre la labor de Pakistán como pivote dicen mucho los mensajes que han emanado desde Teherán y Washington. El anuncio en redes sociales de la tregua por parte de Seyed Abbas Araghchi, ministro de Exteriores de Irán, arrancaba expresando “gratitud y reconocimiento” a sus “queridos hermanos” el primer ministro de Pakistán y el mariscal de campo Asim Munir “por sus incansables esfuerzos para poner fin a la guerra en la región”. El presidente estadounidense, Donald Trump, que había amenazado solo unas horas antes con borrar del mapa a la civilización iraní, compartió ese mismo comunicado oficial iraní en su red, Truth Social, una muestra de su aval al rol de Islamabad.

El general Munir, jefe del Ejército paquistaní, es una de las personas con mayor poder del país asiático. En lo más alto del escalafón militar desde enero de 2022, numerosos analistas lo consideran el líder de facto. Ganó peso tras el fugaz conflicto transfronterizo con la India en 2025 ―una escaramuza en torno a la disputada región de Cachemira cuyo final Trump se anotó como una medalla―, y mantiene una relación fluida con el magnate republicano.

El presidente estadounidense se ha referido a él como su mariscal de campo “favorito”, y alguien que conoce Irán “mejor que la mayoría”. Respetado también por Teherán, ha sido uno de los que han liderado las conversaciones que han llevado al alto el fuego. El militar paquistaní, por su parte, recomendó a Trump para el premio Nobel de la Paz por su labor mediadora para frenar los cañonazos entre dos naciones atómicas.

Algunos medios estadounidenses han asegurado que Trump habló con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y con Munir antes de suscribir la tregua esta madrugada, y que el mariscal paquistaní estuvo en contacto, en las agónicas horas previas, con el vicepresidente estadounidense, J.D. Vance, el enviado especial del Gobierno norteamericano, Steve Witkoff, y el jefe de la diplomacia iraní, Araghchi.

“Esta noche, Pakistán ha logrado una de sus mayores victorias diplomáticas en años”, ha afirmado en X Michael Kugelman, investigador de Atlantic Council y redactor en Foreign Policy. “Desafió a muchos escépticos y detractores que no creían que tuviera la capacidad de llevar a cabo una hazaña tan compleja y de alto riesgo. Pero lo más importante es que ha ayudado a evitar una posible catástrofe en Irán”.

A esto se añade el rol de árbitro en la sombra que algunos analistas y líderes mundiales, incluido el propio Trump, le han atribuido a China. Entrevistado por la agencia AFP tras el anuncio del alto el fuego, el inquilino de la Casa Blanca ha asegurado que creía que China había ayudado a que Irán se sentara en la mesa de negociación. “He oído que es así”, ha respondido al ser preguntado por el asunto.

La intervención de última hora de China, que pidió a Irán que mostrara flexibilidad y apaciguara las tensiones, ha sido clave, según ha publicado The New York Times citando a tres funcionarios iraníes.

El embajador de Irán en China, Abdolreza Rahmani Fazli, ha afirmado este miércoles desde Pekín que espera que el gigante asiático sea uno de los garantes de la paz en la región, según ha recogido el diario hongkonés South China Morning Post. “Esperamos que el Consejo de Seguridad de la ONU, grandes potencias como China y Rusia, así como países mediadores como Pakistán y Turquía, colaboren para garantizar la paz en la región”, ha dicho.

“Esto supone una gran victoria para Pekín”, señalan los analistas de Trivium China en un reciente boletín. “Refuerza su imagen como pacificador y fuerza general para la estabilidad en el mundo. Además, (potencialmente) mantiene en el poder a un régimen iraní amigo. Y se gana el reconocimiento de Estados Unidos, sentando las bases para una relación más fructífera”. No hay que olvidar que China espera la visita de Trump en mayo, después de que este decidiera posponer el viaje previsto para finales de marzo por la guerra en Irán.

Pekín, uno de los aliados más próximos de Islamabad, además de sostén económico y diplomático de Teherán y principal destino del crudo iraní, ha condenado con dureza el ataque estadounidense e israelí desde el primer día. La semana pasada, en medio de las confusas declaraciones de Trump sobre cómo y cuándo terminar la guerra que él mismo empezó, China propuso junto a Pakistán una iniciativa de cinco puntos para “restablecer la paz y la estabilidad” en la región del Golfo y Oriente Próximo.

Pakistán acogió también a finales de marzo a los ministros de Exteriores de varias naciones de Oriente Próximo (aunque no a las directamente implicadas en el conflicto) en busca de fórmulas para rebajar las tensiones, mientras lanzaba mensajes de que ya se estaba preparando para “acoger y facilitar conversaciones” entre Estados Unidos e Irán.

Pakistán es uno de los escasos países de Oriente Próximo que mantiene buenas relaciones con Estados Unidos e Irán; a este último le unen también lazos históricos, religiosos y culturales.

Pakistán alberga la segunda mayor comunidad de musulmanes chiíes del mundo, después de Irán, y ambos se han apoyado mutuamente en momentos determinantes: Irán fue el primero en reconocer Pakistán tras su independencia en 1947, e Islamabad fue el primer Gobierno en hacer lo propio con la nueva República Islámica tras la revolución de 1979 que derrocó al shah Mohamed Reza Pahlevi.

Islamabad, además, fue un aliado clave de Washington en su “guerra contra el terror” tras el 11-S, aunque también se ha enfrentado a las acusaciones de ser el refugio de milicias radicales, y de Osama Bin Laden, líder de Al Qaeda y enemigo público número uno de Estados Unidos en esa época. El terrorista saudí fue ejecutado en 2011 en suelo paquistaní por un comando de élite estadounidense.

Con el impulso de la paz en la región, Pakistán trata de evitar el abismo bélico a sus puertas en un momento en que también mantiene un conflicto volátil con Afganistán, y busca, como buena parte del planeta, estabilizar el bombeo de hidrocarburos por el estrecho de Ormuz para esquivar un zarandeo mayor a su economía.

La inestabilidad es un peligroso vecino. En los últimos días se han celebrado en el país manifestaciones por el alza de los precios de los carburantes, igual que tras la muerte del líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jameneí, el estallido de protestas proiraníes en Pakistán causó al menos 23 muertos, 10 de ellos en la ciudad de Karachi, la capital financiera, donde centenares de personas se congregaron ante el consulado estadounidense.

La mediación también eleva el estatus internacional de una nación que no suele estar considerada entre aquellas llamadas a tejer los delicados equilibrios de la diplomacia global.

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